
Los seres humanos necesitamos referencias para poder crecer. Nadie existe por sí mismo sino que lo hacemos siempre respecto a un otro,un contexto, un marco de referencia. Por eso, es imposible vivir sin los demás, sin conexión con otro que nos recuerde cada vez que nos miramos en él, quiénes somos.
Pensaba en la importancia de las referencias cuando constataba cómo, entre las muchas cosas que diferencian a mis hijas, el lugar que ocupan en la familia (la mayor, la pequeña) las ubica en un punto de partida único y respecto al cual desarrollarse en uno u otro sentido. Pensaba que son lugares no intercambiables y que, junto con otras tantas conjunciones en su vida, conforman un territorio que les es propio y exclusivo y que linda con el territorio de los demás como uno de sus muchos referentes vitales.
Pienso también en las referencias cuando me descubro a mi misma buscando (en mi historia, en las historias de otros que conozco) los ecos de cualquier cosa que les sucede a ellas. Cosas sencillas, como recordar cuántas veces tuve yo eccemas siendo niña y cómo mi madre me untaba una pomada, al ver ahora a mi pequeña con un área de piel áspera y rosada. O no tan sencillas, como volver a conectar con sentimientos infantiles de miedo, oscuridad o pena, los míos o los de los más cercanos a mi.
Rescatando entre mis vivencias soy capaz de encontrar un marco en el que encajar (o desencajar) las vivencias de ellas, ofreciéndoles a mi vez a ellas una referencia, una respuesta cuyo mensaje es "te comprendo" "te acepto" "esto me suena" "te sigo": alguien, en este caso su madre, con quien estar en relación con sus cosas, alguien a quien lo que a ellas les pasa le resuena, le conmueve, le recuerda.
Y así, conectadas, ellas crecen.
Mantener ese nivel de conexión, permanecer siempre disponible a su mundo interno, escribir mentalmente el diario de su vida (conocer sus pequeñas anécdotas y vicisitudes, darles palabra y compartirlas en familia), reescribir nuestra propia historia gracias a la suya, darnos cuenta de lo que les pasa a cada instante, aunque no estemos físicamente a su lado, son actitudes parentales que le ofrecen al niño ya no sólo un hogar psiquico al que siempre poder acudir sino un sostén de importancia vital para su supervivencia.
Porque si no somos capaces de reconocernos en nuestros hijos, de repasar nuestra vida gracias a la suya ¿cómo nos daremos cuenta de las cosas que les pasan? ¿cómo comprenderemos sus reacciones, sus alegrías, sus temores?
¿Qué referencias les estamos dando?
Desconectados, pasan de largo la intuición y las alertas. Pasan de largo las necesidades y las urgencias. Desconectados somos incapaces de hilar su historia para que sea coherente, de encontrar un sentido en esa historia y de transmitírselo en su día a día. Van y vienen, suben y bajan, entran y salen… pero todas ellas son acciones rituales, carentes de una emoción que las acompañe y que realmente impregne a toda la familia; ausentes de un dolor en la despedida o una alegría en el reencuentro.
Desconectados, somos incapaces de recordar hasta su propia existencia.
Y si nos olvidamos de ellos, nos olvidamos de nosotros mismos. Se desdibuja el sentido de trascendencia y nos convertimos en extraños.
Que no nos alarmen entonces ni el frío, ni la soledad, ni los errores fatales, ni aún la muerte: en la tierra estéril de la desconexión se autoconcluye cualquier vida, pierde sentido la existencia.
Violeta Alcocer.
Ilustración: Alcover.


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