BIENVENIDOS

Dicen que nuestros hijos son nuestra viva imagen. A través de ellos nos miramos a nosotros mismos y sobre ellos proyectamos nuestros deseos, nuestras frustraciones, nuestras ilusiones y sueños. Los convertimos, sin darnos cuenta, en nuestro reflejo, como si mirásemos un espejo que siempre nos devuelve la misma imagen: la nuestra, con nuestros valores, nuestras creencias, nuestros sentimientos, nuestra forma de ver el mundo.

¿Qué sucedería si dejásemos de hacerlo? ¿Si dejásemos de mirarnos a nosotros mismos para verlos a ellos, los hijos e hijas que hemos traído al mundo? ¿Qué sucedería si hiciéramos un esfuerzo por comprender su realidad, sus afectos, su alegría y su dolor y lo hiciéramos desde ellos, no desde nosotros?

¿Qué ocurre cuando una madre y un padre atraviesan el espejo?
Os invito a comprobarlo a través de la lectura de estos textos, reflexiones y algunos cuentos.

viernes 30 de enero de 2009

La Covada


"El término covada proviene del francés \"couvade\", que significa incubar o empollar de las aves, otros estudiosos lo derivan de la expresión latina \"puerperio cubare\" o encamarse durante el puerperio o postparto.

La primera mención documentada de la covada data del siglo III a.C. Apolonio de Rodas, gramático y director de la Biblioteca de Alejandría, la describe así en su obra Los argonautas: “... llegaron a la Tibarénida. En ese país, cuando las mujeres han dado hijos a sus hombres, son estos quienes gimen, caídos en los lechos, con las cabezas envueltas; y ellas los cuidan con solicitud, les hacen comer y les preparan los baños que convienen a las recién paridas”.
En el siglo I a.C., el historiador Diodoro de Sicilia mencionaba en su libro V que los corsos tenían una costumbre semejante: “Con el nacimiento de sus hijos observan un hábito muy extraño: no tienen cuidado alguno de sus mujeres que están de parto; cuando una ha dado a luz, el marido se acuesta, cual enfermo, y permanece encamado un número fijo de días, como una recién parida”.
Marco Polo trató de explicar este comportamiento chocante al observarlo en la provincia de Kardandan y la ciudad china de Vochang, en 1275, y aventuró que debía tratarse de una especie de resarcimiento o indemnización, puesto que la madre sufre al parir, el padre tiene que hacerlo también imponiendo algunas restricciones a su vida.
En 1818, en Historia de las naciones Vascas de una y otra parte del Pirineo septentrional y costas del mar Cantábrico, el notario J. A. Zamácola asegura que las vizcaínas “apenas parían, se levantaban de la cama, mientras el marido se metía en ella con el chiquillo”.
Durante el siglo XIX se recogen en un fichero del Museo Etnológico y Antropológico de Madrid testimonios de esta costumbre. En Ibiza “Tan pronto como se presenta el parto, el marido se mete en la cama con su mujer, tomando tazas de caldo como ella y colocando al recién nacido entre los dos”. En Canarias se dice que los hombres ya no se acuestan mientras lo hace la puérpera, “pero continúan haciéndose agasajar al igual que sus mujeres paridas (...) comen y beben lo mismo, las mismas veces y durante el mismo número de días”.
Hasta mediados del siglo XX se ha constatado alguna forma de covada en todas partes: Laponia, Borneo, Inglaterra, Francia, Brasil, Alemania... En Casas de Ves (Albacete) el hombre, además de acostarse con el recién nacido le ponía su camisa y quemaba la placenta en una hoguera ritual, en Alabama y Carolina del Sur bastaba con que el sombrero del padre estuviera sobre la almohada del lecho de la parturienta." (datos extraídos de varias fuentes)


La aproximación a esta conducta es compleja.

Por un lado, parece ser que este ritual nació como parte del tránsito de las sociedades matriarcales a las patriarcales. Los hombres, en un intento por obtener el poder sobre todos los aspectos de la comunidad, se apropiaban del parto y el postparto, recibiendo así los cuidados que realmente necesita la madre y haciéndose con el control de la experiencia del alumbramiento. Esta explicación no debería resultarnos muy descabellada, teniendo en cuenta que actualmente todavía las mujeres no han podido volver a ser dueñas de su embarazo, parto y puerperio.

Visto así, como la semilla de un intento de control sobre lo femenino, como el germen de lo que siglos después está resultando ser una experiencia arrebatada, la covada resulta a nuestros ojos como una inversión de roles ridícula y perversa pero de terribles consecuencias históricas.

Pero hay más formas de abordar este ritual. Se interpreta también como un intento de compartir de forma empática los dolores y el sufrimiento de la mujer, de tal forma que los hombres hacen suya la experiencia de la maternidad. Esta interpretación, mucho más poética por cierto, señala que el marido ocuparía el puesto de la mujer para atraer sobre sí los peligros que los espíritus pueden arrojar sobre la puérpera en forma de infecciones mortales. Existen multitud de datos que avalan esta explicación, ya que en muy diferentes culturas se han practicado todo tipo de rituales y sortilegios con el fin de “engañar a la muerte” en el momento del alumbramiento. El hecho de que el padre se haga pasar por la parturienta, mientras ella alumbraba en otra habitación y también durante el puerperio, podía ser una forma de conjurar mágicamente la protección de la mujer y el bebé y exponerse él mismo a los peligros.

En cualquier caso, para el marido, la covada era un fingimiento que le daba más satisfacciones que riesgos (recibía todo tipo de cuidados mientras que la mujer se incorporaba rápidamente a sus tareas, con el fin de pasar desapercibida a ojos de la muerte) y además, por otro lado, certificaba ante la sociedad que él era definitivamente el padre de la criatura que no iba a nacer de su vientre. Y es que, a la postre, la covada legitimaba la parternidad pues, si bien el principio de maternidad queda establecido en el momento del parto, el de paternidad es una pura presunción.

Rescatar este interesante apunte antropológico desde nuestros días resulta interesante por la reflexión a la que nos acerca y la invitación al debate sobre los roles paternos emergentes y la nueva forma de entender la paternidad desde un lugar quizá mucho más explorado (por nuestros antepasados) de lo que pensamos.

A mi me gusta pensar en la covada como un intento muy torpe e inmaduro de acercarse al misterio del alumbramiento y de comprender los poderes femeninos. Desde esa inmadurez, la envidia, la inseguridad y el miedo de todo lo que representa una mujer encinta o pariendo dieron lugar a un tipo de conducta que acercaba a los hombres al misterio pero, al mismo tiempo, impedía la convivencia de lo masculino y lo femenino de forma pacífica, quedando la mujer fuera de ese círculo mágico de la vida como antes quedaba el hombre, cuando todo lo que concernía a la nueva vida era sólo cosa de mujeres.

La evolución de este ritual y de las sociedades que de él participaban hacia un patriarcado más maduro y establecido, ha colocado al hombre en una triste situación pues, si bien la sociedad patriarcal garantiza el control masculino del embarazo, parto y puerperio mediante la “ciencia médica” y las “leyes laborales” y esto ha complacido a los hombres durante los últimos siglos (pues hasta hace bien poco la figura del padre durante el embarazo, parto y puerperio ha sido inexistente), también es cierto que cada vez son más los nuevos padres que necesitan que la sociedad arroje, de nuevo, cierta luz sobre su condición y su legítimo derecho de participar de la experiencia de la paternidad desde el momento mismo de la concepción. En este sentido, los padres que se entregaban a la covada parecen, al menos y a su manera, más integrados en la experiencia vital de la paternidad que la mayoría de nuestros abuelos.

Quizá estamos en un momento en el que podemos recuperar el concepto de la covada y reescribirlo desde lo que ya sabemos, es decir, reinventarnos de alguna manera la fórmula que permita una incorporación del padre a la experiencia del embarazo, parto y postparto, legitimando su papel (fundamentalmente emocional pero también físico) en el nacimiento de toda nueva vida.

No se trataría entonces de invertir los roles ni de renunciar al propio sitio, sino más bien de encontrar territorios donde la maternidad y la paternidad puedan ser comunes, compartidos y disfrutados en forma de una nueva tribu.

Desde este punto de partida, resulta de especial relevancia la realidad (un poco obvia, por otro lado) de que el hombre posee dentro de sí la capacidad de ponerse, mediante el ejercicio de la empatía, enteramente en función de la nueva vida que llega, de acompañar a la mujer que da a luz de forma física mediante la respiración, la contención, la fuerza de unos brazos que sostienen. De meterse en la cama con su recién nacido y su mujer, protegiendo con su masculinidad a la díada lactante y participando plenamente de todas las energías que circulan en torno a un recién nacido. De vincularse de forma eficaz desde el comienzo con su bebé y de vivir la paternidad “desde adentro”.

Es posible y deseable que, en un futuro, consigamos superar la estructura “matriarcado vs patriarcado” y conquistar nuevas formas de relacionarnos entre nosotros, hombres y mujeres, más desde los lugares comunes que desde la conquista de territorios. Pienso que cada género posee cualidades únicas para aportar a la convivencia y a la vivencia de todas las experiencias de las que participa una pareja en su proyecto común, entre las que se encuentran la maternidad y la paternidad conscientes.


Violeta Alcocer.

Oleo sobre lienzo: Dorian Florez.

miércoles 28 de enero de 2009

El instinto, el cuidado, el amor.


Mucho se ha dudado sobre la existencia o no de eso que llamamos instinto maternal y más aún del paternal. Para mi, el hecho de que no todos nuestros coetáneos experimenten esa sensación no significa que no viva dentro de todos nosotros, sino más bien que la permeabilidad al mismo es susceptible de blindarse en un momento dado de la propia existencia e incluso desde el inicio de la misma. Quienes lo experimentamos, sabemos que hay un antes y un después de esa llamada interior. Una llamada en forma de pregunta y, otras, en forma de respuesta a pequeños o grandes interrogantes, a veces cotidianos y otras magníficos.

Cualquiera que sea la excusa para ese encuentro, es cierto que una vez que ha tocado nuestras vidas se convierte, si queremos, en una herramienta potente cuyo poder va, a mi parecer, mucho más allá de los beneficios individuales, mucho más allá de un espacio y un tiempo concretos y mucho más allá de nuestras propias crías.
Hablo de abrirnos al instinto, hablo de utilizar esa apertura como catalizador de nuestros vínculos no ya como familia, sino como seres humanos. Porque estoy convencida que es sólo desde la vivencia de ese instinto de cuidarnos entre nosotros desde donde podremos avanzar humanamente.

El instinto básico de la propia supervivencia solo se trasciende por el instinto de defensa de las crías . Pero ese instinto, una vez que nos hemos hecho permeables a él, puede devenir en un instinto universal y prolongado en el tiempo (a través de nuestros años) de defensa de todas las crías del mundo y por extensión, de todos los seres humanos (en definitiva, todos los que alguna vez fuimos criaturas, aunque ahora nos llamemos adultos).
Hagánse esta pregunta: viajan sólos en un avión (sin su familia, aunque la echan de menos), cuando se produce un aterrizaje forzoso. Una madre viaja sola con tres niños y no da a basto para atenderlos a todos. ¿Qué haría usted? ¿Se convertiría, eventualmente, en la madre/padre de esos pequeños? ¿Antepondría su supervivencia a la propia? ¿Se aseguraría de que los niños quedan a salvo antes de salvarse usted? ¿Aún a sabiendas de que sus propios hijos le esperan en casa?
Siento el dramatismo, pero es la única manera que encuentro de activar (en la fantasía) los resortes de los que hablo.
Pienso que muchos de nosotros nos pondríamos al servicio de esos niños, gracias al disparo instantáneo de ese instinto.

Y creo que quizá si fuéramos capaces de recuperar , nombrar y legitimar al niño que fuimos y que somos, seríamos más capaces de reconocer también en nuestros semejantes a la criatura que debe y puede ser salvada y ayudada.
En todo caso la naturaleza dispuso en nuestro más íntimo código el hecho de que fuéramos seres vivos capaces de poner por delante la supervivencia de nuestras crías frente a nuestra propia existencia.
Múltiples mecanismos biológicos están comprometidos en este tipo de respuesta amorosa tanto en mujeres como en hombres, es decir que, como especie, estamos más que preparados para bañarnos en las aguas del cuidado mutuo. Me pregunto por qué vivimos tan alejados de este potencial y por qué nos empeñamos en sobrecompensar su llamada mediante la impostación de todo lo natural y la implantación de artificios que no hacen otra cosa que nublar esa mirada hacia el interior. Me pregunto por qué en nuestras relaciones con los demás sigue primando la agresión, el recelo, el individualismo por encima de todo bien social y una ciega mirada a corto plazo. Me pregunto por qué teniendo una excelente materia prima, vivimos presos de nuestras sombras y somos incapaces de participar de lo "auténtico", más invertimos cantidades ingentes de energía inventándonos una realidad a medida de nuestro miedo.
La parte buena es que tenemos al alcance de nuestra mano ese instinto básico y fundamental destinado al cuidado de las crias y por extension de nuestros semejantes. Yace bajo el miedo, nuestro miedo.

Afortunadamente, la evolución nos ha permitido tener acceso al pensamiento elevado, que es la capacidad de observarnos a nosotros mismos como sujetos de nuestra propia historia. Es desde ese pensamiento desde donde podemos comprender la falta de sentido de nuestro temor, la falacia de las amenazas que paralizan nuestra emoción y activan nuestras defensas agresivas, la necesidad de liberarnos de lo que damos por hecho y bucear en nuestra verdadera naturaleza, activando ese código universal y poderoso que llamamos amor.

Violeta Alcocer.
Ilustración: Elena Ferrer.

lunes 12 de enero de 2009

Lactancia y Vinculo Materno.



El recién nacido incorpora la información de su entorno, entre otros sentidos, mediante la oralidad, es decir, que la boca del bebé esta extremadamente mielinizada y es el órgano más sensible que posee en el momento del nacimiento. La lactancia es una potente herramienta de amor, pues a través de ella establecemos un tipo de comunicación con nuestro hijo, es decir, comenzamos un vínculo. El ansia del bebé por tener el pecho en la boca nos revela su estado incompleto: el bebé necesita completarse constantemente con el cuerpo de la madre, pues antes de su llegada al mundo el bebé vivió durante largo tiempo en un estado de plenitud que ahora añora.

La manera en que la madre viva y atienda la lactancia será la letra con la que se escriba el primer vínculo entre ambos, madre e hijo.

Nuestro hijo viene de un mundo feliz

Desde el momento de la concepción, el nuevo ser humano se gesta dentro de un cuerpo, el de la madre, y durante los nueve meses que dura el embarazo, niño y cuerpo materno son una misma cosa, una misma persona. Cuando el bebé nace, su mundo es indiferenciado.

Dentro del útero el tiempo transcurre en un estado de no necesidad, de total satisfacción, de homeostasis, equilibrio. El bebé dispone de alimento constantemente y no ha de hacer trabajo alguno para respirar. Su cuerpo se encuentra flotando en un espacio líquido de agradable temperatura. Todo es perfecto ahí dentro.

El momento del nacimiento representa un cambio fundamental en la vida del niño. Suceden dos hechos importantes: el bebé tiene que respirar para vivir y también tiene que nutrirse.

Excepto estos dos hechos fisiológicos importantísimos, el universo del bebé sigue en un estado casi igual al de la gestación. Es decir, que el niño no es un ser diferenciado, sino que sigue siendo el mismo ser fusionado a la madre que era cuando estaba en la barriga. De hecho, el niño nace sin la más remota conciencia de ser alguien separado de la madre que le contuvo hasta su nacimiento. Para el recién nacido, madre y pecho son una extensión de sí mismo y, por tanto, el recién nacido existe y es en la medida en que esta unión se permite y se hace patente. Todo lo que queda fuera de esta unión, para el recién nacido, es vacío, muerte y peligro.

Dada esta realidad, la naturaleza dispuso que el cuerpo del recién nacido no fuese el único que quedara prendido de la madre tras el parto.

El cuerpo y la menta de la madre se ponen en función de la supervivencia del recién nacido de forma natural. No sólo en el hecho de que la madre produzca leche para amamantar, pues la leche por sí misma no es suficiente para la supervivencia del recién nacido. Es el hecho de que lactancia y fusión emocional vayan de la mano lo que asegura la supervivencia del niño.

Amor y Vinculo

Una cosa es el amor y otra es el vínculo. El amor maternal es ese sentimiento pleno, alegre o doloroso, que anida en nuestro interior desde el momento mismo de la concepción y que crece día a día según la gestación avanza y se prolonga más allá del nacimiento y durante toda nuestra vida. Cuando nuestro hijo nace, le amamos ya sin medida.

El vínculo, sin embargo, nace de la relación entre dos seres humanos, en este caso madre e hijo, por tanto, es algo vivo, dinámico, que se pone en marcha en la medida en que tiene lugar una relación. El vínculo no es algo pleno e ilimitado como es el amor. Es el esquema, la pauta, el ritmo, la cualidad y la relación en movimiento entre madre e hijo, movido por la fuerza del amor pero no sujeto a sus leyes. El vínculo, por tanto, se pone en marcha desde el momento en que madre e hijo se miran a los ojos por primera vez y quedan unidos por el hilo invisible de la naturaleza que les une.

La forma en que la madre se vincula con su hijo viene dada por los propios vínculos maternos, sus primeras experiencias de amor y contención, la comprensión que ha sido capaz de arrojar sobre éstos a lo largo de su vida y su propia condición emocional en el momento actual.

Tamizado por estos aspectos, el amor inmenso de la madre se traduce en una forma concreta de vincularse, es decir de relacionarse y atender, a su recién nacido.

En este primer momento, el tipo de vínculo quedará traducido en el tipo de respuesta que la mamá es capaz de dar a su hijo cuando éste demanda, en la forma de hablarle, de atenderle, en el ritmo de su relación (más o menos acompasado) y en la intensidad y calidad de los sentimientos que tiene la mamá respecto a la demanda del bebé y su propia capacidad para traducirlos de forma armónica.

Incluso en situaciones de separación temprana de la madre y el hijo, el vínculo es posible. Porque, en realidad, el vínculo trasciende a la realidad física del cuidado y se representa en la actitud, en la disposición, en el pensamiento y los actos que de él se derivan. Madre e hijo separados tras nacer durante varios días, van a poder establecer una relación más allá del espacio en que se encuentran si la madre es capaz de volcarse en la entrega y el compromiso hacia su bebé ausente. En la ausencia, el dolor, el vacío y el desgarro van a ser trascendidos mientras la mamá pueda permanecer afectivamente vinculada a su hijo. La lactancia, en estos casos, es literalmente el puente de comunicación entre ambos. Es el mensaje materno que el bebé enfermo va a recibir diariamente, es la presencia de la madre. Lo es no sólo porque la leche materna será recibida por el bebé como la parte que le completa, sino porque esa leche significa para el niño la presencia de la madre. El niño lo sabe porque su cuerpo lo sabe, porque su cuerpo reconoce ese alimento entre todos los alimentos, porque en él van la caricia, el susurro, el anhelo y la espera de una madre que le cuida como puede.

Conocimiento mutuo

El bebé recién nacido necesita imperiosamente ser contenido, amado y alimentado . Lo necesita constantemente porque su vida depende de ello. Por tanto, necesita una madre y un padre capaces de comprender sus necesidades y de atenderlas de la forma en que él lo necesita.

Podría parecer que todos los bebés llegan al mundo iguales (ya que sus necesidades son las mismas) y que hay una formula magistral para atenderlos amorosamente. No es cierto. Precisamente es en el matiz de la individualidad, en lo más genuino de cada recién nacido, en lo que le hace único y diferente del resto, es donde reside el secreto de la relación entre madre e hijo. Gracias a su capacidad de vincularse, la madre va a ser capaz de descubrir esa individualidad del otro, su hijo. Y no va a responder a un bebé, a uno cualquiera, sino que va a responder y atender a su hijo, al que conoce, a ese que tiene unas necesidades específicas más allá de las comunes a todos los bebés, que tiene unos ritmos propios y un sello personal.

Va a responder al tono de su llanto, a su olor, a la temperatura de su piel, la expresión de sus ojos, que le van a decir a la madre exactamente lo que necesita y cómo lo necesita.

Es sólo a través del vínculo, es decir del tipo de relación que se establezca entre ambos, que madre e hijo podrán conocerse y transformarse mutuamente. De no ser así, el bebé será atendido, posiblemente acunado, higienizado y alimentado; sobrevivirá, pero perderá su identidad por el camino.

Dado que la herramienta más poderosa que tiene el bebé recién nacido para unirse a su madre es la lactancia , ésta se constituye como el primer vehículo en la relación entre ambos, madre e hijo.

De este modo, la lactancia, es decir, el hecho de ser alimentado por el cuerpo de la madre unido al hecho de estar vinculado profundamente con ella, es la primera forma de comunicación que recibe el bebé desde que nace.

Lactancia y vínculo van a ser las dos herramientas que aseguran la supervivencia del recién nacido a todos los niveles. Y por eso, la nutrición que recibe el recién nacido dependerá más que de la nutrición en sí misma, del tipo de vínculo que haya establecido entre el niño y su madre antes, durante y después de comer. Esto significa que es el vínculo lo que le va a dar sentido y forma a la lactancia: la forma en que el pecho es dado, a demanda o con horario, con atención o sin ella, acariciando el cuerpo de su hijo o separada, hablando o callada, con ansiedad o en calma, preocupadas por el reloj o dejándonos fluir en el acto de dar…. conforman el vínculo. La forma en que se alternan los momentos de atención activa y tacto con los momentos de abstracción materna, la combinación de sentimientos maternos y la manera en que ésta logra manejarlos para traducirselos al niño.. conforman el vínculo.

Conforman el vínculo también aspectos tan sutiles como el cuidado fisico y emocional de la madre hacia sí misma (que se van a traducir en la calidad, tibieza y sabor de su leche), el sostén y acompañamiento del padre, la participación de éste en la lactancia y , en general, cualquier aspecto de la vida de ambos que arrastre un mensaje sobre la relación respecto a su hijo.

Una díada bajo una tríada

La lactancia y el vínculo fusional madre e hijo no deberían suceder de forma aislada dentro de la familia. El bebé llega a este mundo a través del cuerpo materno y depende del mismo para su supervivencia, eso es una realidad. Sin embargo, la mitad del código genético del niño le viene dado por la vía paterna. En el cuerpo de la madre, durante la gestación, se aloja un bebé que contiene, en su esencia, parte del padre. Cuando el bebé nace, es un ser único que a su vez viene de dos. Esta situación, ignorada a menudo, constituye al varón como un tercer elemento en la relación fundamental. El bebé nace referido a la madre, pero en el momento del nacimiento, madre y también padre quedan prendidos del bebé y todo su ser se pone en función de la supervivencia de éste. La lactancia, por tanto, es mucho más que una madre alimentando a un hijo. Es un momento en la vida de la familia en el que todos los componentes de la misma juegan un importante papel. Dentro de ella, tiene lugar una díada, madre e hijo. Pero al mismo tiempo, contextualizando a esa relación, tiene lugar una tríada, es decir un padre y una madre unidos también por su propio hilo invisible y vinculados entre ellos, que van a flexibilizar esa unión para incluir en ella a un tercero, su hijo. El hecho de que haya una díada es importante, fundamental. Pero también lo es el hecho de que ese bebé no sólo provenga de una madre, sino también de un padre. Es importante que la relación entre ambos, madre e hijo, esté a su vez contenida bajo el abanico de la familia, es decir de la tríada madre, padre, hijo.

Esta supraestructura, este sostén triple (madre, padre y madre-padre) sostiene al niño con la fuerza que éste necesita para plantarse en la vida con la fuerza de un brote que algún día será arbol.

La lactancia, por tanto, puede ser vivida y participada de forma no sólo dual sino tribal, es decir como parte integral de la vida de la nueva familia. La corriente nutritiva, el torrente de emociones y ternura compartidas y el sustento vital son algo más que leche: son la impronta de la nueva familia que se constituye con la llegada de un nuevo miembro, el son al que pueden danzar padres, madres e hijos, a favor de la vida, el respeto y la alegría.

Violeta Alcocer.

Ilustración: Joy Sidor.