BIENVENIDOS

Dicen que nuestros hijos son nuestra viva imagen. A través de ellos nos miramos a nosotros mismos y sobre ellos proyectamos nuestros deseos, nuestras frustraciones, nuestras ilusiones y sueños. Los convertimos, sin darnos cuenta, en nuestro reflejo, como si mirásemos un espejo que siempre nos devuelve la misma imagen: la nuestra, con nuestros valores, nuestras creencias, nuestros sentimientos, nuestra forma de ver el mundo.

¿Qué sucedería si dejásemos de hacerlo? ¿Si dejásemos de mirarnos a nosotros mismos para verlos a ellos, los hijos e hijas que hemos traído al mundo? ¿Qué sucedería si hiciéramos un esfuerzo por comprender su realidad, sus afectos, su alegría y su dolor y lo hiciéramos desde ellos, no desde nosotros?

¿Qué ocurre cuando una madre y un padre atraviesan el espejo?
Os invito a comprobarlo a través de la lectura de estos textos, reflexiones y algunos cuentos.

martes 23 de junio de 2009

Control de Esfínteres, los aspectos sociales,médicos y psicológicos.




El entrenamiento en la adquisición del control de esfínteres (tan de moda hoy en día en guarderías y demás centros educativos) es el resultado de un proceso de “normalización”, una especie de convención que se adoptado como socialmente válida y que se ajusta bien a los intereses , sobre todo, de las instituciones.
Como en todo proceso madurativo, existe una amplia variabilidad interindividual. Por ejemplo, en el desarrollo del lenguaje (otro proceso autorregulado), la franja de edad que se considera normal para el inicio del lenguaje va desde los 10-11 meses hasta los 3-4 años. Es decir, que tanto los niños que comienzan a hablar a los 10 meses como los que comienzan a los tres años y medio, son niños normales, sanos e inteligentes. El desarrollo del lenguaje, en idénticas condiciones de estimulación, puede variar enormemente de un niño a otro, dependiendo de la forma en la que vaya madurando su sistema nervioso central.
Lo mismo sucede con el desarrollo motor (otro proceso autorregulado) Hay niños que caminan con 9 meses de edad, mientras que hay otros que no empiezan a andar hasta los 20 meses. Tanto unos como otros se consideran normales.

Con el control de esfínteres, la alimentación y el sueño sucede lo mismo. Hay bebés que con 12 meses piden pis y otros que no lo piden hasta los tres años y medio. Niños que duermen bastante seguido casi desde que nacen y otros que no cambian su pauta nocturna hasta los dos o tres años. Niños que comen sólidos sin dientes y otros que maman hasta los cuatro años.

La sociedad en la que nos ha tocado vivir es complicada. La incorporación de las mujeres al mundo laboral ha puesto en marcha el fenómeno de las guarderías y la escolarización a edades muy tempranas (3 años), en clases en las que tienen que atender a los niños por veintenas. En estas circunstancias, resulta muy difícil (porque sería muy caro) respetar las necesidades individuales de cada niño: para las instituciones educativas, resulta más práctico poder tratarlos a todos por igual, uniformar al máximo las rutinas diarias y los procesos de los niños. Todos han de comer a la misma hora, hacer pipí en el váter y dormir la siesta en su momento y sin ayuda. Es decir, el sistema necesita niños muy autónomos, porque no encuentra otra forma de poder atenderlos mientras mamá y papá trabajan.

De esta realidad se ha ido derivando en los últimos años una especie de estandarización de “edades ideales” para adquirir el control de determinados procesos, concretamente el tema del pañal se ha fijado en los dos años.

Normalmente cuando hablamos de autorregulación, hablamos de respeto. Respeto por los procesos del niño y por los ritmos naturales. Lo contrario a este respeto es presión, es decir, es forzar que ocurra lo que va a ocurrir de todas formas. Por lo general, los padres que presionan a los niños en este sentido están siendo a su vez presionados por el entorno: el colegio, la guardería, la familia, las amistades e incluso algunos medios de comunicación. El entrenamiento normalmente viene motivado por la necesidad de los padres de que el niño ingrese lo antes posible en lo “social”. Esta presión tendría sentido si estuviéramos hablando de procesos que tardan años en normalizarse por sí mismos.. pero es que estamos hablando de una diferencia de meses en los casos más tardíos (en otros muchos casos, el control sucede antes de lo esperado de forma natural).

Voy a ofrecer unos datos pediátricos (proporcionados por el Dr. Francisco Gilo Valle), para ver mejor cómo ocurre este desarrollo físico:

En los lactantes, la micción es espontánea debido a un reflejo medular. Según se distiende la vejiga se van enviando impulsos hacia el centro sacro de la micción y llega un momento en que se activa el reflejo espinal, dando lugar a la contracción del detrusor y simultáneamente se relaja el esfínter muscular estriado’.

La micción o vaciado de la vejiga es un acto reflejo regulado por la médula espinal y los nervios simpáticos y parasimpáticos.
El estímulo simpático hace que se relaje la vejiga y se contraiga el esfínter. Se cierran los orificios uretrales, se contrae el esfínter interno.
La estimulación parasimpática relaja el esfínter interno, estimula el músculo detrusor y hace que se vacíe la vejiga.
Cuando se llena la vejiga, la presión interior que se va formando estimula los receptores de tensión y provoca contracciones reflejas del músculo detrusor y surge la necesidad de la micción.
Los lactantes que no han desarrollado aún control voluntario sobre el esfínter uretral externo, orinan de manera automática cada vez que se les llena la vejiga .
A medida que el niño crece, va reduciendo progresivamente su frecuencia miccional y va adquiriendo un patrón miccional.

La función normal de la vejiga es la de almacenar orina y expulsarla por la uretra (conducto por donde sale la orina) en forma voluntaria. Esta función la logra por estar formada de músculo, tejidos elásticos y vasos sanguíneos. Estas fibras musculares y tejidos elásticos forman los esfínteres, que se encargan de abrir y cerrar la salida de la orina, para que sea expulsada por la contracción del músculo de la vejiga.

Para la edad de 1 a 2 años hay un aumento en la capacidad de almacenamiento de orina (capacidad vesical) en la vejiga, y de maduración del sistema nervioso. Esto permite al niño, a partir de este momento, adquirir paulatinamente la capacidad de darse cuenta que su vejiga está llena y la necesidad de vaciarla con una micción (acto de orinar), lo que significa que adquiere la capacidad de iniciar y terminar una micción y que es lograda en forma voluntaria, gracias al paulatino control de la corteza cerebral.

Así las cosas, aproximadamente, el 75 por ciento de los niños logra controlar la orina a los 3 años y el 90 por ciento a los 5, aunque el control nocturno puede tardar varios años más.

LOS ASPECTOS PSICOLÓGICOS

El control de esfínteres, además, depende no sólo de la maduración física sino también de la maduración psicológica y del desarrollo del esquema corporal.
Alrededor de los tres años (mes arriba, mes abajo), los pequeños comienzan a ser capaces de dibujar una forma humana relativamente coherente. El dibujo de la figura humana (con sus pies, sus manos, la cabeza y los ojos en su sitio) es la proyección de la noción que tienen de su propio cuerpo. Hasta ese momento, aunque a los adultos nos resulte muy difícil de comprender, el niño tiene un esquema corporal bastante difuso.

Alrededor de los dos-tres años, suceden varias cosas importantes:
- El bebé comienza a darse cuenta de que es una persona diferente de mamá.
- El bebé comienza a verbalizar cómo se siente, qué le pasa, qué le duele y dónde, si tiene hambre o sueño.
- La separación de mamá va unida a un inmenso interés por explorar y descubrir su entorno más allá de la frontera mamá-bebé. Comienza a relacionarse con su entorno como una persona independiente.
- Estos avances van configurando una nueva imagen de sí mismo.
Esto le lleva a una re-elaboración de su esquema corporal y a una toma de conciencia mayor con sus procesos y sensaciones físicas (dolor, por ejemplo).
- Comienza a comprender, por encima, los procesos de ingestión-evacuación. Se empieza a dar cuenta de que él es un ser individual, que incorpora cosas que vienen de fuera (alimento, relaciones con los demás, aprendizajes) y que también evacúa (excrementos, emociones negativas, generalmente en forma de rabietas).

Este darse cuenta, este descubrimiento, para el niño es fundamental. Coincide en el tiempo (porque el sistema nervioso es sabio), además, con el comienzo de la sensación de control de estas funciones, por lo que para el niño es un hecho asombroso el poder controlar a voluntad la evacuación.

Para el pequeño, los excrementos son aún casi una parte de sí mismo. Hasta hace poco el pañal mojado y el resto de su cuerpo eran la misma cosa. Ahora se da cuenta de que no, pero la frontera todavía está reciente.
Por eso, a muchos niños les genera mucha angustia utilizar el váter (prefieren el orinal) para hacer pis o caca: porque no saben a dónde van a parar su pis o sus cacas, esas partes queridas de sí mismos de las que se van a desprender. A los pequeños les preocupa mucho dónde van a parar sus excrementos y, cuando finalmente se animan a depositarlos en algún sitio que ellos consideran “de fiar”, les encanta mirarlos y comentar cómo son.

Por eso, es importante permitirles ir a su ritmo en la experimentación con estas sensaciones de “desprendimiento”. Ir demasiado rápido puede generar en ellos una ansiedad que no es difícil de imaginar. Sin embargo, si les permitimos investigar y explorar el asunto a su ritmo, encontrarán un gran placer en este control y les resultará fascinante el hecho de hacer pis y caca a voluntad.

Desde este supuesto, es decir, si consideramos el control de esfínteres como un proceso madurativo, no nos puede extrañar ni molestar que nuestro hijo, un día, vuelva a pedir o a necesitar los pañales. Puede que durante unas semanas haya ido al baño o utilizado el orinal sin problemas, pero por la causa que sea de repente puede volver a haber escapes importantes, y nuestro hijo puede pedir el pañal porque no se siente a gusto mojado, o bien podemos sugerir nosotros la posibilidad de volver a usarlo. No es un retroceso, es un estadio normal del desarrollo, que dará a nuestro hijo más confianza, tanto en sí mismo como en nosotros. En sí mismo, porque será capaz de tener controlado un aspecto que suele plantearse como problemático en muchas situaciones… en nosotros, porque verá que le aceptamos sea lo que sea que decida hacer con su cuerpo y sus funciones.

Así, hemos visto que seguimos un esquema madurativo que va así:

- Comienza el proceso de individuación.
- Se va estableciendo el esquema corporal y la autoimagen.
- El niño se da cuenta de que los excrementos son una parte que se desprende de sí mismo.
- El niño comienza a sentir que puede controlar la evacuación (gracias a la maduración de su sistema nervioso central y la mayor capacidad de su vejiga).
- El niño comienza a experimentar con ese control y se va asegurando de que a él no ocurre nada por hacer pis y caca en el orinal o el vater (que su cuerpo sigue entero)
- El niño se siente seguro, su desarrollo fisiológico le permite un mayor control y un esquema miccional más maduro.
- El niño se decide a prescindir de los pañales.

Llegados a este punto, sí hay ciertas cosas que podemos hacer:

Respetarles en el ritmo y en la manera que el proceso se dé en nuestros hijos. Aceptarles tal como son, con pañal o sin él, mojados o secos, sin valorar ni juzgar si es tarde, pronto, oportuno o no quitarse o ponerse el pañal… sea lo que sea lo que nuestro hijo decida.

Permitir su maduración psicológica: alentando sus avances, su deseo de ser independientes, animándole a ganar autonomía en otras áreas de su vida, etc..

Explicarles: cuando empiecen a mostrar interés, explicarles dónde van sus excrementos, qué sucede con ellos, cómo lo hacen los animales, los papás, los otros niños, etc.. A fin de cuentas, ir calmando todas las ansiedades que se van a despertar en el niño durante este proceso.

Poner a su disposición: un vater con un escalón y un adaptador por si lo quiere usar (o un orinal), ropa cómoda, pañales y bragas o calzoncillos. Poner a su disposición es informar de dónde está cada cosa, no forzar a su utilización. Es importante que sepa dónde está cada cosa, para que pueda poco a poco ir mostrándonos qué quiere en cada momento y para que conozca cuál es el abanico de posibilidades que tiene al respecto.

No impacientarnos: muchos niños quieren dejar el pañal espontáneamente alrededor de los dos años, mientras que otros no lo piden hasta los tres y medio o cuatro. No pasa nada, todo va bien. Si nos sentimos incómodos con la situación, es importante pensar por qué tenemos la necesidad de que nuestro hijo tenga ya ese control. Descubriremos que nuestra necesidad e inquietud son fruto de la presión social. Pero ahora que ya sabemos cuándo se adquiere realmente ese control, podemos estar seguros de que a nuestro hijo no le pasa nada raro ni está retrasado en ningún proceso.

Sin embargo, si pese a todo lo dicho, existe alguna exigencia real que no podemos “saltarnos”, si en el cole no admiten a nuestro hijo con pañal y tiene que ir sí o sí porque nosotros trabajamos, y tampoco lo admiten con pérdidas ni nosotros queremos o podemos trasladarnos al cole a diario para cambiarlo y nadie va a hacerlo por nosotros, sólo os puedo dar una indicación: flexibilidad. Si vamos a retirar el pañal en algún momento y nuestro hijo no lo ha pedido, que haya tiempo suficiente para poder volver atrás todas las veces que lo creamos necesario, podemos tener varios orinales repartidos por la casa para no tener que salir corriendo al baño, podemos sacar el pañal unos días sí y otros no, a unas horas sí y a otras no, y éstas no tienen que ser siempre las mismas, se puede sacar el pañal en casa pero ponerlo al salir de casa, que es más engorroso para todos, y si vemos que es demasiado… dejarlo unos días o unas semanas y volver a intentarlo un poco después. Y siempre, aceptar que puede pasar tiempo hasta que se produzca el control, y por ello, seguir respetando lo que vaya sucediendo y los sentimientos que en nuestro hijo vayan surgiendo.

Violeta Alcocer.
Agradecimientos: Nuria Otero.
Ilustración: Nathalie Choux.

lunes 22 de junio de 2009

¿Quién se pone la medalla? Autoregulación y autoestima.


Las experiencias durante la primera infancia conforman, eso lo sabemos todos ya, la estructura, el eje sobre el que se sustentan todos aquellos aspectos de la persona adulta.
Sabemos que los mensajes, los estilos, los vínculos.. lo que no es dado y sobre todo lo que no nos es dado, marcan de alguna manera lo que somos hoy. No tanto porque una infancia complicada determine una vida desgraciada (cosa que no creo), sino porque ese eje con el que contamos es el punto de partida a la hora de arrojar cierta comprensión sobre nosotros mismos, reconocer y apreciar nuestros recursos y reconocer y dejarnos acompañar por nuestras carencias.

Independientemente de los abrazos, el contacto, las palabras de amor y las buenas formas, existe un discurso de fondo fundamental pero no siempre visible, que a mi entender es uno de los mensajes más potentes que se le puede dar a un niño en los primeros años.

Ese discurso no se habla con palabras, sino más bien con actitudes y acciones (o la ausencia de ellas) concretas, pero su mensaje es contundente y duradero: “Eres dueño de tu cuerpo” “Cada cosa tiene su momento y sólo uno sabe cuando ese momento ha llegado” “Cada ser humano es diferente, tú eres único y nosotros reconocemos esa unicidad y te valoramos tal cual eres” “Tu vas a ser el responsable de los aciertos y errores de tu vida” “Conéctate con la persona que eres realmente, no hagas las cosas por complacer a otros pero tampoco vivas ajeno al mundo” y así un largo etcétera.
Estos mensajes se traducen, de forma más concreta, en el hecho de proporcionar a nuestros hijos motivación para el logro, para la toma de decisiones, una sana autoestima, un autoconcepto coherente con la realidad y una estructura abierta al aprendizaje. Y son mensajes que calan en lo más hondo porque no son parte de un entrenamiento, ni de un manual, ni de un método… sino más bien porque son mensajes particulares para cada niño, mensajes de amor, valoración y respeto por sus procesos fundamentales.

Mensajes que de alguna manera reconocen la grandeza del ser humano y su potencial, que contribuyen a la expresión de ese potencial no tratando de encasillarlo, etiquetarlo o llevarlo por los cauces “normalizados” aún a costa de perder su brillo en el camino sino más bien observando, rescatando, señalando, mostrando y guiando al niño la mejor manera de ser él mismo en el mundo que le ha tocado vivir. Permitiéndole ser el dueño de sí mismo, que no es poco.
Es el triunfo de la originalidad de cada individuo frente a la uniformidad reglada, en una sociedad en la que cada vez más valoramos las personas autónomas, flexibles, con iniciativa y personalidad.. pero en la que de forma incomprensible seguimos educando por y para la más absoluta negación de la creatividad, la subjetividad, el sentimiento, la autenticidad o las capacidades individuales.

Así, desde los distintos sistemas: médico, educativo y familiar todavía se valora y estimula a los niños, desde que nacen, para “hacer lo que hacen todos” y “estar en la media” . Esto implica tonterías como dormir del tirón a los seis meses (y si no, hay que aplicar un método preventivo del insomnio¿?), retirar el pecho antes del año, el chupete antes de los dos, el pañal a los dos en punto, dejar el plato limpio con tres y un sinfín de normas que se han convertido en “modas” (y en algunos casos en imposiciones) y que tácitamente familias y familias adoptan como si fueran el abc de la educación conveniente.
En el colegio observamos cómo los niños valorados son aquellos que no se mueven, que no hablan, que no se salen de la linea cuando colorean y que hacen todo a su tiempo y según los patrones establecidos. Si tocan matemáticas pero lo que al niño le apasiona es la lectura, a nadie le importa: porque tocan matemáticas. Al final, es más importante seguir la norma que aprovechar las ventanas que se abren todos los días en los intereses del niño y que, de hecho, le predisponen a llevar a cabo aprendizajes mucho más eficaces, creativos, amplios y duraderos que los impuestos.

No me entiendan mal, no pretendo abanderar ninguna revolución anti-sistema, no es ese mi espiritu. Y no digo tampoco que lo deseable, en nuestra sociedad, no sea que nuestros hijos tengan capacidad para respetar las normas, que en algún momento dejen de usar pañal, tengan autocontrol emocional, se alimenten bien y duerman como reyes. Esto lo deseamos todos porque sabemos que un buen ajuste personal y social son garantía de, al menos, cierto equilibrio en la vida.

A lo que me refiero es que todos estos logros, avances, maduraciones, controles…. No son, ni deberían ser nunca, una victoria paterna, sino más bien conquistas particulares de los propios niños, puesto que sus ritmos les pertenecen, sus cuerpos les pertenecen y sus capacidades (y ausencia de ellas) les pertenecen.

¿Nunca han escuchado estas frases?: “Le he quitado el pañal a mi hijo” “Yo le quité la siesta al año y medio” “ Le he metido ya los sólidos” “Creo que voy a destetar” “Le hemos puesto a dormir ya en su habitación” “Vamos a quitarle el chupete en vacaciones” etc.
¿Se dan cuenta de que todas, todas ellas, atribuyen la planificación, el control y el triunfo de esas maduraciones a los padres? ¿Qué son discursos unilaterales, siempre en primera persona? ¿Se dan cuenta de que el niño no tiene opción, en ningún caso, a decidir (voluntariamente o fisiológicamente) si está o está preparado para dar esos saltos, para pasar de una etapa a otra? Ojo, que hablamos de pocas semanas, quizá algunos meses, de margen de espera para que un niño “haga” lo que se supone que tiene que hacer por sí mismo en vez de hacerlo “obligado” o, en el mejor de los casos “dejándose llevar” por la voluntad de sus progenitores.

Vale, al final todos (o casi todos) llegan a las mismas cosas pero.. ¿se han parado a pensar en el discurso que acompaña a unos casos y a otros? En todos aquellos casos en los que fueron los padres los que “decidieron” por el niño de forma unilateral, el mensaje es el siguiente “Yo decido por ti, esto es cosa mía”.
En aquellos casos en los que se permite al niño la autogestión de sus procesos madurativos, el mensaje es “Tu nos avisas –de forma implícita o explícita- cuando llegue el momento y nosotros te ayudaremos a crecer y a conseguir tus objetivos”.

Y tratándose como se trata de aspectos tan sumamente fundamentales para la formación psiquica del individuo como son la alimentación, el sueño, el control de esfínteres y el aprendizaje (desde aprender a leer hasta aprender a nadar)… ¿Quién cree que es indiferente el mensaje o las formas? ¿Quién cree que no importa quién haya conseguido las cosas, quién se ponga la medalla? ¿Quién cree que no influye el sentirse valorado y respetado en los tiempos personales, en los gustos personales, en las necesidades personales, en las dificultades personales?


Violeta Alcocer.
Oleo sobre tela: Valeria Ulman.

lunes 15 de junio de 2009

Sobre el enfado, la ira y la pataleta.


Con frecuencia, los seres humanos transformamos en ira nuestros sentimientos primarios de preocupación, fatiga, culpa, decepción, rechazo, injusticia, choque, incertidumbre o confusión. Rara vez se presenta el enfado en primer término. Éste suele ser el sentimiento que sigue a otro. Es fundamental comprender que detrás del enfado de un niño (que generalmente va asociado a una conducta negativa), siempre hay otro sentimiento que tenemos que no siempre se ve.
Lo mismo sucede, por ejemplo, con los celos, que esconden generalmente sentimientos de estar en desventaja, de ser menos que el otro.

ACCIÓN ---------------- ENFADO, IRA, CELOS------------------ SENTIMIENTO PRIMARIO

La expresión de la ira puede tener distintos grados. Uno de ellos, el grado máximo, es la rabieta. Se ha escrito mucho sobre este tema, y cada profesional tiene un enfoque particular sobre cómo actuar en estos momentos.
Para mi, una cosa es clara: una pataleta jamás debería ser una batalla que uno de los dos tiene que ganar a toda costa.
Aunque las rabietas generalmente vengan motivadas por hechos que pueden llegar a ser hasta incongruentes (las famosas pataletas de galleta o yogur), los padres tenemos que tener muy claro que una rabieta es la expresión de la frustración más extrema. Lo que la rabieta de nuestro hijo nos está diciendo es:
“He perdido todo el control sobre mis emociones y sobre mi mismo, los sentimientos negativos se han apoderado de mi y soy incapaz de manejarlos”


Si en esos momentos castigamos a nuestro hijo, de la forma que sea (mandándole a su habitación, pegándole un bofetón, amenazándole con retirarle un privilegio) estamos generando tal cantidad de sentimientos negativos nuevos, que difícilmente supondrán una enseñanza positiva para él.

Un ejemplo: María se encuentra en plena rabieta. Está totalmente desbordada por una situación que no puede manejar (está cansada y tiene hambre, pero su propio cansancio le impide decidir qué quiere comer. Por un lado quiere ser mayor y decidir por sí misma, pero por otro, no se encuentra capaz de hacerlo. Esto genera en ella unos sentimientos muy intensos de frustración que, unidos al cansancio, la desbordan. En el preciso momento en que se siente así de desbordada, recibe una marcada regañina, acompañada de insultos, quejas y un "vete a tu cuarto".
Así que inmediatamente, se generan en ella una serie de nuevos sentimientos que se suman a los que ya tenía:

- se siente dolida por la regañina.
- Frustrada por no ser comprendida.
- Resentida por la falta de ayuda de sus padres.
- Incapaz de devolver la agresión que ha recibido.
- Temerosa de recibir más castigos.

Resultado: más sentimientos negativos que antes.

Es posible que el castigo haya detenido su rabieta, pero lo ha hecho por miedo. Los sentimientos que ese castigo han generado, permanecen dentro de la niña. Quizá ahora no puedan expresarse, pero lo harán más adelante, de diferentes formas (o de la misma).

Por este motivo, ante una rabieta, el castigo, tenga la forma que tenga, es una medida inaceptable. Quizá eficaz a corto plazo pero totalmente ineficaz como medida educativa.

La forma más útil de manejar las rabietas es cualquiera que incluya en su forma:

La comprensión de los sentimientos profundos del niño.

El acompañamiento, bien sea permaneciendo a su lado, bien sea estando disponibles.

El recibimiento, cuando el niño ha sido capaz de sobreponerse y acude a nuestros brazos en busca de consuelo.

La información, por parte de los padres, de los límites que poco a poco deberá interiorizar nuestro hijo para poder expresar esos sentimientos:
a)con ciertas personas: aquellas que sean capaces de comprender empáticamente lo que está sucediendo.
b)en ciertos momentos:
c)en ciertos lugares: la privacidad de la familia o de las personas más allegadas.

Y además…
- Recordar nuestros cambios: quizá nosotros ya no nos acordamos de esos dos años, de ese momento en que dejamos de ser bebés para ser niños, pero seguro que todos podemos recordar el momento en que dejamos de ser niñas/os para ser mujercitas (u hombrecitos), o el momento en que dejamos de ser hombres y mujeres para convertirnos en hombres-padres y mujeres-mamás. Algo quedó atrás entonces, algo perdimos en la transformación pero todo ello nos hizo mejores. ¿Quién no recuerda ese sentimiento de nostalgia infinita por aquello que no volverá? ¿Quién no se ha sentido solo y perdido, sobrecogido al experimentar nuevas experiencias? ¿Excitado y confuso al estrenar aspectos de uno mismo (el yo universitario, el yo trabajador, el yo novio/a )? ¿Quién no ha llorado amargamente por aquello que un día fué y celebrado después aquello que es?
Si tenemos en cuenta estos sentimientos podremos estar más cerca del corazón de nuestros niños.

- Contener sus emociones: en esta etapa los límites son fundamentales. Pero no hay que confundir límites con limitaciones. Los límites dan seguridad y permiten crecer con un marco de referencia, mientras que las limitaciones generan una pobre autoestima y falta de confianza en uno mismo. El secreto está en fomentar y permitir en lo posible la independencia, la toma de decisiones y la expresión de sus emociones… al tiempo que se le muestra a nuestro hijo (delicada pero firmemente) dónde se encuentran el tono emocional y de conducta que le permitirán crecer mejor y en armonía consigo mismo y su entorno (es decir, intentar mostrarle qué conductas y manejos afectivos le resultarán más útiles para desenvolverse en la vida y llegar a ser felices). Esta tarea es quizá la más difícil de esta etapa, pues la coherencia, el consenso en la pareja y la tranquilidad y convicción en lo que uno hace son fundamentales para que el niño interiorice bien el mensaje.

- Poner palabras a sus sentimientos y momentos de crisis: contarle cuentos, ponernos a nosotros como ejemplo (cuando yo era pequeño como tu..) o hablar directamente y sin tapujos de lo que pensamos que les está sucediendo.

- Reforzar la unión de la pareja: Las crisis de los hijos suelen serlo también de los padres, de modo que es posible que una crisis de la pareja también se derive de estos años. Los diferentes puntos de vista en cuanto a la puesta de límites, las diferentes herramientas personales de cada miembro de la pareja para abordar las rabietas y diferentes estados de ánimo de los pequeños, etc, suelen ser motivo de conflictos que o bien se hablan y resuelven, o bien “se quedan ahí” impidiendo indirectamente que nuestros hijos perciban el clima de armonía que necesitan para madurar en esta etapa.

- Tener la certeza de que lo superarán. Confiar en la capacidad de nuestros hijos para superar los obstáculos (en vez de quedarnos anclados en su sufrimiento) y hacerselo saber es un motor para su autoestima.

Violeta Alcocer.
Ilustración: Patricia Metola.