BIENVENIDOS

Dicen que nuestros hijos son nuestra viva imagen. A través de ellos nos miramos a nosotros mismos y sobre ellos proyectamos nuestros deseos, nuestras frustraciones, nuestras ilusiones y sueños. Los convertimos, sin darnos cuenta, en nuestro reflejo, como si mirásemos un espejo que siempre nos devuelve la misma imagen: la nuestra, con nuestros valores, nuestras creencias, nuestros sentimientos, nuestra forma de ver el mundo.

¿Qué sucedería si dejásemos de hacerlo? ¿Si dejásemos de mirarnos a nosotros mismos para verlos a ellos, los hijos e hijas que hemos traído al mundo? ¿Qué sucedería si hiciéramos un esfuerzo por comprender su realidad, sus afectos, su alegría y su dolor y lo hiciéramos desde ellos, no desde nosotros?

¿Qué ocurre cuando una madre y un padre atraviesan el espejo?
Os invito a comprobarlo a través de la lectura de estos textos, reflexiones y algunos cuentos.

miércoles 31 de diciembre de 2008

El segundo hijo.



Es cierto que la edad de los progenitores, sobre todo de la madre, en los últimos años, es un factor que está influyendo mucho en adelantar e incluso forzar la llegada del segundo hijo. Muchas son las mamás de más de 35 que viven una lucha interna entre la calculadora y el instinto: quizá desean esperar un poco para plantearse el volver a ser madres, pero la medicina y la sociedad en general las presiona para afrontar de forma más racional la maternidad. En realidad, la racionalidad está frontalmente reñida con la concepción, (que es algo que sucede precisamente gracias a la conexión con los planos más profundos e instintivos del ser humano) pero, tal y como está planteada la vida moderna, a la mayoría de las mujeres y hombres parece que no nos queda más remedio que abordar nuestra capacidad reproductiva haciendo números (aunque para tranquilidad de las lectoras, la gran mayoría de madres mayores de 35 años dan a luz a niños completamente sanos y el embarazo transcurre sin mayores problemas).

La calidad de las relaciones familiares (tener una buena relación con el primer hijo, disfrutar de los momentos en familia, etc..) y de pareja (afectividad, sexualidad, nivel de intimidad..) obtenidas tras la llegada del primer hijo y el nivel de satisfacción con la propia vida (desde tener un nivel decente de ingresos, hasta la flexibilidad laboral o el apoyo familiar) son también factores que influyen o más bien que animan a que el deseo de otro hijo llame a la puerta. En este sentido, la situación afectiva personal, es decir la estabilidad, la energía y la madurez obtenidas tras el primer hijo son factores que precipitan de forma importante el siguiente embarazo.

Aparte de las consideraciones prácticas o afectivas referidas a los padres , el momento ideal para la llegada del segundo hijo debería ir en consonancia con la situación afectiva del primero.

Si todo va sucediendo con cierta normalidad y los vínculos madre-padre-hijo han sido sanos, lo natural es que alrededor del segundo año (esto quiere decir que puede ser tanto al año y poco como a los dos y mucho) nuestro primogénito comience a dar señales del comienzo de un proceso de separación afectiva de la madre, que hasta ese momento ha sido su principal fuente de alimento emocional.

Esto significa que el bebé poco a poco deja de serlo y que en su mundo empieza a haber cabida para otros y espacio para nuevas experiencias y contextos vitales.

En cualquier caso, son también muchos los padres que repiten experiencia antes de que el primer hijo haya dejado de ser un bebé: afrontan el reto de criar a dos seguidos, se comprometen al cien por cien con la experiencia, buscan apoyos.. y el resultado es igual de bueno que cuando los niños se llevan más tiempo entre ellos: los pequeños tienen que compartir su territorio emocional (mamá), pero a cambio crecen en un clima de intercambio constante con un igual, en este caso su hermanito, que les estimula y enriquece de forma importante.

Y también son otros muchos los que esperan varios años antes de ir a por el segundo, que crece con todas las ventajas de un hijo único pero se beneficia de la protección y el ejemplo de un hermano mayor.

Por eso, más que el momento (que no deja de ser importante), lo que garantiza el éxito en la segunda paternidad es lo que tienen en común todos estos padres: estar comprometidos con su decisión y poner todo de su parte para que sus hijos crezcan felices.

Los hijos únicos tienen fama de infelices, egoístas, etc.. pero la realidad es bien distinta: la sociabilidad, la inteligencia y la estabilidad emocional dependen de unos padres y una familia que sepan dar amor y respeto, no de la presencia de un hermano.

Por eso, y aunque a veces salga bien, la experiencia nos demuestra que lo que funciona a la hora de decidirse por un nuevo embarazo es el auténtico deseo de volver a ser padres y no la idea de “darle un hermano” al mayor.


¿Qué hay que saber? Mitos y realidades:

*Hay que preparar al hermano mayor (Verdadero)

En realidad, más que prepararle, hay que compartir con él la situación de forma natural, respetarle y ayudarle a encajar el cambio.

El hijo mayor se va a dar cuenta en seguida de que se avecina un cambio: lo va a deducir rápidamente a través de nuestras conversaciones, nuestra energía, nuestras palabras y nuestras acciones (además de por la barriga que crece). Va a saber que “algo pasa” casi desde el primer momento. Y casi desde el primer momento es conveniente decirle la verdad de lo que hay.

La idea es compartir en familia todo el proceso, pero sin forzar conversaciones (cosa muy habitual) ni tampoco evitarlas.

Compartir el embarazo con el hijo mayor signfica ser conscientes de que su vivencia de la situación no es para nada igual a la nuestra: en primer lugar, porque un niño pequeño dificilmente podrá imaginar lo que es un bebé, a menos que tenga algo más de cinco o seis años.

Por eso, es importante comprender que no podemos exigirle a nuestro primer hijo que sienta lo que nosotros queremos (alegría, ilusión, curiosidad, entusiasmo) respecto a un posible embarazo: normalmente esta exigencia es fruto de nuestros miedos y de nuestra necesidad de saber que el hermano mayor no va a sufrir con la llegada del pequeño.


*Reviviremos la experiencia de nuestra primera paternidad (Falso).

Nada, ni el embarazo, ni la concepción, ni los primeros meses ni lo que viene después, va a ser igual con el segundo que con el primero.

Esto quiere decir que los padres, ante la perspectiva de un segundo hijo, deberíamos ser conscientes de que la vivencia no va a ser la misma y que tenemos que estar preparados para volver a movilizar todos nuestros recursos ante el cambio que se nos avecina.

Por ejemplo, nos va a resultar muy difícil, cuando no imposible, vivir el puerperio (postparto) con la plenitud que lo vivimos con nuestro primer hijo: la razón es que con otro niño en casa (y en nuestro corazón) difícilmente podremos abandonarnos al universo del bebé y olvidarnos del resto del mundo. Esta vez, tenemos que dejar una lucecita encendida. Si esperamos vivir el postparto de la misma forma en que lo hicimos con nuestro primer hijo (intimidad, plenitud, tiempo infinito para conocernos, etc..) seguramente nos frustraremos. Si nuestro primer hijo nos enseñó a “desconectarnos” del mundo para centrarnos en la experiencia de nacer como madres… la llegada de nuestro segundo hijo nos enseñará el arte de convivir con varios deseos y necesidades a la vez .

Si afrontamos la nueva paternidad sin demasiadas expectativas (cosa difícil, porque venimos de una experiencia que muy similar que nos invita a pensar que todo va a ser igual) y adoptamos una actitud y flexible, será mucho más fácil afrontar y superar con éxito esta segunda e intensa experiencia.

*Nosotros ya estamos organizados y todo será más fácil (Verdadero).

Es cierto, en los aspectos prácticos, la cosa ya está rodada y eso facilita muchísimo las cosas. Sabemos por experiencia que para criar a un bebé se necesitan menos de la mitad de las cosas que compramos en el primer embarazo (y que ya hemos regalado a amigas primerizas), y las que se quedaron en casa (una trona estupenda, la mochila portabebés, un montón de ranitas de algodón, el sacaleches, las mantitas de lana que hizo la abuela y una pila de juguetes geniales..) están listas para ser reutilizadas.

Sabemos cómo manejarnos con la ayuda externa (la deseada y la no deseada), nos hemos pateado todos los parques y zonas infantiles del barrio, estamos suscritos a la gaceta de ocio infantil de nuestra ciudad y tenemos un imán en la nevera con el teléfono de las urgencias (y un pediatra estupendo).

Sin duda, mucha de esa energía que dedicamos a “convertirnos” en padres tras el nacimiento de nuestro primer hijo, ya no tendremos que gastarla porque el camino, en ese sentido, ya está hecho.

*El hemanito mayor tendrá celos del pequeño (Verdadero).

Muchos y muy variados son los sentimientos que afloran con la llegada del segundo hijo. A menudo, son sentimientos duros, que nos confunden y dificultan nuestras relaciones familiares: culpa, sensación de abandono, decepción, rechazo, rabia, tristeza o celos.. son algunos de ellos. El hecho de que los sentimientos negativos hagan su aparición en nuestras relaciones, no significa que las cosas no vayan por su camino. En el caso de los hermanos mayores, los celos pueden estar llenos de pequeños matices que merece la pena descubrir y atender: necesidad de seguir siendo pequeño, miedo de no ser querido, rabia por tener que compartir a los abuelos, agobio por verse demasiado exigido, etc.. Si nos quedamos sólo con la palabra “celos” y no hacemos el esfuerzo de ver lo que hay más allá, puede que dejemos en el tintero las razones más profundas del malestar de nuestro hijo mayor.

Cuando aumenta la familia, todos, grandes y pequeños, tenemos que reubicarnos en la nueva situación y asumir (no sin dolor) que algunas cosas no volverán a ser como antes. Esto es una realidad y atravesarla es necesario para poder acceder a una nueva dinámica familiar. Por eso, los celos, tengan la forma que tengan, no son más que partes del camino que vamos a recorrer juntos.

Violeta Alcocer para Ser Padres Hoy (copyright).

Ilustración: Gustavo Pinela.



lunes 22 de diciembre de 2008

Llamar la atención.


Cuando los niños manifiestan determinadas conductas que nos resultan chocantes o inadecuadas, los papás nos apresuramos a buscarle explicación. Comprobamos que la salud del niño es la correcta, que no atraviesa ningún momento especialmente complicado en su vida o que no hay trauma evidente. Al descartar todas las posibles causas, todos, padres, allegados y muchos profesionales, emitimos entonces nuestro veredicto: lo hace para llamar la atención.

Y con esa explicación damos el asunto por zanjado y a otra cosa mariposa.. “Este niño llora para llamar tu atención, en realidad no le pasa nada, no le hagas caso” “No le duele nada, si le atiendes ahora llorará siempre que quiera algo”.

Nos olvidamos del hecho de que ningún ser humano, ni niño ni adulto, llama la atención sobre sí mismo si no es por algún motivo.

Esto significa que cuando un niño llama la atención, de la forma que sea, no es porque no le pase nada: es porque le ocurre algo que ni él mismo sabe expresar y nos necesita para ayudarle.

Todo el que llama la atención sobre otro es porque tiene un pedido que hacerle, una demanda insatisfecha, una necesidad, un dolor.. algo que compartir, a fin de cuentas. Llamar la atención del otro es un intento desesperado por comunicarle lo que no hemos sabido comunicar por otros medios… o lo que no han sabido escuchar.

Las necesidades insatisfechas de los niños, sus sentimientos no escuchados (y por lo tanto no nombrados), sus vivencias no compartidas… pujan con fuerza por salir e ir a parar los oídos (o los brazos) de papá y mamá. Cuando un niño tiene algo que contar, lo hará de diferentes formas. Si un camino no funciona, probará el siguiente.. y así hasta que alguien se dé cuenta de lo que le ocurre, si es que tiene suerte.

Si un niño llama la atención y es ignorado sistemáticamente, o bien desplazará su pedido hacia otra conducta, o bien aprenderá que no merece la pena compartir lo que le ocurre con sus padres.

Escuchar es darle valor a lo que nuestro hijo trata de decirnos con sus llamadas de atención, tener presente que tras ellas hay siempre algo más, un sentimiento, un mensaje, algo que el niño necesita expresar.

La comunicación en la familia es una de las piezas clave de su buen funcionamiento: estar dispuestos a escuchar siempre a nuestro hijo (y hacerlo) es la única forma de que el pequeño entienda que puede confiar en nosotros, ahora y siempre.

Violeta Alcocer.

Ilustración: Mónica Carretero.

lunes 15 de diciembre de 2008

Embarazos adolescentes.


Para comprender quiénes somos realmente, qué se encuentra en nuestra esencia, cuál es nuestra verdadera naturaleza, merece la pena en ocasiones remontarnos muchos miles de años atrás y tomar distancia para poder realmente tener perspectiva.

Hace algo más de diez mil años, recién finalizada la última glaciación (neolítico) la esperanza de vida era muy corta: pocos pasaban de los veinte años, excepto algún varón que lograba rozar la cuarentena.

Desde ese momento hasta la fecha, gracias a complejos logros vitales, los seres humanos que vivimos en el llamado primer mundo y en unas condiciones de “buena socialización” hemos conseguido alargar nuestra esperanza de vida notoriamente (aunque no puedo evitar mencionar que en paises como India la esperanza de vida no ha mejorado demasiado respecto a nuestros predecesores neolíticos e incluso en algunas barriadas de Madrid la esperanza de vida está en torno a los cuarenta).

Sin embargo, sucede algo curioso que ya he mencionado cuando he hablado de autorregulación, y es que algunos hechos fisiológicos propios de nuestra especie, al tener una pauta genética, suceden más o menos en el mismo momento de la vida, ya sea ahora, ya sea hace diez mil años.

Uno de los primeros fenómenos corporales cíclicos que pudieron observar nuestros antepasados del neolítico fue la menstruación.

La menarquia (o primera menstruación) se debe a una combinación de factores, incluyendo influencias genéticas, posición socioeconómica, estado general de salud y bienestar, estado de nutrición, ciertos tipos de ejercicio físico, influencia estacional y tamaño de la familia.

La menarquia, para nuestras antepasadas neolíticas, tenía lugar en torno a los diez-doce años. Actualmente, este margen es un poco más amplio (en parte por el tipo de dieta pobre en grasas e hidratos de carbono y complexión corporal de nuestras adolescentes), pero aún con todo, sigue manteniéndose en unos límites que no sobrepasan los dieciséis años siempre y cuando hablemos de niñas-mujeres sanas.

Sin embargo, nuestra esperanza de vida es muy superior a la de nuestras antepasadas.
Esto implica que vivimos, en nuestra sociedad y nuestra cultura, un fenómeno por todos conocido, que es la dilación de la madurez y por tanto el retraso paulatino del primer embarazo. Posiblemente en parte debido al aumento de la esperanza de vida y más aún a los aspectos que han favorecido este aumento, no es hasta aproximadamente los treinta años (año arriba, año abajo) que las mujeres nos sentimos lo suficientemente maduras (es decir, con una estabilidad emocional, afectiva, económica, laboral, de pareja etc..) como para desear conscientemente la llegada de un hijo.

La menarquia es el primer marcador psicológico de la transición de la infancia a la edad adulta o, por lo menos, lo era para nuestras antepasadas. En el neolítico, dado que la esperanza de vida no superaba los cuarenta, las mujeres quedaban embarazadas prácticamente desde la primera menstruación. Contaban con una tribu que cooperaba en grupo en el cuidado de la madre gestante y/o lactante (cuyos requerimientos calóricos tenían por cierto un alto impacto en la economía de la tribu), y también en el cuidado y la crianza de los hijos (que no se consideraban, por cierto, propiedad de los padres sino de la comunidad), hijos que se sucedían uno detrás de otro durante todo el ciclo reproductivo, con la única salvedad de los periodos de lactancia (prolongada hasta los cuatro años aproximadamente) como controlador de la natalidad.

Las mujeres de doce, trece, catorce años, gestaban, parían, amamantaban, criaban, cargaban a sus hijos y se ocupaban de las labores específicas que le fueran asignadas dentro de su clan porque existía una conexión total entre sus funciones fisiológicas y sus funciones psiquicas. Eran maduras cuando su cuerpo maduraba, porque vivían inmersas en una sociedad que las contenía y posibilitaba la realización plena de estas funciones. Vivían corta, pero intensamente.

Sin embargo, en nuestra sociedad, las mujeres maduran sexualmente por lo menos quince años antes de que alcancen la madurez en otros ámbitos de su existencia, entre los cuales se incluye el ámbito de la maternidad.

Así, sexualidad y maternidad-paternidad son dos áreas de la vida femenina y masculina que han quedado desligadas con el paso de los años, completamente desfasadas la una de la otra, arrítmicas.

En parte, el hecho de poder vivir la sexualidad sin el condicionante de la fecundación (gracias a los métodos anticonceptivos) ha supuesto una auténtica revolución para hombres y mujeres, que hemos aprendido a disfrutar de nuestros cuerpos y unir nuestras almas sin la responsabilidad de un embarazado no deseado. Procrear de forma controlada y bajo nuestra propia responsabilidad ha sido y es uno de los grandes logros de la humanidad: de ahí que hablemos de maternidad y paternidad libres y conscientes. De ahí también que actualmente parte de la energía de muchos padres y madres esté volcada en buscar los mejores recursos para la crianza de nuestros hijos (venidos al mundo bajo el signo de nuestro deseo muy personal), crianza que por cierto se ha individualizado hasta el extremo.

Sin embargo, este logro ha traído como consecuencia un vacío, un lado de nuestra consciencia de mujeres y hombres tan pobremente iluminado que en él se suceden sin parar los embarazos no deseados.

Me refiero al hecho de que las y los adolescentes no tienen interiorizado el hecho de que menstruación es igual a fecundidad, que sexo es igual a embarazo, que embarazo es igual a vida que crece y que esa vida empuja incluso antes de ser . No han incorporado el hecho de que la naturaleza dicta que están en la edad de ser padres y madres. Y que si quieren vivir de forma "libre" su sexualidad, antes tienen que comprender quiénes son y lo que desde ya están preparados para hacer.

Lo saben, porque todos lo sabemos, porque llevamos años concienciando e informando a base de campañas, centros de planificación familiar, programas sociales para jóvenes y un largo etcétera.

Pero no lo “sienten”.

Está claro que una chica de trece o catorce años sabe que sin preservativo puede quedar embarazada (o contraer una ETS), pero no lo siente. No lo siente en ella, no siente en ella esa capacidad, no la siente en su cuerpo, ni en su deseo, ni en su realidad, su día a día. La posibilidad de un embarazo resulta para ella tan irreal que ,por lejana ,queda en sombra, en imposible, en probabilidad cero, alejada de toda consciencia. Es un traje que sabe que tiene en el armario, pero que piensa que no le encaja. Ni lo mira. Hasta este extremo llega la desconexión con nuestro cuerpo de mujer y sus funciones.. desconexión que por cierto permanece, aunque hayan pasado los años, durante el embarazo, parto y puerperio: todas ellas funciones naturales que hemos delegado en “otros” , alejándonos de nuestras vivencias más primitivas y auténticas. Las mujeres de nuestra era no sabemos demasiado bien lo que nos pasa en el cuerpo.

Cuando una adolescente queda embarazada, y lo sospecha, y lo comprueba, y lo vuelve a comprobar… la primera reacción es sorpresa. ¿Ven? Ahí lo tienen. Sorpresa.
¿Y es que acaso no sabía que sin protección había riesgo? ¿Es que no conocía su anatomía básica y sus funciones, el momento de su ciclo menstrual y las probabilidades de concebir asociadas al mismo?
Les aseguro que si, que todo esto ella lo sabía. Pero insisto, no lo sentía… ni tenía por qué sentirlo, ojo; porque insisto en que en el mundo en el que vivimos una parte de la maternidad está en la sombra más absoluta, condicionada, de hecho, al momento social en el que puede hacerse visible. Y así vamos viendo desfilar ante nuestros ojos a miles de adolescentes sorprendidas por un embarazo de lo más natural y , por tanto, conectadas bruscamente con su condición de ser humano hembra bajo una nueva consciencia de sí mismas.

Nuestros líderes, nuestros profesores, nuestros políticos y nuestros jefes nos ofrecen una sociedad en la que resulta prácticamente imposible independizarse emocional y físicamente de la familia de origen antes de los treinta y con ello desear ser madres y padres. Sin embargo, el cuerpo (el primitivo) no entiende de leyes, ni de hipotecas, ni de matrimonios. No le sigue el hilo a nuestras mentes evolucionadas, modernas y cosmopolitas.

Y se embaraza igual que se embarazaba antes: con un coito, el coito de siempre, da igual que sea en la caverna o en casa de mis padres cuando están de viaje.

El problema, entonces, es que no basta con el condón (todos lo conocen, todos saben dónde conseguirlo y cómo usarlo), ni con la información (que todos tienen también).

El problema no es el embarazo adolescente: es el embarazo no deseado, ni siquiera pensado o imaginado.

Y la solución, de haberla, supongo que pasa por transmitir a nuestras hijas lo que su cuerpo es, lo que significa, lo que está preparado para hacer pese a que su ser más racional lo niegue y lo demore. Explicarles quiénes son, qué tipo de cuerpo animal les pertenece y lo que ese cuerpo hace cuando madura. Ayudarlas a recuperar la esencia de la femineidad a través de la recuperación de nuestra propia esencia (es decir transformando el modelo de mujer ejecutiva, activa, racional y masculina para ingresar en un modelo de mujer intuitiva, eficaz, continente y femenina). Enseñarlas a “sentir” y sentirse mujeres, orgullosas de serlo, de sus cuerpos, del nuestro.. entregarles la responsabilidad sobre sí mismas y recorrer juntas el camino de arrojar luz sobre nuestras propias cavernas: las cavernas de la deshumanización.

Violeta Alcocer.

Ilustración: Patricia Metola.