BIENVENIDOS

Dicen que nuestros hijos son nuestra viva imagen. A través de ellos nos miramos a nosotros mismos y sobre ellos proyectamos nuestros deseos, nuestras frustraciones, nuestras ilusiones y sueños. Los convertimos, sin darnos cuenta, en nuestro reflejo, como si mirásemos un espejo que siempre nos devuelve la misma imagen: la nuestra, con nuestros valores, nuestras creencias, nuestros sentimientos, nuestra forma de ver el mundo.

¿Qué sucedería si dejásemos de hacerlo? ¿Si dejásemos de mirarnos a nosotros mismos para verlos a ellos, los hijos e hijas que hemos traído al mundo? ¿Qué sucedería si hiciéramos un esfuerzo por comprender su realidad, sus afectos, su alegría y su dolor y lo hiciéramos desde ellos, no desde nosotros?

¿Qué ocurre cuando una madre y un padre atraviesan el espejo?
Os invito a comprobarlo a través de la lectura de estos textos, reflexiones y algunos cuentos.

lunes 20 de julio de 2009

Los límites: coordenadas fundamentales.



Los límites (esos de los que tanto se habla y que nadie sabe muy bien qué son) no son otra cosa que el lugar común donde se encuentran mis necesidades con las del otro, el espacio a partir del cual se rompe un equilibrio saludable, el marco dentro del cual se contienen nuestras relaciones saludables con nosotros mismos, con los demás y con el medio que nos rodea.
Es decir, los límites no siempre tienen que ver con la firmeza, la autoridad o la capacidad para decir “no”: tienen que ver con la capacidad de combinar nuestras necesidades con las de nuestros hijos de forma armoniosa.
Por otro lado, las expectativas son lo que esperamos de nuestros hijos y lo que esperamos de nosotros mismos como padres y como familia.
Límites y expectativas son dos conceptos estrechamente vinculados, pues nuestras expectativas son el marco de referencia de nuestros límites, los definen.

Las necesidades y las relaciones son muy particulares para cada persona y cada familia. Por ese motivo, los llamados “límites” han de ser
también particulares para cada familia (dependerán de los valores de cada familia, de sus necesidades particulares, de su cultura, de su organización interna, de sus proyectos presentes y futuros y de las expectativas personales de cada padre sobre los hijos) y no podemos adoptar alegremente los de la familia de al lado (ni los del psicólogo o el pediatra de turno) porque entonces estaremos viviendo la vida de otro.

Cuando nuestros hijos desean, lo hacen a menudo desmedidamente y sin límites. El deseo es puro y la distancia entre los deseos del niño y la realidad suele ser grande (salir desnudo a la calle en pleno invierno, meterse con zapatos en la bañera, abrir todas las bolsas de patatas de una tienda, comerse un bote entero de plastilina o beber vino de la copa de papá) .

La tendencia de los padres, guiados por el afán de marcarle al niño donde está el límite, es la de negar el deseo rotundamente y en su totalidad (“no, tu no quieres eso” o “no, eso no se puede”). Con esta negación marcamos un límite, pero es tan
rotundo que muchas veces desoímos algunos matices de ese deseo que sí podrían (y deberían) ser considerados.

Es importante pensar qué papel tiene el no en la vida de un niño.
Personalmente soy bastante contraria a las teorías que nos proponen el “no” como panacea educativa (por lo general son teorías que nos invitan a considerar que la frustración activa, es decir negarle deseos al niño deliberadamente, es necesaria e invita al crecimiento porque eso es lo que el crío se va a encontrar en la vida).

Yo lo veo de otra manera. Creo que, en realidad, lo que el niño necesita es conocer cómo está escrito el mapa de la realidad: de su realidad concreta y de la realidad del contexto social en el que vive y se desarrolla.

Hablo de mapa porque me parece una buena metáfora. En ese mapa hay zonas que limitan con otras, hay fronteras. Hay obstáculos geológicos insalvables y otros que se pueden salvar sólo con ayuda. Hay distintos paisajes, dependiendo de la zona en la que uno se encuentre instalado y para el niño es fundamental conocer ese mapa, esas coordenadas, para poder moverse por el mundo con seguridad. El mapa de la realidad incluye, también, las relaciones entre las personas. De esta manera, el mapa de la realidad del niño, el que hemos de mostrarle y él ha de ir incorporando según crece, es el mapa de las relaciones que tiene a su ardedor y del contexto físico en el que se desarrollan estas relaciones. Eso quiere decir que el niño también necesita conocer hasta dónde puede llegar con los demás y hasta dónde pueden llegar los demás con él.
Como he dicho muchas veces, el respeto en familia tiene que ser respeto para todos: para los hijos por supuesto, pero también para los padres. Y si el equilibrio se rompe y la balanza se inclina demasiado en uno u otro sentido estaremos haciendo muy mal nuestra labor.

Mi visión del asunto es compleja y quizá sofisticada, porque pretendo que nuestro objetivo como padres no sea que nuestro hijo conozca los límites (es decir, que se sepa el mapa al dedillo pero sin moverse del sitio), sino que, a la larga, nuestro hijo sea capaz de detectar por sí mismo dónde están los límites en la vida, que sea capaz de gestionar sus relaciones con los demás averiguando en cada caso hasta dónde puede llegar, que sea capaz de parar cuando tenga demasiado de algo, que se “autolimite” cuando haga falta. Que sea autónomo, que tenga criterio. Que no haga caso de lo que le digan que tiene que hacer "porque si", sino que piense por él mismo… y acierte.

Para que este aprendizaje tenga lugar, es fundamental que ante un deseo de nuestro hijo, en vez de cerrar el tema con un “no” y a otra cosa, seamos capaces de decir “si, pero hasta aquí”.
El "no" rotundo está bien cuando lo que hay detrás es un enchufe que electrocuta o un terraplén. También cuando lo que hay detrás es un bofetón a un hermano o cualquier otra cosa que menoscabe lo que hemos considerado como respeto o como parte fundamental de nuestra convivencia o buena marcha vital.
Pero no tiene tanto sentido en el resto de las ocasiones.


Porque el niño que crece con el “no” aprende a ver la vida con el vaso vacío (de deseo). Conocerá muy bien la frustración pero no sabrá detectar los matices ni en el entorno ni en las situaciones, porque todos sus avances fueron censurados antes de empezar. No conoce el mapa de la realidad de antemano y es incapaz de emprender por sí mismo la tarea de conocerlo. Tiene miedo de lo nuevo, porque aprendió que su deseo de conocer era ilícito. Simplemente va siguiendo las indicaciones. Le vendrá muy bien, en cualquier caso, haber crecido en la frustración, porque careciendo de las herramientas personales para manejarse
adecuadamente en sus relaciones personales y con el entorno, a lo largo de su vida tendrá que lidiar con muchas.

El niño que crece con el “si, pero sólo hasta aquí” aprende a ver la vida con el vaso medio lleno (de deseo), aprende que casi todo puede intentarse, que sus deseos pueden verse realizados pero que para que eso suceda debe aceptar y asumir ciertas coordenadas, ciertas reglas, normas, las que reinen en cada circunstancia de su vida. Sabrá lo que es la frustración, cómo no, pero no será a costa de la frustración total sino a costa de un aprendizaje fundamental en la vida: tener que renunciar a algo para obtener algo, tener que esforzarse, tener que esperar, demorar y hasta renunciar o modificar los objetivos para encontrar la satisfacción.

La formula para replantearnos los límites es sencilla. Antes de volver a negar algo, merecerá la pena pararnos a escuchar qué es lo que nuestro hijo quiere y, por un momento, comprenderlo, idenficarnos con ese deseo, con el niño que nosotros fuimos. Comprenderlo no significa realizarlo en su totalidad: significa darle cabida a su deseo en nuestra mente e identificarnos con la realidad del mismo (“si yo fuera un niño de dos años me apetecería muchísimo tirarme a esa piscina con el bocadillo en la mano”).
Sólo desde esta postura podremos, en algunos casos, rescatar algún aspecto de ese deseo que sí puede ser realizado y se lo podremos mostrar así a nuestro hijo.

No se trata de que nosotros seamos los jueces que dan el visto bueno o el visto malo a un deseo (si lo entendemos así, es fácil caer en conceder demasiado o en negar demasiado) : se trata de que nosotros seamos los que le vayamos mostrando a nuestro hijo la manera de ir ajustando sus deseos a las posibilidades que le ofrece la realidad. El mensaje para el niño es: desear es bueno y lícito, pero quizá tengas que modificarlo un poco para que sea realizable o renunciar a él para poder hacerlo más adelante.. pocas veces en la vida podemos hacer "exactamente" lo que queremos, pero eso no significa que no podamos hacer algunos ajustes para disfrutar igual de ella.

Violeta Alcocer.
Ilustración: Oscar Villán

14 comentarios:

Anónimo dijo...

Aplausos, reverencias!!! gracias otra vez Violeta, tienes una mirada especial y profunda que siempre aporta nuevos e invalorables referentes para la crianza respetuosa y amorosa de los pequeños... siempre comento tus publicaciones en mi programa de radio aquí en Caracas Venezuela. Trabajos como el tuyo es lo que más necesita el mundo para humanizarse.

Mundo de Ariadna dijo...

mil gracias!! lo leere mas despacio...esta genial!

Mundo de Ariadna dijo...

justo ahora estoy con el libro de rebeca wild sobre los limites...es una maravilla!

Ana dijo...

Buenísimo!
Me vien muy bien en estos momentos
Gracias!

beaQ dijo...

mil gracias, Violeta: se me ha puesto la piel de gallina al leer tu artículo, creo que necesitaba esta mirada
bea

Horacio Fioriello dijo...

una mirada mas alla de los limites, buen blog!
beso

Horacio Fioriello dijo...

te agrego a mis favoritos!

sonia dijo...

Fenomenal, gracias por la ayuda. Un artículo muy interesante, como siempre, me parece que la visión que das de las cosas está llena de un cariño muy necesario para educar a un hijo.

Staff de Mamuchas dijo...

Excelente, maravilloso artículo!

Soy Julie, admin del Staff de Mamuchas. Tenemos un blog y un foro dedicados a las mamás que tienen una vida online.

Quisiera tu permiso para colocar este artículo en nuestro blog, con el reconocimiento correspondiente por supuesto (Nombre de la autora y URL del blog).

Una a veces no es conciente de que tiene el "no" en la punta de la lengua. Te soy muy honesta, después de leerte he reflexionado mucho y me he predispuesto a criar a mis hijas en un "si, pero hasta aquí".

Gracias por compartir todo esto con los padres que estamos del otro lado.

Un abrazo en nombre de todas las Mamuchas.

Julie.

Aprendiendo de Adrian dijo...

Muchas gracias Violeta ¡ genial como siempre!. Lo tendré a mano porque ultimamente me está haciendo falta esta vision de las cosas

Yasmin

Bóboli comunicación dijo...

un artículo muy interesante Violeta!! enhorabuena por el blo, nos encanta!!

besitos!

Pilar dijo...

Estoy de acuerdo en lo que dices, salvo en una cosa. Pienso que los niños van aprendiendo a ser autónomos en el descubrimiento de sus límites y de los límites del próximo cuando se respira ese respeto para todos los miembros de una familia. Pero poner el acento (y lo digo por la letra cursiva que usaste) en acertar creo que puede crear excesivas expectativas en los padres sobre lo que sus hijos pueden llegar a conseguir. Tan sano como acertar es equivocarse y encontrar alguien al lado que te dice hasta dónde puedes llegar cuando sobrepasas sus límites. Intentar "adivinar" siempre dónde están las reglas y límites de los demás o de uno mismo es como pretender que otros comprendan siempre mi estado de ánimo y me atiendan sin necesidad de decir lo que necesito: la comunicación es fundamental, también cuando se trata de límites. Espero haberme hecho entender.
Un saludo y felicidades por tu blog.

Vanessa Ramos dijo...

Me gusta mucho este artículo. Intentemos vaciar, lo más posible, los no de la vida de nuestros hijos.

Besos de leche

Caro dijo...

Te he descubierto a través de otro blog que me encanta (Lactabia) y ya no te suelto ;)
Buf...todo lo que tengo por leer...
Un saludo!