
La manera en que la madre viva y atienda la lactancia será la letra con la que se escriba el primer vínculo entre ambos, madre e hijo.
Desde el momento de la concepción, el nuevo ser humano se gesta dentro de un cuerpo, el de la madre, y durante los nueve meses que dura el embarazo, niño y cuerpo materno son una misma cosa, una misma persona. Cuando el bebé nace, su mundo es indiferenciado.
Dentro del útero el tiempo transcurre en un estado de no necesidad, de total satisfacción, de homeostasis, equilibrio. El bebé dispone de alimento constantemente y no ha de hacer trabajo alguno para respirar. Su cuerpo se encuentra flotando en un espacio líquido de agradable temperatura. Todo es perfecto ahí dentro.
El momento del nacimiento representa un cambio fundamental en la vida del niño. Suceden dos hechos importantes: el bebé tiene que respirar para vivir y también tiene que nutrirse.
Excepto estos dos hechos fisiológicos importantísimos, el universo del bebé sigue en un estado casi igual al de la gestación. Es decir, que el niño no es un ser diferenciado, sino que sigue siendo el mismo ser fusionado a la madre que era cuando estaba en la barriga. De hecho, el niño nace sin la más remota conciencia de ser alguien separado de la madre que le contuvo hasta su nacimiento. Para el recién nacido, madre y pecho son una extensión de sí mismo y, por tanto, el recién nacido existe y es en la medida en que esta unión se permite y se hace patente. Todo lo que queda fuera de esta unión, para el recién nacido, es vacío, muerte y peligro.
Dada esta realidad, la naturaleza dispuso que el cuerpo del recién nacido no fuese el único que quedara prendido de la madre tras el parto.
El cuerpo y la menta de la madre se ponen en función de la supervivencia del recién nacido de forma natural. No sólo en el hecho de que la madre produzca leche para amamantar, pues la leche por sí misma no es suficiente para la supervivencia del recién nacido. Es el hecho de que lactancia y fusión emocional vayan de la mano lo que asegura la supervivencia del niño.
Amor y Vinculo
Una cosa es el amor y otra es el vínculo. El amor maternal es ese sentimiento pleno, alegre o doloroso, que anida en nuestro interior desde el momento mismo de la concepción y que crece día a día según la gestación avanza y se prolonga más allá del nacimiento y durante toda nuestra vida. Cuando nuestro hijo nace, le amamos ya sin medida.
El vínculo, sin embargo, nace de la relación entre dos seres humanos, en este caso madre e hijo, por tanto, es algo vivo, dinámico, que se pone en marcha en la medida en que tiene lugar una relación. El vínculo no es algo pleno e ilimitado como es el amor. Es el esquema, la pauta, el ritmo, la cualidad y la relación en movimiento entre madre e hijo, movido por la fuerza del amor pero no sujeto a sus leyes. El vínculo, por tanto, se pone en marcha desde el momento en que madre e hijo se miran a los ojos por primera vez y quedan unidos por el hilo invisible de la naturaleza que les une.
La forma en que la madre se vincula con su hijo viene dada por los propios vínculos maternos, sus primeras experiencias de amor y contención, la comprensión que ha sido capaz de arrojar sobre éstos a lo largo de su vida y su propia condición emocional en el momento actual.
Tamizado por estos aspectos, el amor inmenso de la madre se traduce en una forma concreta de vincularse, es decir de relacionarse y atender, a su recién nacido.
En este primer momento, el tipo de vínculo quedará traducido en el tipo de respuesta que la mamá es capaz de dar a su hijo cuando éste demanda, en la forma de hablarle, de atenderle, en el ritmo de su relación (más o menos acompasado) y en la intensidad y calidad de los sentimientos que tiene la mamá respecto a la demanda del bebé y su propia capacidad para traducirlos de forma armónica.
El bebé recién nacido necesita imperiosamente ser contenido, amado y alimentado . Lo necesita constantemente porque su vida depende de ello. Por tanto, necesita una madre y un padre capaces de comprender sus necesidades y de atenderlas de la forma en que él lo necesita.
Podría parecer que todos los bebés llegan al mundo iguales (ya que sus necesidades son las mismas) y que hay una formula magistral para atenderlos amorosamente. No es cierto. Precisamente es en el matiz de la individualidad, en lo más genuino de cada recién nacido, en lo que le hace único y diferente del resto, es donde reside el secreto de la relación entre madre e hijo. Gracias a su capacidad de vincularse, la madre va a ser capaz de descubrir esa individualidad del otro, su hijo. Y no va a responder a un bebé, a uno cualquiera, sino que va a responder y atender a su hijo, al que conoce, a ese que tiene unas necesidades específicas más allá de las comunes a todos los bebés, que tiene unos ritmos propios y un sello personal.
Va a responder al tono de su llanto, a su olor, a la temperatura de su piel, la expresión de sus ojos, que le van a decir a la madre exactamente lo que necesita y cómo lo necesita.
De este modo, la lactancia, es decir, el hecho de ser alimentado por el cuerpo de la madre unido al hecho de estar vinculado profundamente con ella, es la primera forma de comunicación que recibe el bebé desde que nace.
Lactancia y vínculo van a ser las dos herramientas que aseguran la supervivencia del recién nacido a todos los niveles. Y por eso, la nutrición que recibe el recién nacido dependerá más que de la nutrición en sí misma, del tipo de vínculo que haya establecido entre el niño y su madre antes, durante y después de comer. Esto significa que es el vínculo lo que le va a dar sentido y forma a la lactancia: la forma en que el pecho es dado, a demanda o con horario, con atención o sin ella, acariciando el cuerpo de su hijo o separada, hablando o callada, con ansiedad o en calma, preocupadas por el reloj o dejándonos fluir en el acto de dar…. conforman el vínculo. La forma en que se alternan los momentos de atención activa y tacto con los momentos de abstracción materna, la combinación de sentimientos maternos y la manera en que ésta logra manejarlos para traducirselos al niño.. conforman el vínculo.
Conforman el vínculo también aspectos tan sutiles como el cuidado fisico y emocional de la madre hacia sí misma (que se van a traducir en la calidad, tibieza y sabor de su leche), el sostén y acompañamiento del padre, la participación de éste en la lactancia y , en general, cualquier aspecto de la vida de ambos que arrastre un mensaje sobre la relación respecto a su hijo.
La lactancia y el vínculo fusional madre e hijo no deberían suceder de forma aislada dentro de la familia. El bebé llega a este mundo a través del cuerpo materno y depende del mismo para su supervivencia, eso es una realidad. Sin embargo, la mitad del código genético del niño le viene dado por la vía paterna. En el cuerpo de la madre, durante la gestación, se aloja un bebé que contiene, en su esencia, parte del padre. Cuando el bebé nace, es un ser único que a su vez viene de dos. Esta situación, ignorada a menudo, constituye al varón como un tercer elemento en la relación fundamental. El bebé nace referido a la madre, pero en el momento del nacimiento, madre y también padre quedan prendidos del bebé y todo su ser se pone en función de la supervivencia de éste. La lactancia, por tanto, es mucho más que una madre alimentando a un hijo. Es un momento en la vida de la familia en el que todos los componentes de la misma juegan un importante papel. Dentro de ella, tiene lugar una díada, madre e hijo. Pero al mismo tiempo, contextualizando a esa relación, tiene lugar una tríada, es decir un padre y una madre unidos también por su propio hilo invisible y vinculados entre ellos, que van a flexibilizar esa unión para incluir en ella a un tercero, su hijo. El hecho de que haya una díada es importante, fundamental. Pero también lo es el hecho de que ese bebé no sólo provenga de una madre, sino también de un padre. Es importante que la relación entre ambos, madre e hijo, esté a su vez contenida bajo el abanico de la familia, es decir de la tríada madre, padre, hijo.
Esta supraestructura, este sostén triple (madre, padre y madre-padre) sostiene al niño con la fuerza que éste necesita para plantarse en la vida con la fuerza de un brote que algún día será arbol.
La lactancia, por tanto, puede ser vivida y participada de forma no sólo dual sino tribal, es decir como parte integral de la vida de la nueva familia. La corriente nutritiva, el torrente de emociones y ternura compartidas y el sustento vital son algo más que leche: son la impronta de la nueva familia que se constituye con la llegada de un nuevo miembro, el son al que pueden danzar padres, madres e hijos, a favor de la vida, el respeto y la alegría.


1 comentarios:
Gracias Violeta por definir tan bien “amor” y “vínculo”.
El amor nos nace y parecería que no hay que hacer nada por sentir amor por nuestros niños, pero el vínculo es algo tan dinámico, cambiante con el día a día, que necesita de nuestro cuidado diario trabajando por mantenerlo vivo.
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