BIENVENIDOS

Dicen que nuestros hijos son nuestra viva imagen. A través de ellos nos miramos a nosotros mismos y sobre ellos proyectamos nuestros deseos, nuestras frustraciones, nuestras ilusiones y sueños. Los convertimos, sin darnos cuenta, en nuestro reflejo, como si mirásemos un espejo que siempre nos devuelve la misma imagen: la nuestra, con nuestros valores, nuestras creencias, nuestros sentimientos, nuestra forma de ver el mundo.

¿Qué sucedería si dejásemos de hacerlo? ¿Si dejásemos de mirarnos a nosotros mismos para verlos a ellos, los hijos e hijas que hemos traído al mundo? ¿Qué sucedería si hiciéramos un esfuerzo por comprender su realidad, sus afectos, su alegría y su dolor y lo hiciéramos desde ellos, no desde nosotros?

¿Qué ocurre cuando una madre y un padre atraviesan el espejo?
Os invito a comprobarlo a través de la lectura de estos textos, reflexiones y algunos cuentos.

viernes 26 de septiembre de 2008

Los hilos de la cometa.


Desde el momento de la concepción, nuestra existencia entera se vincula a unos ritmos. Ritmos biológicos, circadianos, lunares, menstruales, sexuales, cardiacos, respiratorios, estomacales… en realidad, la vida, desde que es vida, se encuentra adscrita a una especie de orden cósmico en el que todo tiene su momento, su intervalo y su sitio.

En el útero materno, el primer ritmo es el que imprimen las células en su multiplicación: la marcha interna al compás del desarrollo, de ser unas pocas células hasta ser un ser humano completo, listo para nacer.. y todo ello en nueve meses.

Pero cuando uno nace, todo cambia. Lo que antes era una experiencia total (alimentación, respiración, movimiento, sonido, sueño…administrados al bebé como un flujo constante y sin restricción alguna) pasa a ser una experiencia escindida: Inhalar y Exhalar. Incorporar y Defecar. Dormir y Despertar. Ser tocado o No serlo. Movimiento o Quietud. Sonido o Silencio. Luz y Oscuridad.

Estos son los ritmos básicos de la vida, aquellos con los que nos encontramos al abandonar el cuerpo materno. El bebé, que viene de otro mundo, no entiende todavía de mareas, ni de ciclos circadianos, ni obviamente de esperas ni demoras....; no entiende nada que no sea su experiencia previa y total.

Por eso, necesita un cuerpo que ya pertenezca a este mundo (el de la madre, en primer término) para a través de él ir ingresando en su nuevo estado vital. Así que, una vez nacido, el bebé “arritmico” , inestructurado, queda prendido de una madre “ritmica”, estructurada, para ser ayudado en su transformación. La madre habrá de perder su ritmo primero para, junto con su bebé, re-ingresar juntos en el mundo de las horas. Pero esto es otra historia.

De lo que yo quiero hablar, lo que quiero empezar a contar (si dejo de liarme..) es que, queramos o no, nuestra vida terrenal está escrita en estos códigos. Estos ritmos son los caminos por los que circulamos a lo largo de nuestra existencia. Y estos ritmos, según nos vamos enraizando en el planeta y nos vamos haciendo sensibles a sus influencias más sutiles, se van convirtiendo en rituales, en hábitos, en repeticiones.

Algunos los necesitamos para poder vivir: comer, defecar, inhalar, exhalar, dormir, despertar. Son inherentes a la propia vida. Son los básicos.

Pero el ser humano es un organismo complejo, con una estructura fisica compleja pero también con una estructura psiquica muy bien armada. Así que la psique, al igual que el cuerpo, necesita también de sus ritmos, sus hábitos, sus ciclos. Tangibles o intangibles, son los asideros o las guias que nos mantienen en el recorrido que hemos trazado para nosotros mismos.

Me pongo muy metafísica porque me gustaría comunicar precisamente algo muy sencillo y es que, amén de la propia higiene mental y el ritmo que cada uno le imprime a su pensamiento... el hecho de mantener unos ritmos, unos hábitos, un compromiso con uno mismo en el día a día… es una de las piedras angulares de la salud mental y de la vida en general.

Me da igual que esos hábitos sean salir a pasear al perro todas las mañanas caiga quien caiga, lavarse los dientes todas las noches o ir a pasear los domingos por la casa de campo, tanto si estoy deprimido como si estoy pletórico. Lo importante es tenerlos.

Y comprometerse con ellos, trascendiendo a todo estado de ánimo. Porque parte de su función es esa: trascender al ánimo, sujetarnos por encima de lo que me pasó puntualmente, sostener nuestra existencia gracias al compromiso con uno mismo. Servirnos de recordatorio o de punto de anclaje con el funcionamiento entero de un planeta que no para, que gira despacito pero gira siempre, todos los días.

Vuelvo a la familia, aunque ahora ya es fácil comprender por donde voy. Los hábitos son importantes también para los niños. Las rutinas, los pequeños compromisos diarios con las propias cosas. Hablo de compromiso porque creo es importante también pensar sobre esto: las obligaciones (cuando son férreas e impuestas) nos atan, los compromisos (los que nacen de dentro y los que son coherentes con el interior de uno) nos dan la libertad de ser nosotros mismos, son la capa que nos permite volar, el hilo de nuestra cometa.

E importante, más que el hecho de cumplirlos o no (que también), es el hecho de ayudar a nuestros hijos a interiorizar cierta estructura que vaya más allá de lo anímico, del momento dado, de lo concreto que me impide o me empuja. Trasnmitirles no sólo nuestros valores, sino también nuestros pequeños compromisos vitales: el cuidado de uno mismo, el disfrute de la naturaleza, el cuidado de los demás..

Cierto compás, cierto ritmo, cierta danza familiar…. algo (lo que sea, me da igual qué) en forma de pequeñas certezas cotidianas que aporten a todos sostén, seguridad y sensación de estar en casa, de pertenecer a algo que se mueve al compás de la vida: a una familia, a un hogar, a una ciudad, a una península, a un planeta, a una galaxia, a un cosmos.

Violeta Alcocer.

viernes 19 de septiembre de 2008

Paternidad consciente II


El papel del padre es fundamental en la crianza del hijo que nace.

Hemos hablado de que la mujer ingresa en un estado físico peculiar tras el parto, que hemos llamado puerperio, que la mantiene abstraída de todo lo “exterior” y profundamente centrada en la fusión con el bebé.

El hombre no va a experimentar ese estado, porque se trata de un estado fisiológico que desencadena el parto.
Sin embargo, esto no significa que el padre no experimente nada. Al contrario, el varón experimenta una serie de transformaciones trascendentales e importantísimas desde el mismo momento del nacimiento.

En primer lugar, el hombre vive su puerperio particular. En su caso, se trata de un estado de especial receptividad y de conexión biológica con su cría y con su mujer, con los que se sabe ya para siempre vinculado de forma física. El hombre se siente fuerte, protector, orgulloso.
Su estado, sin embargo, es distinto al de la mujer. Ella está completamente abstraída mientras que él permanece en lo real.
Esto no es aleatorio, no es casualidad. La naturaleza, como he dicho, tiene en cuenta todos los aspectos (de ello depende la supervivencia de nuestra especie). Y un aspecto fundamental es que, así como el bebé recién nacido necesita una mujer puerpera para sobrevivir física y emocionalmente, la mujer puerpera necesita un varón conectado profundamente con ella y su hijo, pero con un pie en la realidad.

El hecho de que el hombre mantenga su relación con lo real pero que además pueda conectar biológicamente con su mujer y su cría lo sitúan en un lugar también privilegiado en esta situación.
El es el que va a poder gestionar los aspectos de la realidad para su familia, traducirlos para éstos, al igual que la madre traduce para el padre las necesidades del bebé para que éste aprenda a tocarlo, acunarlo, atenderlo y acariciarlo como y cuando al bebé le gusta y necesita. Así que los dos, madre y padre, tienen una importante misión que llevar a cabo en este proceso.

La madre, por su estado, disfrutará más del bebé pero por otro lado tendrá que enfrentarse al caos personal y la desconexión con lo externo.

El padre, por su estado, podrá mantener los “pies en la tierra” , pero disfrutará de su bebé y su mujer “a medias”.

El proceso que vive la madre el de entregarse plenamente, es un proceso total.
El proceso que vive el padre es, sin embargo, el de permanecer a medias, entre su familia y la realidad externa.

Para cada uno de ellos, es un proceso difícil. Si para la madre es difícil zambullirse de lleno en el puerperio y todos sus aspectos sombríos, para el padre también lo es el aprender a no estar por completo en ninguna parte.
Ambos, padre y madre, se enfrentan, además, a la pérdida de protagonismo a favor del bebé. Sin embargo, la madre no está sola en esta pérdida (porque va acompañada y acompañando al bebé), mientras que el padre tiene que demostrar la solidez de su amor pese a permanecer, durante cierto tiempo, fuera de esta díada madre-hijo. Y ese amor paterno es el que, precisamente, servirá de apoyo y respiro a la mujer puerpera cuando el bebé momentáneamente se relaja en su demanda. El padre le contará a la madre “lo que sucede ahí fuera” y ella le contará a él “lo que sucede ahí dentro”.

Ambos conservarán pequeños momentos para seguir nutriendo la pareja, pero éstos pasan a ser muy pocos, pues se reducen de forma drástica tras el parto. Si cada uno de ellos comprende por qué sucede todo así, por lo menos estarán en disposición de afrontar este camino sin sentirse perdidos en su papel.

En cualquier caso, creo que es importante tener en cuenta que el papel del padre es duro y ofrecerle nuestra comprensión, pues es el gran olvidado en esta experiencia. Él tiene que mirar sin que nadie le mire a él, de modo que tiene que aprender a convivir con una soledad que hasta ahora no conocía. Comienza para él, al igual que sucede con la mujer, un camino en el que se va a tener que enfrentar a quién es él realmente, a sus miedos, a sus fantasmas, a su historia personal.. para poder satisfacer un nivel de exigencia importante sobre sí mismo.

La mujer contiene al bebé. El hombre los contiene a ambos bajo el paraguas de su entereza, pero constantemente se pregunta quién le sostiene a él. Que el varón pueda desempeñar su papel requiere un gran trabajo interior, poco reconocido en general, pero primordial para el buen establecimiento de los primeros vínculos de la nueva familia .

Violeta Alcocer.

Ilustración: Escudero79

Paternidad consciente I


El bebé nace de la barriga de la madre y es a ella a la que necesita para alimentarse y para su desarrollo en estos primeros momentos, de modo que todo su universo, de momento, parece estar referido a ella.

Sin embargo, el varón, que es el gran olvidado en esta etapa, tiene un papel realmente relevante en la familia en este momento.

El hijo es hijo de dos: un hombre y una mujer. Su organismo entero, desde el mismo momento de la concepción, participa de ambos, madre y padre. La madre provee al bebé del continente para la vida, un sitio donde gestarse y un cuerpo del que alimentarse. La madre pone todo su ser en el acto de dar la vida y, cuando el bebé nace, toda ella, en cuerpo y mente, se entrega a la tarea de sacar al bebé adelante.

Como todos sabemos, el organismo de la mujer se embarca en un apasionante viaje que la predispone al reconocimiento de las necesidades del niño, sus pechos se llenan de leche y su cuerpo percibe de forma excepcional los olores, sabores y sonidos asociados a su cría. El varón, sin embargo, si bien ha participado de la experiencia afectiva desde el comienzo, no puede participar de la experiencia física de engendrar, parir, amamantar o vivir el puerperio.

Casi toda la literatura referida a estos momentos se refiere sólo a las mujeres, como si la función paterna se limitara a haber depositado la semilla y a hacer los trámites legales para que su hijo ingrese correctamente en la sociedad.

Sin embargo, cada vez me encuentro con más hombres cuyas sensaciones y vivencias piden a gritos ser escuchadas y tenidas en cuenta dentro de este proceso.

Se ha escrito mucho sobre el instinto maternal y sobre cómo podemos recuperarlo las mujeres modernas para poder criar mejor y más eficazmente a nuestros hijos. Pero todavía tenemos mucho que ahondar en el universo masculino y los resortes de la paternidad y su instinto.
Nosotras, las mujeres, quien más y quién menos, hemos leído o escuchado algo sobre el estado en el que vamos a ingresar tras dar a luz. Tenemos una ligera idea de la experiencia que se nos avecina, escuchamos hablar de las palabras vínculo, lactancia, tristeza postparto, demanda, existen multitud de publicaciones dirigidas a nosotras como embarazadas y como madres…. Y aún así, nos resulta increíblemente difícil esa transición de mujer a madre.

Los varones apenas disponen de aviso, de información o bibliografía sobre el estado en el van a ingresar ellos tras el nacimiento de su bebé. De hecho, durante toda la preparación al parto y durante el propio parto tan sólo se alude al hombre como mera herramienta de trabajo (la sostendrás en los pujos, le recordarás las respiraciones, por favor salga de aquí que vamos a coser a su señora).
Incluso durante el postparto, es común felicitar a la madre por su esfuerzo e interesarse solamente por la díada milagrosa. Todo esto está muy bien, pero deja al varón en un término de invisibilidad aterrador.

Está claro que es la mujer la que está dando la vida y que los esfuerzos y la mirada de todos van a estar dirigidos hacia esa luz que irradian madre e hijo.
Pero no podemos olvidar que el padre, aunque en este momento tenga un papel un poco más secundario, está ahí con su experiencia, su proceso, su nuevo rol.

Nadie le habló de lo que iba a sentir, en ningún sitio están descritos su emoción, su miedo, su encuentro consigo mismo, su separación brusca de la mujer que ama y a la que le dió su simiente ni su encuentro con un hijo que a priori no le necesita a él.
Nadie habló del padre, pero todo el mundo le exige. Que esté en su sitio, que proteja, que haga las gestiones burocráticas, que aprenda rápido y bien su nuevo papel.

Tenemos que tener en cuenta que el varón cuenta con mucha menos preparación afectiva que la mujer para este momento: Él no vivió el embarazo en su cuerpo, no vivió el parto, sus pechos no rebosan leche, no tiene las hormonas que le van a inundar igual que a la mujer (aunque las últimas investigaciones sugieren que la paternidad sí está relacionada con el aumento de los niveles de determinadas hormonas que predisponen al cuidado y la protección de los demás) y , además, nadie le ha mencionado ni anunciado que su propio instinto va a estar ahí y que él mismo va a recorrer también un camino personal e interno para convertirse en padre. Por lo general, los hombres hacen este recorrido solos, apenas lo comentan entre ellos ni lo comparten con nadie.

Si se ve muy abrumado por la situación y por la avalancha de sentimientos que no puede manejar por sí mismo (y además, ahora no puede contar con su mujer pues ésta está haciendo su camino particular y la naturaleza la tiene “centrada” en la cría), es más que probable que se aisle y se sienta fuera de la familia, como si no encontrara su papel. Esta situación es triste y se puede prever si de antemano el hombre sabe a qué se va a enfrentar o si, durante el proceso, alguien le habla, le ayuda y reconoce lo que él está viviendo.

Si para las mujeres, con toda nuestra preparación, resulta difícil encontrarnos con esa parte primitiva que es la maternidad, imaginémos el recorrido que tiene que hacer el hombre para llegar al mismo sitio.

Violeta Alcocer.

Ilustración: Claudia Degliuomini.

martes 16 de septiembre de 2008

La edad ideal.


Si bien es cierto que la mayoría de los bebés de madres mayores de 35 años nacen sanos, la realidad es que las mamás que superan esa edad suelen forzar la llegada de su primer o segundo hijo por cuestiónes “de riesgo”.

Muchas son las mujeres de más de 35 que viven una lucha interna entre la calculadora y el instinto: quizá desean esperar un poco para plantearse la maternidad (o un segundo hijo), pero la medicina y la sociedad en general las presiona para afrontar de forma racional algo tan difícilmente racionalizable como la concepción. Porque, en realidad, la racionalidad está frontalmente reñida con la creación de una vida (que es algo que sucede precisamente gracias a la conexión con los planos más profundos e instintivos del ser humano), pero tal y como está planteada la vida moderna, a la mayoría de las mujeres parece que no nos queda más remedio que abordar nuestra capacidad reproductiva haciendo números, cálculos y estadísticas.

Sucede una cosa muy curiosa. Según algunos investigadores, se supone que el mejor momento para tener un hijo, es entre los 30 y los 34 años. Algunos, incluso se han aventurado a asegurar que la edad ideal son exactamente los 34. A partir de ese momento, comienzan las prisas, las dudas y las preocupaciones, como si por tener 36 ó 37 años estuviéramos incapacitadas para dar a luz un hijo sano y atenderlo como se merece ( y este último interrogante se plantea también para las veinteañeras que tienen hijos, pues se supone que la estabilidad económica y la madurez de los 34 son también premisas fundamentales para ser madre).

Y paradójicamente, los mismos investigadores que nos advierten de que la mejor edad para preñarnos son los 34, nos avisan de que a partir de los 35 entramos en ese grupo de madres cuyo embarazo se considera de“riesgo”.

¡Ya me contarán ustedes en qué momento entre los 34 y los 35 tiene una mujer tiempo de formar una familia! (ideal, eso sí.. pero ¿ideal para quién?).

Es cierto que pasados los 35, además de que la fertilidad disminuye progresivamente, aumenta exponencialmente el riesgo de trastornos cromosómicos o malformaciones en el bebé… pero también lo es que la mayoría de mujeres que dan a luz después de esta edad tienen hijos sanos (alrededor del 95 por ciento de las mujeres que se someten a la amniocentesis reciben la buena noticia de que su hijo está perfecto) ,

Por otro lado, es cierto que a partir de los 35 existe mayor riesgo de padecer enfermedades como hipertensión, diabetes o alteraciones tiroideas, y de que éstas se manifiesten durante el embarazo… pero también lo es que estas enfermedades pueden ser prevenidas con un buen chequeo médico previo y unos hábitos de vida saludables.

Es decir, que si la prueba prenatal no determina que existen defectos congénitos y la madre se encuentra sana, el bebé tiene el mismo riesgo de tener defectos de nacimiento a los 36 que si la madre tuviera entre 20 y 30 años de edad.

Ojo, que no estoy negando la importancia de poder contar con avances científicos, que tantas vidas salvan.

Lo que estoy haciendo es cuestionando la presión que, amparada en el discurso científico, convierte a la mujer embarazada, una vez más, en una enferma. Y por otro lado me horrorizo un poco de hasta dónde hemos llegado…. Qué suerte tenían, en cierto sentido, aquellas mujeres que concebían sin tener que pasar el examen de la idoneidad, porque lo hacían libremente y de acuerdo con su instinto.

Ahora, la vida está tan lejos de la vida, que las mujeres y los hombres de nuestra sociedad no nos sentimos seguros de nada: ni de nuestra capacidad reproductiva, ni de nuestra capacidad de llevar un embarazo a buen término, ni de parir de forma humana (si, humana) ni de criar a nuestros hijos según dicta el corazón. Todo lo hemos dejado en manos de otros, de profesionales que nos aseguren que podemos pero que al mismo tiempo “ya se hacen cargo ellos”, ofreciéndonos (a veces imponiéndonos) reglas, estadísticas, métodos, normas y mesuras.

¿Acaso no resultaría tanto o más importante fomentar la paternidad responsable y amorosa, sea a la edad que sea, informando de los riesgos pero no asustando, sugiriendo no obligando, teniendo en cuenta a la persona? ¿O es que nos importa más que las madres se embaracen y den a luz “cuando y como deben hacerlo” que cuando realmente están preparadas para ello y su deseo ebulle?

Igual estoy hilando demasiado fino, pero creo que tanto algunos embarazos adolescentes no deseados como los embarazos en la tercera edad (tan bonitos para los padres y tan poco bonitos para los hijos que quedan huérfanos apenas rozan la adolescencia, si tienen suerte), son pruebas fehacientes del error garrafal que estamos cometiendo al desposeer al ser humano de su propia responsabilidad sobre la vida y depositar ésta enteramente en la medicina y la técnica.... como si la vida fuera algo ajeno a nuestros cuerpos, a nuestro s instintos, a nuestros ciclos vitales y nuestros movimientos internos más sutiles.

Creo sinceramente que si permitiéramos a los padres y madres ser dueños de la vida que conciben, nos asombraríamos de los resultados.

Violeta Alcocer.
Ilustración: Patricia Metola

sábado 13 de septiembre de 2008

La importancia de los valores.


Muchas veces nos preguntamos cómo será el futuro a nuestros hijos. Esperamos lo mejor para ellos, claro está, y soñamos con su felicidad. Pero ¿cómo ayudarles a conseguirlo?

Es imposible (y poco recomendable) saber qué nos traerá el mañana; sin embargo, desde que son niños, podemos darles las herramientas para que, sea lo que sea lo que la vida les depare, estén preparados para vivirla con criterios y referencias estables que les ayuden a ser coherentes y a encontrar sentido en todo lo que hagan.

Como padres nos corresponde transmitir a nuestros hijos una serie de valores que contribuirán a formar su carácter y serán para ellos un punto de referencia en la vida y una fuente de felicidad.

Pero no se trata de darles sermones: los pequeños asimilan y aprenden con las palabras, pero también observando el comportamiento de las personas que más admiran y aman, es decir, sus padres.

1- HONESTIDAD:

A lo largo de la vida, las personas honestas pueden encontrar más dificultades que aquellas que han aprendido a “maquillar” la realidad, pero, sin duda, son más felices y se sienten más satisfechas de sí mismas que aquellos que viven en la falsedad.

La honestidad nos permite aprender de nuestros errores (porque los reconocemos), relacionarnos con los demás de una manera auténtica (y que nos acepten tal y como somos) y enfrentarnos a la realidad con valentía y confianza en nosotros mismos.

Ser honestos va más allá de decir la mentira o la verdad: empieza por uno mismo y, por eso, lo primero que tenemos que hacer es ayudar a los niños a saber qué es lo que piensan, lo que sienten, lo que quieren.. y guiarles para que obren con coherencia.

En familia, un clima de nitidez y confianza (donde no haya represalias por decir lo que pensamos y sentimos) facilita que los pequeños se sientan libres de compartir con nosotros sus miedos, sus dudas y sus equivocaciones.

Ser coherentes también implica hacer frente a los errores, reconociéndolos y pidiendo perdón cuando es necesario: ayudar a los niños a enfrentarse a las consecuencias de aquellas acciones en las que se han equivocado en un clima de comprensión (sin enfadarnos), es el primer paso para que los pequeños aprendan que ser honestos a veces requiere cierto esfuerzo, pero que éste merece la pena.

En la vida cotidiana hay muchos momentos en los que podemos ir mostrándole a nuestro hijo lo que es la honestidad y animarle a ejercerla, pero no hay nada como nuestro ejemplo: si los pequeños nos escuchan decir una cosa en casa y luego obramos de manera contradictoria, si nos ven ocultar información (“no le vamos a decir a papá que hemos estado de compras”) o no nos atrevernos a decir lo que pensamos en familia (sobre todo cuando se trata de cosas negativas) , les será muy difícil comprender y aprender estos valores.

2- SOLIDARIDAD:

La solidaridad nace del sentimiento de estar unido a los demás y engloba otros valores como la consideración (tener en cuenta las circunstancias de los demás al pensar sobre ellos) , la tolerancia (aceptar a otros, aunque no compartan nuestra manera de pensar o actuar, siempre y cuando no perjudiquen a los demás) y la justicia.

Ayudar a aquellos que lo necesitan es una acción que nace de la capacidad de ponerse en su lugar. Dado que alrededor de los tres años los pequeños comienzan a tener una vida social más activa, ese es un buen momento para estimularles a pensar sobre lo que sienten los otros, tanto personas como animales y plantas (“A ese perrito parece que no le gusta nada que lo lleven a estirones ¿tu que crees?”, “vamos a regar esta planta, necesita el agua para dar flores”) y mostrarles que, con acciones muy sencillas, ellos también pueden hacer el bien a los demás (“¿Te apetece llamar al abuelo? Por las tardes está solito, seguro que le hace mucha ilusión escucharte ”).

Ser sensibles a las desgracias ajenas (mostrando compasión e interés por el sufrimiento de los demás), favorecer siempre la resolución de los problemas mediante la paz y la palabra, respetar el medioambiente y valorar a los demás por el simple hecho de ser personas son actitudes que no deberían faltar en casa.

3-GENEROSIDAD:

A la generosidad se llega a través del aprendizaje de otros valores como la humildad, la cooperación y el altruismo.

Enseñaremos a los pequeños a ser humildes si les ayudamos a aceptar sus propias limitaciones y las de los demás, mostrándoles que el valor de las cosas y las personas va más allá de lo que parecen o lo que valen. Compartir (los juguetes, lápices, cuentos..) sin forzar y pedir prestado (aprendiendo a cuidar lo que no es suyo y devolverlo) son acciones que debemos fomentar a esta edad para evitar que los pequeños le den demasiado valor a sus pertenencias.

Cooperando, es decir, haciendo las cosas juntos (tanto en casa como en el cole, en el parque..) los niños aprenden que si todos aportan un poquito se pueden hacer grandes cosas (por ejemplo, podemos animar a los chicos en el parque a que unan sus cubos para hacer una gran torre de arena), aunque para ello a veces haya que renunciar a los beneficios individuales. En casa, es importante que los pequeños crezcan en un ambiente en el que se hacen las tareas entre todos (poner y quitar la mesa, preparar las comidas, los recados..) y donde se comparten las cosas con cariño, confiando en que los demás tendrán cuidado de ellas y sin esperar nada a cambio.

Regalar y ser regalados es una manera divertida de potenciar estos valores: podemos, por ejemplo, preparar con cariño un regalo para la abuela o para un buen amigo (mejor si es algo hecho en casa, como un dibujo o una figura de arcilla), envolverlo juntos y escribir una tarjetita explicando al que lo recibe los motivos del regalo.

Es importante que los pequeños aprendan que la generosidad no es una cuestión de dinero sino de afecto, y que el cariño, la amabilidad y el tiempo que dedicamos a los demás.. pueden (y deben) derrocharse sin temor.

4- RESPONSABILIDAD:

Una persona responsable es una persona libre. Educar a los niños en libertad significa educarles para que sean dueños de sus propias vidas, bajo la responsabilidad de respetarse a sí mismos y a los demás.

Interiorizar esto es un proceso largo, porque la responsabilidad tiene muchos matices como la prudencia (y el autocontrol), la voluntad, la constancia, los buenos hábitos, la capacidad de convivir con los demás o el orden y cuidado de las propias cosas, todos ellos valores que se van adquiriendo a lo largo de los años.

Sin embargo, en la base de todos ellos se encuentra el autoconcepto; por eso, para que los niños crezcan como personas responsables, es importante que se perciban, desde pequeñitos, como buenos y eficaces (es decir, capaces de hacer las cosas bien).

Confiemos en ellos y ofrezcámosles diariamente la posibilidad de hacerse cargo de pequeñas tareas (como recoger sus juguetes, lavarse los dientes..), escuchemos y tengamos en cuenta sus opiniones y démosles cierta libertad para tomar decisiones (como elegir su ropa, lo que quiere para cenar, un peinado que le gusta..) haciéndoles saber que cuentan con nuestro consejo si lo necesitan.


5- AMOR:

El amor es , entre otras cosas, la capacidad para dar y recibir afecto en un clima de respeto y empatía, y esto se consigue educando a los niños no solo con la razón sino con el corazón.

Para los pequeños, la familia es la primera y más importante fuente de amor; por eso, es importante hacerles sentir que forman parte del clan, que son únicos e importantes y que tienen su lugar en el mundo y el apoyo incondicional de quienes le quieren. Y no sólo eso. También es importante que los pequeños crezcan en un ambiente en el que los afectos se expresen sin miedo, con palabras y gestos de cariño: observar un abrazo o un guiño entre nosotros, una conversación amable por teléfono o una reunión animada de buenos amigos es el mejor ejemplo que podemos darle.

Sabiéndose amados, los niños aprenderán fácilmente a ser optimistas y alegres si nosotros les mostramos cómo: haciendo hincapié en lo que tiene de positivo cualquier situación (“vaya! Hemos perdido el autobús pero se me ocurre que podemos ir paseando y parar un ratito en el parque” ), luchando por superar los inconvenientes con confianza en si mismos y en los demás (“ya verás como mañana no estás tan triste y puedes hablar con tu amiga para hacer las paces”), e intentando provocar sentimientos positivos en las personas que nos rodean (“vamos a decirle a mamá todo lo que la queremos”)

La simpatía es una de las mejores cualidades que acompaña a las personas afectuosas: conseguir que nuestros hijos sonrían es la mejor manera de que , en el futuro, puedan hacer también felices a los demás.


Violeta Alcocer para Ser Padres Hoy (copyright)

Ilustración: Patricia Metola.

lunes 8 de septiembre de 2008

Centrarnos en la experiencia de estar juntos.


Para los niños, la atención “activa” por parte de los padres es fundamental.
Y para nosotros también, si queremos ser capaces de percibir lo que nuestros hijos sienten y viven en realidad. De hecho, no hay otra manera de acercarnos a su universo más íntimo que no sea el estar profundamente concentrados en la persona del niño. Tomarnos el tiempo de observar sus ojos, su pelo, su piel y su carita mientras juega. Observar sus reacciones, sus intentos, sus gestos. Su lenguaje, su interacción hacia nosotros. Observarle cuando ríe, cuando algo le divierte, cuando algo le asusta o le entristece. Estar con él de verdad, el máximo tiempo que nos sea posible, centrados en el “aquí y ahora”. Observar no significa permanecer pasivo, en este caso: se puede observar desde la participación activa en la experiencia del juego, de la lectura, de la actividad que sea.

Los padres tenemos la tendencia –por la abrumadora falta de tiempo a la que nos somete nuestra sociedad industrializada- a intentar hacer muchas cosas a la vez, a vivir con nuestro pensamiento permanentemente escindido. Hablamos por teléfono mientras hacemos la compra en el supermercado, repasamos mentalmente temas de trabajo mientras hacemos la cena o aprovechamos para desahogarnos con una buena amiga mientras nuestros hijos juegan en el parque.

En realidad, los adultos tenemos pocos momentos para estar “centrados” en una sola cosa y solo en ella. Las últimas teorías sobre el trastorno por déficit de atención e hiperactividad sugieren la idea de que es precisamente el trastorno adulto, el trastorno de nuestra sociedad , el que está contribuyendo –junto con otros factores- a multiplicar esta patología en los niños. Y resulta bastante coherente. Si los propios adultos somos incapaces de centrarnos, siquiera en la relación con nuestros hijos, si nosotros mismos mostramos constantemente un profundo déficit de atención en nuestras relaciones familiares y una hiperactividad a niveles cognitivo y conductual... ¿qué tipo de funcionamiento mental les estamos transmitiendo como modelo?

Es importante pasar largos ratos jugando con nuestros hijos o haciendo actividades conjuntamente. Pero más importante que hacer todo esto, es el hecho de hacerlo “con todo nuestro ser” puesto en ello. Haciendo valer nuestro compromiso con ellos, volcándonos por completo en ellos y entregándonos a la experiencia de estar juntos. De hecho, igual de valioso que ir al parque de atracciones es no hacer nada, siempre y cuando en ese no hacer nada con ellos esté puesta toda nuestra atención.

Violeta Alcocer.

Óleo sobre tabla: Alex Alemany.

viernes 5 de septiembre de 2008

Cuando la vida se apaga.


Nuestros hijos son nuestros pies en el mundo, nuestro amor por ellos es el eterno combustible de nuestro corazón, su destino es la flecha que tensa nuestro arco vital.

Y un hijo nunca deja de serlo, aunque a lo largo de la vida además de nuestro hijo sea un estudiante, un trabajador, un padre, un amigo o un amante. Un hijo es siempre un hijo, tenga la edad que tenga, sea lo que sea en lo que la vida lo haya convertido.

Cuando un hijo muere, dicen que se desprende una parte de uno mismo que jamás se vuelve a recuperar. Que la vida ya no es vida, sino supervivencia.

Todos aquellos que han perdido un hijo merecen el más profundo respeto y cariño de aquellos que podemos disfrutar de los nuestros. Merecen un sitio, siempre, en nuestro corazón.

Que su pérdida guie nuestras acciones y nos haga a todos más bondadosos, más empáticos, más lúcidos en nuestros afectos y más conscientes de que la vida es frágil y bella y que es imperativo vivir, sufrir y amar… aquí y ahora.

No hay consuelo para el que se duele de perder un hijo, pero como decía una madre que perdió al suyo: “peor que su muerte hubiera sido no llegar a haberlo conocido”.

Julio fue para mi un compañero de colegio y un amigo. También fue el hijo de Paloma. Su vida se apagó, dejando en su lugar asombro, incredulidad, dolor y nostalgia. Yo nunca le olvidaré.


Ilustración: Antoine de Saint-Exupéry