Estamos tan acostumbrados a
pensar por nuestros hijos que lo que antes es la apropiación de sus logros más
básicos (control de esfínteres, sueño, alimentación), más adelante se convierte
en la apropiación y rapto de sus deseos.
Bajo la piel de ser padres entregados,
preocupados y ocupados por nuestros hijos (cosa que está muy bien), sin darnos
apenas cuenta acondicionamos para
nuestros hijos una vida en la que no faltan estímulos y actividades. Y lo
hacemos de corazón, por ellos, porque nos importan, porque nos interesa que les
interesen los teatros, el cine, los museos, los talleres lúdicos, los deportes,
la música, el ajedrez o la literatura.
En ocasiones esas actividades
vienen a llenar unos horarios en los que no podemos hacernos cargo de ellos y en
esos casos aún con más ímpetu velamos por su correcto funcionamiento:
comprobamos la mochila para que no falte nada, vigilamos que se cumpla el
horario, que no se queden pequeños los zapatos o el chándal.
En fin, resulta que nosotros
disponemos y nuestros hijos se limitan a “seguir el guión”, sin espacio para la
pregunta fundamental, la que nos conecta a las personas con lo que somos, la
que realmente guía nuestras acciones hacia uno u otro fin y es el alimento de
la motivación: ¿Quiero yo esto?
De hecho, ni se lo preguntan ellos, ni se lo preguntamos nosotros (¿quieres tu esto?), ni nos lo
preguntamos a nosotros mismos (¿quiere él esto?).
Cuando no existe ninguna de estas
preguntas lo que sucede es que sólo hay una respuesta posible: el deseo es todo
nuestro. Y todas las acciones encaminadas a hacerlo realidad, la
responsabilidad, la previsión, la espera, la constancia… son alimentadas y
asumidas, obviamente, por nosotros, no por ellos.
Muchas veces el rapto del deseo
va más allá de las actividades “obligadas” (por la ausencia paterna) y precisamente con la intención de cuidar y
optimizar los momentos que pasamos juntos les proponemos a nuestros hijos
actividades (un viaje apetecible, una excursión fantástica, un cine, un
mercadillo) que se nos antojan ideales para disfrutar en familia y de las que,
al igual que sucede en el otro caso y para nuestra tristeza, acabamos
enamorándonos los padres más que los hijos.
Y en nuestra eficacia e impulsados por ese deseo que nos devora porque hemos devorado, achuchamos a los niños (“venga vístete que no llegamos al teatro”, “pero ¿aún no os habéis puesto el abrigo? Parece que no os interesa nada en el mundo”), que se limitan a remolonear como si la cosa no fuera con ellos. Y entonces decimos que son vagos, que no nos obedecen, y sentimos que no valoran nuestro esfuerzo.
Y en nuestra eficacia e impulsados por ese deseo que nos devora porque hemos devorado, achuchamos a los niños (“venga vístete que no llegamos al teatro”, “pero ¿aún no os habéis puesto el abrigo? Parece que no os interesa nada en el mundo”), que se limitan a remolonear como si la cosa no fuera con ellos. Y entonces decimos que son vagos, que no nos obedecen, y sentimos que no valoran nuestro esfuerzo.
Lo cierto es que remolonean no
porque sean vagos o insensibles: lo
hacen porque nosotros nos hemos hecho cargo de todo y no les queda lugar alguno
en la realización de ese deseo que ni de lejos les pertenece porque no les vino
de dentro, sino de afuera.
Las consecuencias de este rapto
van más allá de la falta de entusiasmo frente a determinadas actividades o
propuestas: crecer desconectados del propio deseo vacía el territorio emocional
y lo despoja de motivos e imaginación, empobreciendo la voluntad paulatinamente
y llevando a los chicos a deslizarse en la blanca monotonía como quien pasa
desapercibido de sí mismo, como quien nada quiere y a quien nada importa.
Y es que así como tantas veces
confundimos límites con recortes afectivos, también confundimos -sin querer- el
amor con el darlo todo hecho.
Colmar de afecto no es comerse el deseo del otro, la posibilidad de luchar por conseguir algo, de esforzarse por llegar allí donde uno quiere.
Recordemos que educar no es hacerlo por él, sino dejarle el espacio necesario para que desee hacerlo por sí mismo…. y que ser padres es mostrar el camino, invitar, sugerir y abrir las puertas para que sean otros, ellos, las que las atraviesen.
Colmar de afecto no es comerse el deseo del otro, la posibilidad de luchar por conseguir algo, de esforzarse por llegar allí donde uno quiere.
Recordemos que educar no es hacerlo por él, sino dejarle el espacio necesario para que desee hacerlo por sí mismo…. y que ser padres es mostrar el camino, invitar, sugerir y abrir las puertas para que sean otros, ellos, las que las atraviesen.
Violeta Alcocer.
Ilustración: Alejandro de Marcos.

9 comentarios:
Me ha gustado leerte, te sigo! Un beso :)
¡Cómo me ha hecho reflexionar tu entrada¡
Es junto lo que necesitaba leer... hay un aspecto relacionado con esto que me perocupa... este coger a nuestros hijos el colegio... para dejarlos en otro lado y luego volver a por ellos para ponerlos ante los deberes... ante la cena, apremiarles para que coman y poder depositarlos en la cama porque hay que madrugar... (y que decir de los fines de semana) acaba volviéndolos invisibles... no se como expresarlo... vivimos en lo que hay que hacer... y perdermos el respeto a su yo... a su individualidad... no los vemos en lo que soy de verdad... de fondo...
Personalmente, esto me hace sentirme muy sola y lejos de mi hija... por eso he decidido simplificarnos la vida todo lo que podamos...
Gracias por tu reflexión
Muy interesante! Muchas veces se tiende a intentar moldear a los hijos no sólo en lo necesario (civismo, educación, principios) sino en los gustos, cuando es algo tan personal...
Una vez una madre de un paciente me preguntó: "Me han recomendado estos libros para mi hijo, pero no consigo que los lea, qué puedo hacer?" - "pues llévale a una librería y que él elija el que le guste!"
No hay nada que haga tan poco atractiva una actividad de "ocio" que el hecho de sentirte empujado a ella y atado sin opción.
Gracias por la entrada y un saludo!
Pues justo en esa tesitura me he encontrado a la hora de apuntarla a actividades extraescolares, por suerte ha tenido donde elegir y lo ha hecho ella. Yo le he ofrecido el material y ella ha escogido.
Felicidades por tu blog, me encanta y te invito a visitar el mio cuando quieras.
www.disfrutandojuntos.blogspot.com
La actividad favorita de mis hijos últimamente suele ser "charlar", nos sentamos todos en el sofá, nos tapamos con una mantita, y nos contamos cosas, de cómo nos ha ido el día, anécdotas de cuando nosotros o ellos eran pequeños, y cuantos. Se pueden pasar así horas.
Muy interesante reflexión, sin duda pensare en ello detenidamente. Aunque Gala aun es pequeña, ya siento a veces que tomo decisiones por ella como cuando debe echarse la siesta y es algo que no me gusta, querria darle toda la libertad posible sobre si misma. A veces me parece que no solo decidimos lo que creemos mejor para nuestros hijos sino que también son una via para realizar a traves de ellos lo que no tuvimos en nuestra infancia (como nosotros no podiamos ir aqui o hacer esto lo tiene que apreciar... pero es cierto, a lo mejor nosotros lo queriamos pero el/ella no...). Un abrazo!
Como me has tranquilizado...(te leo desde hace algún tiempo gracias a Josse Luis Gonzál, aunque creo que es la 1º vez que escribo)...en fin, a lo que iba...Mi hija hace inglés y chino...y lo hace porque ella me lo pidió e insistió...y no lo quiere dejar porque le chifla, dice...
Me lo indicó ella, sin yo ni siquiera preguntarle nada sobre actividades extra...
Tiene 6 años y medio...y siempre le digo que cuando quiera dejar alguna de las dos citas que me lo diga que es pequeña y que ahora tiene, sobre todo, que jugar y necesita tiempo libre...
Me dejas muy tranquila, sobre lo que estoy haciendo con mis niños...Gracias Violeta...
Por cierto, tu blog es magnífico...aprendo cantidad!!!!
Pilar
Muchísimas gracias!! Por cierto, os invito a seguir Aula de Familia en facebook.. ;-)
ufff... estoy empezando a educar en casa y cómo me ha costado captr esto, mas con la presion externa del "logro" o "que han avanzado"
muchas gracias
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