
Muchas veces nos preguntamos cómo será el futuro a nuestros hijos. Esperamos lo mejor para ellos, claro está, y soñamos con su felicidad. Pero ¿cómo ayudarles a conseguirlo?
Es imposible (y poco recomendable) saber qué nos traerá el mañana; sin embargo, desde que son niños, podemos darles las herramientas para que, sea lo que sea lo que la vida les depare, estén preparados para vivirla con criterios y referencias estables que les ayuden a ser coherentes y a encontrar sentido en todo lo que hagan.
Como padres nos corresponde transmitir a nuestros hijos una serie de valores que contribuirán a formar su carácter y serán para ellos un punto de referencia en la vida y una fuente de felicidad.
Pero no se trata de darles sermones: los pequeños asimilan y aprenden con las palabras, pero también observando el comportamiento de las personas que más admiran y aman, es decir, sus padres.
1- HONESTIDAD:
A lo largo de la vida, las personas honestas pueden encontrar más dificultades que aquellas que han aprendido a “maquillar” la realidad, pero, sin duda, son más felices y se sienten más satisfechas de sí mismas que aquellos que viven en la falsedad.
La honestidad nos permite aprender de nuestros errores (porque los reconocemos), relacionarnos con los demás de una manera auténtica (y que nos acepten tal y como somos) y enfrentarnos a la realidad con valentía y confianza en nosotros mismos.
Ser honestos va más allá de decir la mentira o la verdad: empieza por uno mismo y, por eso, lo primero que tenemos que hacer es ayudar a los niños a saber qué es lo que piensan, lo que sienten, lo que quieren.. y guiarles para que obren con coherencia.
En familia, un clima de nitidez y confianza (donde no haya represalias por decir lo que pensamos y sentimos) facilita que los pequeños se sientan libres de compartir con nosotros sus miedos, sus dudas y sus equivocaciones.
Ser coherentes también implica hacer frente a los errores, reconociéndolos y pidiendo perdón cuando es necesario: ayudar a los niños a enfrentarse a las consecuencias de aquellas acciones en las que se han equivocado en un clima de comprensión (sin enfadarnos), es el primer paso para que los pequeños aprendan que ser honestos a veces requiere cierto esfuerzo, pero que éste merece la pena.
En la vida cotidiana hay muchos momentos en los que podemos ir mostrándole a nuestro hijo lo que es la honestidad y animarle a ejercerla, pero no hay nada como nuestro ejemplo: si los pequeños nos escuchan decir una cosa en casa y luego obramos de manera contradictoria, si nos ven ocultar información (“no le vamos a decir a papá que hemos estado de compras”) o no nos atrevernos a decir lo que pensamos en familia (sobre todo cuando se trata de cosas negativas) , les será muy difícil comprender y aprender estos valores.
2- SOLIDARIDAD:
La solidaridad nace del sentimiento de estar unido a los demás y engloba otros valores como la consideración (tener en cuenta las circunstancias de los demás al pensar sobre ellos) , la tolerancia (aceptar a otros, aunque no compartan nuestra manera de pensar o actuar, siempre y cuando no perjudiquen a los demás) y la justicia.
Ayudar a aquellos que lo necesitan es una acción que nace de la capacidad de ponerse en su lugar. Dado que alrededor de los tres años los pequeños comienzan a tener una vida social más activa, ese es un buen momento para estimularles a pensar sobre lo que sienten los otros, tanto personas como animales y plantas (“A ese perrito parece que no le gusta nada que lo lleven a estirones ¿tu que crees?”, “vamos a regar esta planta, necesita el agua para dar flores”) y mostrarles que, con acciones muy sencillas, ellos también pueden hacer el bien a los demás (“¿Te apetece llamar al abuelo? Por las tardes está solito, seguro que le hace mucha ilusión escucharte ”).
Ser sensibles a las desgracias ajenas (mostrando compasión e interés por el sufrimiento de los demás), favorecer siempre la resolución de los problemas mediante la paz y la palabra, respetar el medioambiente y valorar a los demás por el simple hecho de ser personas son actitudes que no deberían faltar en casa.
3-GENEROSIDAD:
A la generosidad se llega a través del aprendizaje de otros valores como la humildad, la cooperación y el altruismo.
Enseñaremos a los pequeños a ser humildes si les ayudamos a aceptar sus propias limitaciones y las de los demás, mostrándoles que el valor de las cosas y las personas va más allá de lo que parecen o lo que valen. Compartir (los juguetes, lápices, cuentos..) sin forzar y pedir prestado (aprendiendo a cuidar lo que no es suyo y devolverlo) son acciones que debemos fomentar a esta edad para evitar que los pequeños le den demasiado valor a sus pertenencias.
Cooperando, es decir, haciendo las cosas juntos (tanto en casa como en el cole, en el parque..) los niños aprenden que si todos aportan un poquito se pueden hacer grandes cosas (por ejemplo, podemos animar a los chicos en el parque a que unan sus cubos para hacer una gran torre de arena), aunque para ello a veces haya que renunciar a los beneficios individuales. En casa, es importante que los pequeños crezcan en un ambiente en el que se hacen las tareas entre todos (poner y quitar la mesa, preparar las comidas, los recados..) y donde se comparten las cosas con cariño, confiando en que los demás tendrán cuidado de ellas y sin esperar nada a cambio.
Regalar y ser regalados es una manera divertida de potenciar estos valores: podemos, por ejemplo, preparar con cariño un regalo para la abuela o para un buen amigo (mejor si es algo hecho en casa, como un dibujo o una figura de arcilla), envolverlo juntos y escribir una tarjetita explicando al que lo recibe los motivos del regalo.
Es importante que los pequeños aprendan que la generosidad no es una cuestión de dinero sino de afecto, y que el cariño, la amabilidad y el tiempo que dedicamos a los demás.. pueden (y deben) derrocharse sin temor.
4- RESPONSABILIDAD:
Una persona responsable es una persona libre. Educar a los niños en libertad significa educarles para que sean dueños de sus propias vidas, bajo la responsabilidad de respetarse a sí mismos y a los demás.
Interiorizar esto es un proceso largo, porque la responsabilidad tiene muchos matices como la prudencia (y el autocontrol), la voluntad, la constancia, los buenos hábitos, la capacidad de convivir con los demás o el orden y cuidado de las propias cosas, todos ellos valores que se van adquiriendo a lo largo de los años.
Sin embargo, en la base de todos ellos se encuentra el autoconcepto; por eso, para que los niños crezcan como personas responsables, es importante que se perciban, desde pequeñitos, como buenos y eficaces (es decir, capaces de hacer las cosas bien).
Confiemos en ellos y ofrezcámosles diariamente la posibilidad de hacerse cargo de pequeñas tareas (como recoger sus juguetes, lavarse los dientes..), escuchemos y tengamos en cuenta sus opiniones y démosles cierta libertad para tomar decisiones (como elegir su ropa, lo que quiere para cenar, un peinado que le gusta..) haciéndoles saber que cuentan con nuestro consejo si lo necesitan.
5- AMOR:
El amor es , entre otras cosas, la capacidad para dar y recibir afecto en un clima de respeto y empatía, y esto se consigue educando a los niños no solo con la razón sino con el corazón.
Para los pequeños, la familia es la primera y más importante fuente de amor; por eso, es importante hacerles sentir que forman parte del clan, que son únicos e importantes y que tienen su lugar en el mundo y el apoyo incondicional de quienes le quieren. Y no sólo eso. También es importante que los pequeños crezcan en un ambiente en el que los afectos se expresen sin miedo, con palabras y gestos de cariño: observar un abrazo o un guiño entre nosotros, una conversación amable por teléfono o una reunión animada de buenos amigos es el mejor ejemplo que podemos darle.
Sabiéndose amados, los niños aprenderán fácilmente a ser optimistas y alegres si nosotros les mostramos cómo: haciendo hincapié en lo que tiene de positivo cualquier situación (“vaya! Hemos perdido el autobús pero se me ocurre que podemos ir paseando y parar un ratito en el parque” ), luchando por superar los inconvenientes con confianza en si mismos y en los demás (“ya verás como mañana no estás tan triste y puedes hablar con tu amiga para hacer las paces”), e intentando provocar sentimientos positivos en las personas que nos rodean (“vamos a decirle a mamá todo lo que la queremos”)
La simpatía es una de las mejores cualidades que acompaña a las personas afectuosas: conseguir que nuestros hijos sonrían es la mejor manera de que , en el futuro, puedan hacer también felices a los demás.
Violeta Alcocer para Ser Padres Hoy (copyright)
Ilustración: Patricia Metola.