
"El término covada proviene del francés \"couvade\", que significa incubar o empollar de las aves, otros estudiosos lo derivan de la expresión latina \"puerperio cubare\" o encamarse durante el puerperio o postparto.
En el siglo I a.C., el historiador Diodoro de Sicilia mencionaba en su libro V que los corsos tenían una costumbre semejante: “Con el nacimiento de sus hijos observan un hábito muy extraño: no tienen cuidado alguno de sus mujeres que están de parto; cuando una ha dado a luz, el marido se acuesta, cual enfermo, y permanece encamado un número fijo de días, como una recién parida”.
Marco Polo trató de explicar este comportamiento chocante al observarlo en la provincia de Kardandan y la ciudad china de Vochang, en 1275, y aventuró que debía tratarse de una especie de resarcimiento o indemnización, puesto que la madre sufre al parir, el padre tiene que hacerlo también imponiendo algunas restricciones a su vida.
En 1818, en Historia de las naciones Vascas de una y otra parte del Pirineo septentrional y costas del mar Cantábrico, el notario J. A. Zamácola asegura que las vizcaínas “apenas parían, se levantaban de la cama, mientras el marido se metía en ella con el chiquillo”.
Durante el siglo XIX se recogen en un fichero del Museo Etnológico y Antropológico de Madrid testimonios de esta costumbre. En Ibiza “Tan pronto como se presenta el parto, el marido se mete en la cama con su mujer, tomando tazas de caldo como ella y colocando al recién nacido entre los dos”. En Canarias se dice que los hombres ya no se acuestan mientras lo hace la puérpera, “pero continúan haciéndose agasajar al igual que sus mujeres paridas (...) comen y beben lo mismo, las mismas veces y durante el mismo número de días”.
Hasta mediados del siglo XX se ha constatado alguna forma de covada en todas partes: Laponia, Borneo, Inglaterra, Francia, Brasil, Alemania... En Casas de Ves (Albacete) el hombre, además de acostarse con el recién nacido le ponía su camisa y quemaba la placenta en una hoguera ritual, en Alabama y Carolina del Sur bastaba con que el sombrero del padre estuviera sobre la almohada del lecho de la parturienta." (datos extraídos de varias fuentes)
La aproximación a esta conducta es compleja.
Por un lado, parece ser que este ritual nació como parte del tránsito de las sociedades matriarcales a las patriarcales. Los hombres, en un intento por obtener el poder sobre todos los aspectos de la comunidad, se apropiaban del parto y el postparto, recibiendo así los cuidados que realmente necesita la madre y haciéndose con el control de la experiencia del alumbramiento. Esta explicación no debería resultarnos muy descabellada, teniendo en cuenta que actualmente todavía las mujeres no han podido volver a ser dueñas de su embarazo, parto y puerperio.
Visto así, como la semilla de un intento de control sobre lo femenino, como el germen de lo que siglos después está resultando ser una experiencia arrebatada, la covada resulta a nuestros ojos como una inversión de roles ridícula y perversa pero de terribles consecuencias históricas.
Pero hay más formas de abordar este ritual. Se interpreta también como un intento de compartir de forma empática los dolores y el sufrimiento de la mujer, de tal forma que los hombres hacen suya la experiencia de
En cualquier caso, para el marido, la covada era un fingimiento que le daba más satisfacciones que riesgos (recibía todo tipo de cuidados mientras que la mujer se incorporaba rápidamente a sus tareas, con el fin de pasar desapercibida a ojos de la muerte) y además, por otro lado, certificaba ante la sociedad que él era definitivamente el padre de la criatura que no iba a nacer de su vientre. Y es que, a la postre, la covada legitimaba la parternidad pues, si bien el principio de maternidad queda establecido en el momento del parto, el de paternidad es una pura presunción.
Rescatar este interesante apunte antropológico desde nuestros días resulta interesante por la reflexión a la que nos acerca y la invitación al debate sobre los roles paternos emergentes y la nueva forma de entender la paternidad desde un lugar quizá mucho más explorado (por nuestros antepasados) de lo que pensamos.
A mi me gusta pensar en la covada como un intento muy torpe e inmaduro de acercarse al misterio del alumbramiento y de comprender los poderes femeninos. Desde esa inmadurez, la envidia, la inseguridad y el miedo de todo lo que representa una mujer encinta o pariendo dieron lugar a un tipo de conducta que acercaba a los hombres al misterio pero, al mismo tiempo, impedía la convivencia de lo masculino y lo femenino de forma pacífica, quedando la mujer fuera de ese círculo mágico de la vida como antes quedaba el hombre, cuando todo lo que concernía a la nueva vida era sólo cosa de mujeres.
La evolución de este ritual y de las sociedades que de él participaban hacia un patriarcado más maduro y establecido, ha colocado al hombre en una triste situación pues, si bien la sociedad patriarcal garantiza el control masculino del embarazo, parto y puerperio mediante la “ciencia médica” y las “leyes laborales” y esto ha complacido a los hombres durante los últimos siglos (pues hasta hace bien poco la figura del padre durante el embarazo, parto y puerperio ha sido inexistente), también es cierto que cada vez son más los nuevos padres que necesitan que la sociedad arroje, de nuevo, cierta luz sobre su condición y su legítimo derecho de participar de la experiencia de la paternidad desde el momento mismo de
Quizá estamos en un momento en el que podemos recuperar el concepto de la covada y reescribirlo desde lo que ya sabemos, es decir, reinventarnos de alguna manera la fórmula que permita una incorporación del padre a la experiencia del embarazo, parto y postparto, legitimando su papel (fundamentalmente emocional pero también físico) en el nacimiento de toda nueva vida.
No se trataría entonces de invertir los roles ni de renunciar al propio sitio, sino más bien de encontrar territorios donde la maternidad y la paternidad puedan ser comunes, compartidos y disfrutados en forma de una nueva tribu.
Desde este punto de partida, resulta de especial relevancia la realidad (un poco obvia, por otro lado) de que el hombre posee dentro de sí la capacidad de ponerse, mediante el ejercicio de la empatía, enteramente en función de la nueva vida que llega, de acompañar a la mujer que da a luz de forma física mediante la respiración, la contención, la fuerza de unos brazos que sostienen. De meterse en la cama con su recién nacido y su mujer, protegiendo con su masculinidad a la díada lactante y participando plenamente de todas las energías que circulan en torno a un recién nacido. De vincularse de forma eficaz desde el comienzo con su bebé y de vivir la paternidad “desde adentro”.
Es posible y deseable que, en un futuro, consigamos superar la estructura “matriarcado vs patriarcado” y conquistar nuevas formas de relacionarnos entre nosotros, hombres y mujeres, más desde los lugares comunes que desde la conquista de territorios. Pienso que cada género posee cualidades únicas para aportar a la convivencia y a la vivencia de todas las experiencias de las que participa una pareja en su proyecto común, entre las que se encuentran la maternidad y la paternidad conscientes.



