BIENVENIDOS

Dicen que nuestros hijos son nuestra viva imagen. A través de ellos nos miramos a nosotros mismos y sobre ellos proyectamos nuestros deseos, nuestras frustraciones, nuestras ilusiones y sueños. Los convertimos, sin darnos cuenta, en nuestro reflejo, como si mirásemos un espejo que siempre nos devuelve la misma imagen: la nuestra, con nuestros valores, nuestras creencias, nuestros sentimientos, nuestra forma de ver el mundo.

¿Qué sucedería si dejásemos de hacerlo? ¿Si dejásemos de mirarnos a nosotros mismos para verlos a ellos, los hijos e hijas que hemos traído al mundo? ¿Qué sucedería si hiciéramos un esfuerzo por comprender su realidad, sus afectos, su alegría y su dolor y lo hiciéramos desde ellos, no desde nosotros?

¿Qué ocurre cuando una madre y un padre atraviesan el espejo?
Os invito a comprobarlo a través de la lectura de estos textos, reflexiones y algunos cuentos.

jueves 26 de febrero de 2009

Atender, imitar y repetir.



Si observamos detenidamente a un pequeño de alrededor de un año, veremos cúan importante es para él esta capacidad: no sólo aprende a diario cosas nuevas gracias a su gran atención ( porque como dicen por ahí, “las cogen al vuelo”) y su habilidad para “copiar” sino que, además, consigue adaptarse mejor a su entorno imitando las reacciones, acciones y actitudes de los demás en situaciones en las que no sabe cómo actuar . Por ejemplo, si vamos paseando y suena un fuerte ruido (por ejemplo, un avión, un globo que explota, un camión que descarga..).. ¿a quién mira el bebé antes de reaccionar? A papá y mamá. Y dependiendo de la reacción de éstos, el bebé se asustará más o menos, señalará con el dedo o lo ignorará, se tapará los oídos… es decir, imitará su reacción. Cuantas más veces ocurra este suceso, más probabilidades hay de que el pequeño vaya incorporando esta reacción como propia y pasado un tiempo, ya no necesite mirar a sus papás: la imitación le sirvió para generar reacciones adaptativas a su entorno.

Pero hay más: la imitación nunca se da aisladamente sino que viene acompañada de una herramienta que viene a ser como el “pegamento” de los nuevos conocimientos: la perseverancia, es decir, la repetición (algunos lo llaman cabezonería). Así, imitación y repetición van a ir siempre de la mano.. y lo harán casi siempre en forma de juego: diciendo “¡córcholis!” (como dice el abuelo) cada vez que ve una paloma por la calle (cosa que sucede unas veinte veces en cada paseo) , llevándose la cuchara a la boca llena de puré una y otra vez (como su hermana mayor), hasta que consiga no desparramarla por toda la mesa y alrededores (cuestión de tiempo), o repitiendo cada palabra, frase y gesto que ve o escucha, como un auténtico “mimo”.


Por lo general, los pequeños imitan a aquellas personas o animales que forman parte de su hogar o su entorno más cercano:

Papá y mamá . Las personas más importantes para el pequeño suelen ser las más copiadas, aunque también puede darse el caso de que una persona desagradable para el niño le llame la atención y la imite. De hecho, además de reproducir nuestros gestos adorables (dar besitos a su muñeco, hacer pedorretas con una gran sonrisa, tirar besitos con la mano, decir hola y adiós, dar las gracias..) los pequeños nos mostrarán también nuestra cara menos amable a modo de “espejo” (“eto no” “eto caca” “eto pupa” “eto no mio” repiten algunos pequeños a modo de juego.. cosa muy normal cuando “no” es la palabra que más veces escuchan al día)

Los abuelos. Los abuelitos ejercen un fascinante poder con casi todos los bebés. Tanto si los ven mucho como si los ven poco, cualquier canción, juego, frase o cariñito que venga de ellos, será repetido y recordado por los pequeños durante mucho tiempo. En muchas familias, de hecho, son los abuelos los principales transmisores de la cultura familiar en forma de canciones, poemas y tradiciones que los pequeños aprenden e incorporan rápidamente.

El hermano mayor. Es una fuente inagotable de experiencias para el pequeño, que se esforzará por hacer, ser y parecer todo lo que su hermano es. El hermano mayor, en esta etapa, es como el gurú de nuestro pequeño copión: un modelo cercano y accesible, un niño también en crecimiento y que lo hace todo “un poquito mejor” que él. Tal es la admiración que, en ocasiones, los pequeños llegan a tener celos de su “estrella guía”, pues así como son una fuente de conocimientos, los hermanitos mayores también son una fuente de frustraciones.

Animales. Los animales les encantan y son muchos los bebés que aprenden a decir antes “miau miau” que “papá” . No es porque quieran más a su gato que a su padre (tranquilos, papás) sino porque los animales, con sus sonidos, sus formas y sus movimientos tan fácilmente imitables (¿de dónde creen que viene la expresión “gatear”?), captan la atención de los pequeños de forma poderosa. Si en casa hay perro o gato, es seguro que el pequeño bebé pasará horas observando a su peludo compañero y siguiéndolo (o persiguiéndolo, según se mire) por todas partes.

¿Qué imitan?
Nuestras palabras: sobre todo aquellas que le dirigimos a él (cariñito, chiquitín, mi amor, pulguita) y algunas que forman parte de nuestros rituales cotidianos ( “”al agua patos!” “ñam, ñam, a comer” ). Pero también imitarán e irán aprendiendo todas las demás, pues la forma en que aprenden el lenguaje es escuchándonos hablar. Al principio lo harán con lengua de trapo pero, poco a poco (y si les hablamos siempre con claridad y de forma correcta) irán ampliando de forma increíble su vocabulario. No hay que impacientarse.

Nuestros gestos y expresiones: Aplaudir para mostrar nuestra alegría, dar palmas para cantar, hablar por el móvil, peinarnos, pintarnos los labios, sacar y meter las llaves en el bolso, tocarnos la frente cuando estamos cansados y suspirar, levantar los hombros cuando queremos decir “no lo sé” o levantar los brazos para recibir a un amigo, son algunas de las muchísimas expresiones que los peques copiarán rápidamente.

Nuestras respuestas al entorno: nuestra forma de responder a los sucesos del entorno es un mensaje para el pequeño, que todavía desconoce muchas de las cosas que ocurren a su alrededor . Aquí tenemos, como padres, una baza importante para transmitirles a nuestros hijos un modelo que combine seguridad, prudencia y apertura al mundo, intentando responder de forma equilibrada a las situaciones cotidianas. Por ejemplo, cuando el pequeño explora (y a partir de ahora lo hará muy a menudo) si nos mostramos asustados a cada nueva peripecia, el pequeño imitará nuestra respuesta, aprenderá a asustarse y verá peligros por todas partes. Nuestra forma de reaccionar ante sucesos inesperados (por ejemplo, si se nos olvidaron las llaves dentro de casa, podemos agobiarnos o improvisar y pasar la tarde en casa de la vecina) o desagradables (cuando el autobús va tan lleno que no podemos ni movernos, podemos quejarnos o bien bajarnos e ir dando un paseo) les ofrece un modelo que les valdrá para toda la vida.

Nuestro estado emocional: Se dice que los niños no son capaces de saber lo que los demás sienten hasta alrededor de los tres-cuatro años (empatía), pero esto es una verdad a medias. Quizá el bebé no puede identificar de forma activa los sentimientos ajenos (ni los propios), pero el estado emocional y anímico de las personas que el bebé tiene a su alrededor influyen poderosamente en el suyo: los bebés vienen al mundo con las emociones a flor de piel y son como pequeños camaleones. En ocasiones, un bebé tenso, triste o irritado no es más que el reflejo de unos padres preocupados y malhumorados, de una cuidadora con problemas personales o de una abuelita enferma y cansada. Es muy importante cuidar nuestras emociones cuando somos padres, pues si nosotros estamos bien, nuestros bebés se “empaparán” como esponjas de nuestro estado anímico.

Nuestros rituales y nuestras aficiones: Lavarnos las manos, tirar de la cadena, cepillarnos los dientes, doblar el pijama… son rituales que el pequeño imitará (en la medida de sus posibilidades) casi sin tener que decirle nada, siempre y cuando vea a los demás miembros de la familia hacerlos diariamente. Aficiones como la lectura, el deporte, el bricolaje, los puzzles, la observación de la naturaleza… llaman también la atención de los más pequeños y se van convirtiendo, desde este momento, en los puntos de referencia de sus propios intereses.

Todos a la mesa.
No hay mejor manera de incorporar unos buenos hábitos alimenticios que hacerlo en compañia. Esta es la edad ideal para sentar al pequeño a comer con toda la familia y permitirle imitar todo lo que hacemos “los mayores”: ensayar con los cubiertos, picotear de aquí y de allá , usar la servilleta, el vaso de agua.. . Esto implica tener que lavar muchos manteles, baberos, manitas y hasta pelos (y no sólo los suyos).. pero ¡es el precio que hay que pagar para que nuestro pequeño llegue a ser un buen “gourmet”!


Cuidado con lo que hacemos... ellos lo harán después:
Peligros caseros. Subirnos a una silla para coger algo, tender la ropa encaramados a la ventana, abrir el candado de la caja de las medicinas (o tomarlas delante suyo) o ponerle pilas al mando a distancia… cualquier otra acción que no queramos que nuestro hijo intente reproducir, mejor no hacerla delante de ellos, al menos de momento.

Decir tacos y expresiones malsonantes. La única forma de evitar que nuestro pequeño nos sorprenda con este tipo de lindezas es no decirlas. Si aún así ya ha aprendido alguna palabrota, no hay que prestarle demasiada atención ni poner el grito en el cielo (por muy fea que sea). A esta edad las palabras le llaman la atención no tanto por su significado (que muchas veces desconocen) sino por su sonoridad o pronunciación. Se le pasará en cuanto aparezca una palabra nueva que suene igual de bien (a sus oidos..).

Pegarle. En esta etapa de nada sirve aquello de “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”, porque para el pequeño de un año la acción que ve predomina (como fuente de información) sobre lo verbal. Si pegamos al pequeño en la mano para que no coja la tierra de la maceta, si le damos en el culete cuando hace algo mal o le empujamos cuando estamos enfadados…. además de estar dañando su integridad, su autoestima y sus derechos, le estamos ofreciendo un modelo violento en sus relaciones con los demás que va a repetir (aunque luego le digamos que “no se pega”) antes o después.

Violeta Alcocer para Ser Padres Hoy (copyright).
Ilustración Patricia Metola

jueves 19 de febrero de 2009

La succión "no nutritiva" y sus funciones.


Mitchel, Blair y L'Hoir han sintetizado correctamente la bibliografía disponible sobre la práctica del chupete y describen la punta del iceberg de la función de succión, tan compleja como importante en los mamíferos altriciales.
De la misma manera que al nacer debemos estar preparados para respirar lo debemos estar para succionar y alimentarnos al seno. Se trata de nuestro pasaje de la gestación placentaria a la gestación ma-maria; ambas funciones están maduras alrededor de las 34 semanas y su fracaso condicionaría nuestra supervivencia.
Los mamíferos precociales nacen y caminan de inmediato o en pocos días y se alejan de sus madres; esta autonomía es mucho más tardía en los altriciales (que necesitan del otro para criarse). Hasta no ser autónomos, los altriciales se benefician de estar todo el día con su madre, por lo que los primates superiores y los humanos tenemos el privilegio adicional de una crianza muy especial. Los estímulos para el desarrollo inicial se dan en una interacción de extrema proximidad con quien nos amamanta. No se trata sólo de alimentarse, sino de relacionarse con otro.
La taxonomía ha privilegiado el aspecto de "ingesta" para distinguir entre los dos tipos de succión de un recién nacido. Se ha denominado "succión nutritiva" a la que contribuye a la ingesta y ha quedado en el misterio y la indefinición la otra succión denominándola "succión no nutritiva". No se trata de una succión "diet" que no alimenta, sino de una succión voluntaria y aparentemente muy placentera de la que deberíamos saber mucho más que lo que sabemos y que despreciativamente llamamos "no nutritiva".
Los pediatras somos extremadamente cronosensibles pues atendemos un rápido proceso de crecimiento y desarrollo de las funciones y para comprender a un niño debemos distinguir sus capacidades propias de cada momento de acuerdo con su edad en meses, semanas o días. Nuestro desvelo es encontrar una explicación sobre el porqué en los primeros tiempos necesitamos succionar aun cuando no necesitemos ingerir alimento en cada succión.
Los pares craneanos de corto trayecto llegan tempranamente a controlar el complejo mecanismo muscular involucrado y dirigen, por lo tanto, el primer ejercicio de motricidad voluntaria bien coordinada. El trigémino es el primer par que puede estimularse en un feto y obtener una respuesta al tocar su cara. Al nacer ya se ensayaron funciones motrices y sensoriales vitales para la adaptación en la vida intrauterina. Mucho antes de que exista discriminación ocular, la boca explora, succiona el pulgar, degusta y deglute el liquido amniótico. Nos maravillamos viendo a un recién nacido pretérmino tan pequeño como de 30 semanas entusiasmarse y succionar con fruición su pulgar entero dentro de la boca en forma cíclica y periódica mientras sus ojos permanecen cerrados. Todo funciona como si hubiera una vigilia o alerta oral antes de que sea nítido y útil el alerta visual. En los hechos, el recién nacido explora y se interesa con la boca antes que con la mirada. Si existe una vigilia oral, nuestras primeras comunicaciones, los momentos de placer y de aversión, incluirán esa ruta biológica y el intrincado juego social le agrega interés y complejidad.
La succión puede incluso estar involucrada en otras áreas, además de la alimentación, el estimulo sensorial y las relaciones de proximidad:
Al nacer tenemos una vía aérea alta estrecha y colapsable, sobre todo en el sueño. Los prematuros hacen apneas obstructivas frecuentemente. La actividad muscular de succión intensa y prolongada, sin ingesta, puede ser un ejercicio tonificante de valor protector seleccionado por la evolución. Sabemos que la tonificación muscular de la vía aérea alta se está estudiando en el tratamiento del ronquido a raíz del hallazgo casual de la disminución de esta molesta afección entre los aficionados a tocar el didgeridoo, un largo instrumento de viento de los aborígenes australianos
Debido a las limitaciones de nuestro conocimiento sobre la función de succión, aconsejamos leer la revisión de Mitchell, Blair y L'Hoir como un excelente ejercicio para subrayar todo lo que no sabemos. Es un punto de partida para interesarnos tanto por las probables causas de la muerte súbita como sobre temas tan fascinantes como el manejo del umbral del dolor y el autoconsuelo.
Hace 5 años, al realizar un sencillo metanálisis de los datos de los estudios de Blair y de L'Hoir sobre muerte súbita, no dudamos en concluir lo mismo que ellos enfatizan ahora: Debemos dejar de prohibir el uso del chupet Es muy importante señalar que lo que nosotros propusimos y ellos concluyen es diferente que recomendar el uso del chupete: es abstenernos de prohibirlo.
William Silverman, en su profunda reflexión ética sobre nuestra profesión decía: "¿Como haremos para trazar una línea entre lo que sabemos y lo que hacemos? ¿Sabemos lo suficiente de las consecuencias médicas y sociales de nuestras intervenciones para proceder con confianza? Nuestra capacidad de restringirnos debe ser proporcional al poder que tenemos".
Celebremos entonces la caída de una prohibición no basada en evidencias científicas y que se reconozca la ignorancia, único camino para llegar a saber.
Un sano consejo médico para los padres es que si ellos entienden que a su hijo le gusta el chupete no hay ninguna razón para prohibirlo, sin restricciones.

Dr. José L. Díaz Rossello .- Pediatría Perinatal. Centro Latino Americano de Perinatología y Desarrollo Humano y Unidad de Salud de la Mujer y Reproductiva CLAP/SMR. Organización Panamericana de la Salud, Organización Mundial de la Salud.

Ilustración:Marianne Barcilon