BIENVENIDOS

Dicen que nuestros hijos son nuestra viva imagen. A través de ellos nos miramos a nosotros mismos y sobre ellos proyectamos nuestros deseos, nuestras frustraciones, nuestras ilusiones y sueños. Los convertimos, sin darnos cuenta, en nuestro reflejo, como si mirásemos un espejo que siempre nos devuelve la misma imagen: la nuestra, con nuestros valores, nuestras creencias, nuestros sentimientos, nuestra forma de ver el mundo.

¿Qué sucedería si dejásemos de hacerlo? ¿Si dejásemos de mirarnos a nosotros mismos para verlos a ellos, los hijos e hijas que hemos traído al mundo? ¿Qué sucedería si hiciéramos un esfuerzo por comprender su realidad, sus afectos, su alegría y su dolor y lo hiciéramos desde ellos, no desde nosotros?

¿Qué ocurre cuando una madre y un padre atraviesan el espejo?
Os invito a comprobarlo a través de la lectura de estos textos, reflexiones y algunos cuentos.

domingo 31 de agosto de 2008

Volar.


En las relaciones con nuestros hijos, predomina esta idea como base del auténtico respeto: “Dejarles volar cuando llega el momento” .

Todos los niños criados con apego y respeto, antes o después, desean compartir su vida con otras personas, disfrutar de nuevas experiencias, establecer otras relaciones, otros vínculos que se suman unos los sólidos lazos paternales , que les mantienen seguros y firmes en su voluntad de avanzar.

Dejar marchar es complicado. Pero todos sabemos que es la única forma de “tener”, porque, en realidad, se tiene lo que se da.

Pero la libertad es una moneda de dos caras. Y esto significa que hay que permitir marchar, pero también hay que permitir y respetar la necesidad de quedarse.

Solo a través de un conocimiento profundo de nuestros hijos podremos saber cuándo es el momento de dejarles volar y cuando es el momento de defender su derecho a permanecer a nuestro lado. Tan importante es lo uno como lo otro, aunque sospecho que todos nos encontramos con la misma dificultad: se tolera, se invita, se anima y hasta se fuerza la “salida del nido”, mientras que se critica y se censura el hecho de nuestros hijos deseen, por propio derecho y voluntad, permanecer a nuestro lado, el tiempo que necesiten, cuanto necesiten.

Realmente, pocas personas son capaces de comprender el verdadero significado de la nutrición emocional en la infancia. Para un hijo pequeño, es fundamental la permanencia, la cercanía, la intimidad, la familiaridad y la pertenencia con su padre, con su madre o con ambos. Es el niño quien mejor sabe lo que necesita para fortalecer sus alas hasta el momento en que éstas sean lo suficientemente fuertes como para volar.

Ofrecerle a nuestros hijos un lugar constante en nuestros brazos no significa que estemos tejiendo a su alrededor una red de la que le será imposible escapar. Si el amor es maduro, si nuestras necesidades afectivas están colmadas (y no esperamos colmarlas a través de nuestros niños), si realmente podemos ofrecernos como los sólidos pilares a los que aferrarse cuando lo necesitan, esa misma solidez es la que nos mantendrá en nuestro sitio cuando nuestros hijos deseen empezar a crear su propio mundo: sin ir detrás de ellos, sin sujetarles.

Y solo la empatía, el respeto y un minucioso análisis de nuestros propios deseos, enganches y proyecciones, nos proporcionarán la lucidez necesaria para saber cuándo es el momento, sin confundirnos ni perdernos en nuestras propias necesidades (impidiendo a nuestros hijos vivir su deseo de independencia) y sin confundirnos ni perdernos en la intolerancia social a la intimidad, que nos hace dudar constantemente sobre la bondad de nuestros vínculos.

En realidad, nuestra función se basa en acompañarles, no en acompañarnos de ellos.

Los cimientos de la personalidad no se construyen de la noche a la mañana. Es un proceso que dura años, al igual que las raíces de los árboles tardan varias primaveras en arraigar con fuerza bajo el suelo que las contiene.
Hasta entonces, hay que estar muy seguros de que defender el derecho de nuestros hijos a estar a nuestro lado nos acerca a todos al verdadero crecimiento. Y dejarnos llevar suavemente por la contradicción que todo padre y madre arrastran consigo (te quiero siempre cerca pero al mismo tiempo quiero verte volar), alimentando el lícito deseo de tener más espacio en nuestras relaciones pero ayudando a que la fruta madure con calor, cobijo, consuelo y cercanía constantes.

Dice Jorge Bucay en su libro “El camino de las lágrimas”: “ Lo que sigue a aferrarse siempre es el dolor (…) y esto pasa con la posesividad de cualquier relación, aún en aquellos vínculos más amorosos. De hecho, lo que hace de mis vínculos, sobre todo los más amorosos, espacios disfrutables, es poder abrir la mano, aprender a no vincularnos desde el lugar odioso de atrapar, controlar o retener, sino de la situación del verdadero encuentro con el otro, que solo puede ser disfrutado en libertad”.


Violeta Alcocer.
Ilustración: Elena Ferrer.

viernes 29 de agosto de 2008

Mentiras (7-10 años)



Astutos como zorrillos, jugetones como los gatos, esos niños adorables, los nuestros, han aprendido en el curso de unos pocos años el arte de servirse de las palabras, de falsear la realidad en su provecho.

A menudo mienten espontáneamente, sin haber preparado nada, en el entusiasmo de la conversación o para zafarse de una situación desagradable. Otros planean minuciosamente la “bola” que le contarán a mamá para que no se entere de que le han pillado en clase copiando.. Muchas veces son los papás quienes “obligan” a mentir al pequeño, que sabe de antemano que no podrá razonar con ellos para explicarles por qué no se comió las lentejas en el cole..

Entonces comienza el temor a ser descubiertos, o las delicias de la fantasia para los más soñadores.

Pero ¡cuidado! Hay que tener memoria y recordar lo que uno dijo: es aquí donde las mentiras de los peques muestran toda su imperfección. El niño es demasiado espontáneo como para poder disimular largo tiempo, y al final, siempre les pillamos.

Y es que, en el niño, la mentira corresponde a un anhelo: ¡ y tiene tantas ganas de que la realidad se ajuste a sus deseos !.

“Tengo ocho años y me hago el interesante”.

“Este verano yo era el jefe del campamento y ganaba todas las competiciones, porque soy el que mejores goles marca y..”

Mentir sobre uno mismo para gustar a cualquier precio, es una estratagema común. ¿El objetivo? Estas mentiras esconden el deseo de ser un héroe, ser admirado ¿no es acaso este un poquito el sueño de todos nosotros?

Y cuando se tienen siete u ocho años, las proezas que uno puede hacer son muy escasas : cuando la tele presenta modelos de seres invencibles, superhombres y mujeres enfrentados con dificultades extraordinarias.. ¿a qué pueden recurrir los niños, que tienen una vida mucho menos estimulante?

Inventar su propia verdad produce un doble sentimiento de poder: crear una realidad a la medida de los propios deseos y fantasías y hacer malabarismos con las palabras ( a esta edad les encanta “inflar” su discurso para que todo parezca “megaguay” )

La mayor parte de las veces no urden con antelación lo que van a decir , sino que los hechos se van “adornando” a medida que habla: la imaginación al poder. Como si fuera un pequeño trovador, compone un relato y redescubre cierto discurso épico a la medida de sus pocos años (“estábamos en la playa y vimos una aleta de tiburón, jo, llegamos nadando a la orilla en un minuto, y todo el mundo nos miraba..! “)

Para los niños, como para los adultos, la palabra es un espejo: lo que decimos refleja lo que somos o aspiramos a ser.

El niño, mientras habla, se ve a si mismo llevando a cabo los actos que evoca, exactamente como en el juego: en el momento de relatar cree en lo que dice y no piensa ni por un instante en que los demás podrían no creerle.

En realidad, los papás no suelen enterarse de las jactancias de los niños: todos los fanfarroneos suelen tener lugar entre iguales, en el cole o el parque. Sin embargo, puede ocurrir que un día los papás escuchen decir al pequeño una fanfarronada tan enorme, que se sientan impulsados a poner las cosas en su sitio. Cuando llega la hora de devolverle a la realidad : (“Vamos, tu no hiciste eso!” ) ¿Cómo hacerlo para no herir su sensibilidad?

Es preferible que contenerse, pues contradecirlo delante de sus amigos hará que se sienta humillado.... lo mejor es, más tarde, en tono distendido (¿por qué dramatizar?), comentarle: ¡Qué historias les cuentas a tus amigos!..y darle pequeños consejos para que vaya aprendiendo a aproximarse a la verdad “En vez de decirles que ya te han seleccionado para el equipo, puedes decirles que tienes muchas posibilidades, eso es verdad”.

Yo no he sido.

Las mentiras consecutivas a un gesto que causa, por ejemplo, la ruptura de un objeto son muy comunes. La reaccion inmediata de la mayor parte de los niños cuando rompen algo es decirse “no fui yo”. Por lo tanto, fue algún otro... el hermanito o hermanita que aún no sabe hablar, el perro o el gato ¿por qué no el pececito rojo?... en realidad, estas acusaciones las hace para protegerse. Aún en el caso de que reconociera su involuntaria torpeza, recibirá como respuesta una cara larga, entonces ¿por qué no mentir?.

A veces las buenas intenciones salen mal (preparar un pastel para mamá y “descontrolar” al batir los huevos..), y tambien en este caso los papas parecen no comprender nada e inclinarse por la amonestación (“Mira como has dejado todo echo un asco! “)

Tenemos que entender que estos desaguisados muchas veces son producto del descuido. El niño miente para protegerse porque teme la reacción de sus padres y maestros.

Como tiene miedo, trata de disimular la realidad, aunque nunca se le haya castigado o reñido demasiado por meter la pata: en su escala de valores ha hecho algo terrible, y la imaginación le juega la mala pasada de creer que nos vamos a transformar en auténticos ogros si le descubrimos.

En realidad, el castigo severo (desde dejarle sin salir hasta el azote) no sirve para nada. El temor a las sanciones no impedirá que nuestro hijo siga cometiendo faltas, en cambio, fomenta la mentira más aún.

Al mentir, el niño se siente culpable: quien se siente culpable actúa culpablemente y sin darse cuenta se coloca en situaciones en las que será castigado.. toda una espiral.

Tolerar sus pequeñas meteduras de pata contribuirá a que se responsabilice de todos sus actos –los malos tambien-: es la única manera de que algún día les ponga remedio.

Cuando comenten faltas por torpeza, lo ideal es mostrarles cómo evitarlas en lo sucesivo.

La familia bien, gracias

A veces es duro para los niños decir que ese señor que va con su mamá no es su padre, o que el papá de uno se ha casado muchas veces. Ante estas situaciones –que para nosotros forman parte de la vida- muchos niños sienten pudor (se ha casado varias veces significa que ha tenido varios amantes) y temen las preguntas y dudas de otros compañeros.

Víctor es un niño honesto y generoso, a quien le desagrada mentir, pero falsea los hechos sólo en lo referente a su situación familiar.

Así como algunos niños tratan de sumirse en el anonimato, otros niños en la misma situación hacen lo contrario. Pablo, de la misma edad que Victor, pregona que su papá es “Oicial de la Marina” y que viaja por todos los mares del mundo, pero la realidad es que apenas le ve..

Motivo de vergüenza o de gloria, tarde o temprano la pregunta fatídica ¿qué hacen tus papás? es formulada por compañeros o maestros.

En su ingenuidad, el niño imagina que las familias de sus amigos son intachables.. lo cual no es así en todos los casos (y es que él no es el único que pinta la situación ideal).

En estos casos, decir a los hijos que se les quiere es un secreto educativo muy eficaz. Pero además hay otro: permitir que el niño exprese sus propios sentimientos, tanto positivos como negativos. Hablar con él de estas situaciones incómodas le ayudará a no hacerlas más grandes de lo que en realidad son.

Disfrutar de lo prohibido

Los niños experimentan muy pronto el acuciante deseo de vivir su propia vida, de estar en compañía de otros niños de su edad –los compis de la escuela o los de las vacaciones- de saborear los goces de la amistad.. ¡qué placentero es leer, bien tarde en la noche, a la luz de una linterna, historietas de miedo!, qué delicia mirar la tele, invariablemente prohibida, aprovechando una salida nocturna de los padres.

Cuanto mas estrictos son los papás, más se arriesgan los niños a mentir para protegerse. La vigilancia constante y las prohibiciones demasiado sistemáticas incitan al niño a tratar de eludirlas a cualquier precio.

Comprender el punto de vista del niño no significa permitirle todo, pero si dejamos hablar a los niños y les permitimos expresar sus deseos, evitaríamos las mentiras, con frecuencia inofensivas y desprovistas de mala intención, pero que a la larga crean malos hábitos.

Pillarles "in fraganti" ¿Cómo reaccionar?

Los discursos sobre la necesidad de ser sincero y leal no son siempre adecuados, y es que para eso ya tienen muchos cuentos con bonitas moralejas. No son tampoco los reproches ni los azotes lo que curará al niño que miente.

Lo primero que hay que hacer es adaptar los esfuerzos educativos de los padres a la edad del niño, y cada niño es único, no se puede tratar a todos por igual. A algunos es necesario instarlos a menudo a ser más veraces mientras que con otros es preferible un poco de interpretación de sus mentiras, para averiguar qué esconde tras ellas.

Tampoco le ayudaremos si, una vez descubierto, callamos hasta que la situación le delate: si le hemos pillado lo mejor es decirselo abiertamente y ayudarle a enmendar la situacion.

Lo importante es no caer en la idea de que “miente porque es malo”, ya que por lo general, lo único que significan sus mentiras es que la realidad “adornada” es más facil de llevar.

Los adultos mentimos, y lo hacemos muy a menudo. Los niños perciben cuándo los papas disimulan o le ocultan algo y en un clima de desconfianza se generan más mentiras ¿por qué no empezamos por dar buen ejemplo y hablar abiertamente de las cosas que nos pasan?

El niño que confía tiene fe en sus padres, quienes no tratan de engañarlo. Recíprocamente sus padres depositan en el su confianza y están seguros de que será digno de ella.

¡Y lo es!

Violeta Alcocer para Ser Padres Hoy (copyright)

Ilustración Mónica Pérez.


martes 26 de agosto de 2008

Tomar Decisiones


Los niños comienzan a mostrar sus deseos de independencia desde muy pronto… quieren hacer las cosas a su manera, tienen preferencias ( a la hora de las comidas, las lecturas, la música…) y empiezan a querer tomar sus propias decisiones acerca de infinidad de aspectos. Y algunos papás, acostumbrados hasta ahora a satisfacer personalmente todas las necesidades de sus pequeños y “controlar” sus vidas en todo momento, se encuentran en una situación incómoda cuando ven que ahora sus retoños quieren decidir por sí mismos qué zapatos ponerse o a qué amiguito invitar a casa a merendar. ¿No es demasiado pequeño para tomar decisiones? ¿No se convertirá en un caprichoso? ¿Hay que dejarle decidir sobre cualquier cosa?

Ya desde niños la vida nos da la oportunidad de ir escogiendo y aprendiendo de nuestras experiencias. Por eso, es labor de los padres el dejar que los peques comiencen a asumir ciertas responsabilidades pero dándoles la ayuda y dirección necesarias para que estas primeras decisiones sean la base de futuros aciertos personales.


No sólo es aconsejable, sino que es de lo más deseable, que los niños puedan manifestar sus deseos y obrar como crean más conveniente en multitud de ocasiones. Muchos papás piensan que sus hijos no están preparados para tomar decisiones, pero eso es porque nunca les han dado una oportunidad; así que si nunca hemos dejado a nuestro hijo decidir, hagamos la prueba: seguro que nos sorprende y descubrimos que nuestro pequeñin es más capaz de lo que pensábamos.

Y es que animarles a decidir por sí mismos fomenta su lado más responsable y organizado. La razón es sencilla: nuestros hijos se esforzarán mucho más en tomar las decisiones adecuadas si sienten que confiamos en ellos y que esperamos de ellos que lo hagan bien (recordemos que para ellos nuestra aprobación es importantísima); Y si confiamos en su criterio, también se sentirán queridos y capaces (incluso aunque a veces se equivoquen), lo que contribuye a que la imagen que tienen de sí mismos y su propia estima sea bastante más positiva que si andamos todo el día diciéndoles lo que tienen que hacer.

¿Y si se equivocan a menudo? Pues en realidad, no pasa nada. De hecho, hay una frase de adultos que dice algo así como “la pata que se mete se saca”… de modo que podemos empezar a aplicar el cuento con nuestros hijos, tolerar los fallos (que nosotros también nos equivocamos) y enseñarles que de las decisiones poco acertadas también tienen que aprender. Lo importante es que se den cuenta de que nos encanta que empiecen a pensar por ellos mismos (porque lo harán si les dejamos) y que entendemos que al principio se van a equivocar (¿quién no se ha equivocado los primeros días en un puesto de trabajo nuevo?).

¿Cómo enseñarles/ayudarles?:

Tomar decisiones en familia: tomar decisiones es una habilidad que se aprende en familia, es decir, en casa. Dejar participar al pequeño en las decisiones familiares es un buen comienzo. También comentar en voz alta cuando nosotros mismos tomamos una decisión servirá a los pequeños para observar el proceso que seguimos ante una disyuntiva.

Enseñarles a resolver problemas: por ejemplo, en vez de darles siempre la respuesta a sus preguntas (mamá, ¿qué zapatos me pongo hoy?) podemos guiarles y “responder con otra pregunta” ( pues si hoy hace frío, ¿qué zapatos crees que serán los mejores?).


Darles opciones para que escojan: A la hora de ofrecerle opciones, tenemos que tener en cuenta que éstas deben ser adecuadas a su edad, es decir, que debemos ofrecerles alternativas sencillas (por ejemplo, nosotros podemos decidir quedarnos en casa porque fuera está lloviendo mucho, pero le podemos dar a elegir, jugar , preparar juntos una merienda o alguna actividad que él sugiera).

Proporcionar estructura: para poder decidir acertadamente, los niños necesitan en sus vidas que las cosas sean previsibles y que las consecuencias de sus actos se integren en un sistema coherente. Es decir, necesitan saber qué normas de convivencia hay en casa, qué normas hay fuera de ella, cuáles son los valores compartidos en la sociedad y otros tantos referentes que le ayudarán a saber escoger en un momento dado.

Tolerar y permitir fallos y equivocaciones. Nadie es perfecto, y ningún padre debería esperar que su hijo lo sea. Transformar las equivocaciones en lecciones aprendidas (en vez de andar siempre con el “te lo dije..”) es el mejor recurso para que los pequeños sigan intentándolo. Asumir ciertos riesgos y fallar es parte del aprendizaje, y los pequeños no pueden aprender a manejar equivocaciones y frustraciones sin haberlas experimentado por ellos mismos.

Estar ahí cuando lo necesiten. Está claro que aunque parezca que ya son capaces de hacer muchas cosas por sí mismos, en ocasiones no sólo se equivocan y se sienten fatal, sino que a veces se quedan bloqueados y necesitan que volvamos a dirigir un poco sus vidas. El peso de la responsabilidad a veces es demasiado para estos pequeños campeones….y nuestra misión es estar ahí siempre disponibles para lo que necesiten.

Algunos ejemplos y su solución:

Pablo quiere llevarse al colegio un camión que le acaban de regalar por su cumpleaños, pero las normas del cole son muy estrictas al respecto y ningún niño puede llevar juguetes de casa a la clase. Después de recordarle las normas del cole y ofrecerle una alternativa (puede llevarse otro regalo: unos zapatos muy chulos), Pablo insiste en que quiere llevarse el camión.

A veces, aunque sepamos que el pequeño está tomando una mala decisión, es mejor dejar que se de cuenta por sí mismo del error. Si Pablo se lleva el camión al colegio, seguramente la profesora se lo retire y no se lo devuelva hasta la hora de volver a casa. Con la experiencia, Pablo aprenderá que la próxima vez deberá tomar su decisión teniendo en cuenta las normas del cole, aunque no las compartamos.

Los papás de Luis están desconcertados porque éste se ha hecho muy amigo de un pequeño cuya familia no les cae muy bien. La cuestión es que ellos prefierirían que Luis jugara con los hijos de sus amigos, aunque estos son más mayores y no le hacen mucho caso.

Las necesidades sociales de los niños son muy importantes en el desarrollo de una autoimagen saludable. Y precisamente a estas edades es cuando menos debería preocuparnos la elección de los amigos de nuestros hijos, sino más bien el hecho de que aprendan a compartir, a jugar en grupo y también a conocer niños que provengan de familias diferentes a la nuestra. Lo ideal es dejarles decidir (o escoger) sobre sus amistades , nos sorprenderá lo poco prejuiciosos que son los niños.

Marta lleva toda la semana negándose a comer lo que se le ofrece, pero cuando se le pregunta qué es lo que quiere, no sabe qué decir. Su madre ya no sabe que hacer y piensa que Marta debería comer lo que se le pone en el plato o se convertirá en una caprichosa.

En realidad, lo que Marta está pidiendo es que la den a elegir. Está claro que Marta no puede decidir todavía qué menú es más saludable para ella o qué tipo de hidratos de carbono debe de contener su dieta, pero lo que sí puede hacer (y en realidad es lo que necesita) es elegir entre varias alternativas. Es la ocasión de dejar que Marta muestre sus gustos de “gourmet” a papá y mamá, ofreciéndole varias alternativas que le gusten (¿qué prefieres hoy, tortilla de zanahorias o pasta con calabacín y pollo?) y dejando que sea ella quien decida lo que más le apetezca.


Violeta Alcocer para Ser Padres Hoy (copyright)
Ilustración: Elena Ferrer.