
Durante las primeras semanas del bebé, su sistema nervioso – junto con el resto de su organismo- va madurando increíblemente, siempre que cuente con la estimulación adecuada. Y lo único que favorece ese desarrollo es, precisamente, la atención, cuanto más constante mejor, de las necesidades del bebé, inmediatamente, según se van produciendo.
Es decir, a intentar reproducir al máximo las condiciones que el bebé tenía dentro del vientre materno: a esto es a lo que llamamos estimulación neonatal, que poco o nada tiene que ver con la realización de complicados ejercicios gimnásticos, ni con la aplicación de estímulos visuales o auditivos de manera forzada, ni con ningún tipo de “técnica” o “método” que nos promete un desarrollo temprano (qué tontería de término, por cierto).
El médico estadounidense John T. Bruer en su libro “El mito de los tres primeros años” (Ed. Paidós) explica muy bien el hecho de que si el cerebro no se desarrolla por sí mismo en la infancia (al contrario que sucede, por ejemplo, con el esqueleto) sino que necesita una serie de estímulos, es precisamente porque esos estímulos son tan universales que abolutamente todos los niños, por el simple hecho de tener unos padres mínimamente amorosos, van a tenerlos garantizados. No hay que conocer técnicas especiales, sólo hay que estar ahí y amar a nuestro hijo como nos salga de dentro.
La naturaleza es sabia, y el cuerpo del bebé viene preparado para crecer, para desarrollarse. Pero resulta que para desarrollarse, el bebé necesita ser atendido y estimulado por un otro, sus madre (y su padre también) en este caso. Y su propia naturaleza lo pide y lo hace de la herramienta más potente que tiene: el llanto.
A esta edad, atención es casi lo mismo que estimulación: es decir, el niño, mediante sus demandas, nos está indicando en qué necesita ser estimulado. Y la simple atención de sus demandas naturales (alimentación, sueño, contacto, afecto y contención) es toda la estimulación que necesita para superar bien esta primera etapa.
La atención de las necesidades del bebé recién nacido debe ser hecha “a demanda”: no solo la alimentación, sino todo lo demás, sueño, contacto, etc.. ha de ser atendido de esta forma en los primeros meses, durante los cuales el pequeño ni necesita ni está preparado para tolerar ninguna frustración artificial.
La frustración en el niño, de hecho, es un concepto absolutamente sobrevalorado y artificializado hasta tal punto que la frase “tiene que aprender a tolerar la frustración” se ha vuelto tan común como vacía… ¿acaso sabemos lo que es la frustración y la función psicológica que cumple en el desarrollo del ser humano? ¿conocemos los tipos de frustración y la especificidad que tienen respecto a cada momento del desarrollo del niño? Como siempre, matamos moscas a cañonazos cuando intentamos frustrar deliberadamente a un recién nacido con la esperanza de que vaya conociendo lo que le espera.
A un pequeño ser humano no vamos a ayudarle a desarrollarse y organizarse “desde fuera” (intentando imponer unos ritmos, horarios, pautas y contingencias), porque este desarrollo, en este estadío, sólo puede venir “desde dentro” de sí mismo y gracias a una estimulación-atención muy determinada, la que el niño pide, que será exactamente la que necesite para crecer.
Si el bebé encuentra esas necesidades satisfechas por una madre que sigue sus ritmos (el puerperio garantiza, de hecho, la resonancia emocional de la madre respecto a su recién nacido, cuyas necesidades hará propias), encuentra en ella sus primeros mensajes de amor y mediante ese estímulo va madurando y su demanda va decreciendo paulatinamente.
Si el bebé encuentra esas necesidades censuradas, limitadas o reguladas, por una mamá más centrada en el entorno que en sus propias sensaciones, encuentra sus primeros mensajes de incomprensión, se bloquean aspectos del desarrollo y su demanda decrece porque en vez de cobrar significado sus vivencias internas, al no ser nombradas (reconocidas) se desdibujan y se pierden en el infinito los primeros deseos, los primeros anhelos, los primeros lazos, las primeras raíces que nos agarran al suelo firme de la vida.
Violeta Alcocer.
Ilustración: Cozy Tomato (Koji Tomoto)


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada