
Adriana juega en el parque con Jorge, mientras sus madres charlan animadas sobre cómo son sus hijos y los cambios que han notado en ellos recientemente. “Adriana es un trasto” dice su madre (delante de ella, que parece distraída pero que en realidad tiene todas las antenas sintonizadas con los comentarios maternos) “desde que se levanta hasta que se acuesta, es que no hace nada a derechas, es un desastre. Como esto siga así no sé que va a ser de nosotros”
La mamá de Jorge replica “Bueno, lo cierto es que Jorge está despuntando como un niño increíblemente creativo y curioso, yo creo que no hay ni un juguete en casa que no haya destripado ya... yo le digo en broma a su padre que éste va a ser por lo menos ingeniero aeroespacial!”.
“Qué curioso” comenta la madre de Adriana “mi pequeña hace exactamente lo mismo que Jorge, ¡destroza todos los juguetes!... pero es que insisto, ella es un mal bicho... como mucho llegará a casarse con el tuyo”. Ambas se ríen, pero lo que no saben es que tanto la una como la otra acaban de inaugurar la lista de etiquetas y opiniones (basadas en las expectativas que cada una alberga sobre su retoño) que tendrán sus hijos de sí mismos durante toda la infancia y, posiblemente, la edad adulta.
En el transcurrir del primer al segundo año, los pequeños nos muestran ya con fuerza muchos de los rasgos de su personalidad, entremezclados con ciertos comportamientos que podemos llamar evolutivos y que son, además de pasajeros, comunes a casi todos los pequeños de esta edad. Por ejemplo, la mayoría de los pequeños de año y medio son bastante temerarios: acaban de lograr la “conquista del espacio” mediante la adquisición de la habilidad para desplazarse solos y, en el momento en que perfeccionan la técnica un poco y se ven seguros, sienten el deseo irrefrenable de ir a por todas. Esto implica, por supuesto, que no van a valorar como peligrosos ni un suelo mojado y resbaladizo, ni una mesa demasiado alta, ni un enchufe desprotegido (con esos agujeritos tan curiosos que invitan a meter dentro los dedos!). Esta misma temeridad es la que les lleva, por otro lado, a regresar de tanto en tanto a los brazos de mamá con más fuerza que nunca y a pedir ser tratados de nuevo como un pequeño bebecito, mimosos y necesitados como nunca de atención.
La tozudez extrema (necesaria para autoafirmarse y descubrir quién son ellos), es otro rasgo de esta etapa en la que empiezan a rebelarse contra todo formalismo y rutina: cambiar pañales, poner abrigos, sentarse en el carrito, terminar un día de parque, etc... Lo mismo ocurre con la posesividad (es la etapa del “¡e mío!”) y otras muchas muestras de que sus intercambios con la realidad no siempre son fáciles (rompen casi todo lo que pasa por sus manos, lloran cuando no pueden expresarse, etc...).
Tenemos, en fin, a unos pequeños que dejan de ser bebés para convertirse, al final de esta etapa, en niñitos, y que comienzan a hacerse notar de manera asombrosa influyendo en todo y todos a base de carácter.
Es realmente difícil que sepamos valorar qué comportamientos de nuestros hijos son registros propios de su desarrollo y cuáles están ya significando unos rasgos de personalidad.
Por eso, resulta muy importante tener bastante cuidado con lo que esperamos de ellos y con las etiquetas que les ponemos en este momento: no sólo van a ser nocivas para su autoestima, es que, además, pueden resultar opuestas al verdadero yo que reside en su interior y, por tanto, impedir un correcto desarrollo emocional.
Los padres somos los espejos de nuestros hijos: nuestros mensajes y opiniones sobre ellos, lo que les decimos y les mostramos con nuestros gestos y expresiones, conforman su autoestima. La autoestima es la opinión que nuestros hijos tienen de ellos mismos, lo que creen que valen. Y son los mensajes que reciben de los padres y los de nadie más los que, en la primera infancia, conforman la imagen que tienen de sí mismos. Puede que la abuela diga: “este niño es un caprichoso”; pero si la madre o el padre no opinan lo mismo y se lo hacen saber a su hijo de diferentes maneras, el niño no se sentirá marcado por esa etiqueta. Por eso, los juicios de valor que provienen de los padres pueden hacer mucho bien (si le transmiten al niño que él es una persona digna de ser amada tal cual es y haga lo que haga), pero también mucho daño.
Mucho antes de aprender a hablar, nuestros hijos son capaces de comprender de forma bastante eficaz el lenguaje y los conceptos que encierran nuestras palabras , frases y actitudes; por tanto, a estas alturas, ya han reunido activamente docenas de adjetivos que han sido utilizados para calificarle a él y sus acciones. Cuando describimos a nuestros hijos como “malo”, “torpe”, “cansino”, “pesado” o “maleducado”, ellos concluyen que esas deben ser las cualidades que poseen y, sin dudarlo (porque confían ciegamente en nosotros) las incorporan como parte del bagaje personal y afectivo con el que van a contar para crecer.
Poco a poco y con nuestros mensajes sobre sí mismos, nuestros hijos van construyendo eso que llamamos “autoimagen”. Y lo harán reflejando fielmente nuestros juicios y opiniones, porque sucede que el niño jamás se va a cuestionar si nuestras etiquetas son adecuadas o no: lo que va a cuestionar es su propio valor.
Y como todos, niños y adultos, nos comportamos y nos desenvolvemos en la vida de acuerdo a la imagen que tenemos de nosotros mismos, la ecuación que resulta es bastante sencilla: si el niño piensa y siente que es, por ejemplo, un desastre (egoísta, distraído, soso o caprichoso), le va resultar muy difícil comportarse a lo largo de su infancia de otra manera que no sea esa porque, de lo contrario, sentirá que “no es él”.
Nuestras experiencias pasadas, nuestras necesidades personales y nuestros valores culturales se combinan para formar una red de expectativas sobre nuestra paternidad (es decir, sobre el tipo de padre o madre que queremos ser) y sobre nuestros hijos (sobre lo que esperamos que ellos sean). Estas expectativas son las varas con las que medimos a nuestros hijos. Por ejemplo, si en las expectativas que tenemos como padres cuenta la de ser unos padres siempre serenos, de esos que parece que siempre tienen todo bajo control (quizá en nuestra casa vivimos todo lo contrario y pretendemos evitar los errores que cometieron con nosotros), cualquier rabieta o arrebato de tozudez por parte de nuestro pequeño nos sacará de nuestras casillas y nos hará mucho más proclives a calificar a nuestro hijo de “rebelde” “malo” o “desobediente” (porque su comportamiento nos hace muy difícil mantenernos en ese papel que queremos desempeñar). Si, por el contrario, toleramos mostrarnos ante el mundo como padres a veces desconcertados, a veces indecisos (ambas cosas muy normales, en cualquier caso), es posible que comprendamos mejor determinados comportamientos y nuestro hijo no nos parezca tan malo sino, simplemente, un “pequeño de su edad”.
Por otro lado, es posible que, por desconocimiento o inexperiencia, pensemos que un niño de un año y medio debería ser limpio, dormirse solito y sin necesitarnos, comer con la elegancia de un diplomático, estar callado cuando se le pide, mantener las manos quietecitas frente a los botones de un electrodoméstico, ser siempre obediente y muy sociable. Con estas expectativas inalcanzables y por desgracia muy comunes, tenemos todas las papeletas para que el pequeño no sólo no llegue nunca a comportarse como nosotros esperamos (lógicamente) sino que, además, se lo estemos recordando constantemente (“ay cariño, deja ya de comer como un marrano” “mira que eres desobediente” “¿pero cuándo vas a dejar de ser tan llorona?”) enviándole una y otra vez el mensaje de que nunca estamos satisfechos con cómo es él y etiquetándole ante amigos y familiares de cochino, cobarde o quejica.
Ahora que ya sabemos que las etiquetas que ponemos a nuestros hijos dependen, en gran medida, de cómo vemos nosotros las cosas y cómo las vivimos, tenemos en nuestra mano todas las herramientas para cambiar nuestro discurso hacia ellos y empezar a alimentar su autoestima en vez de minarla.
Resulta tan sencillo como “darle la vuelta a la tortilla” y descubrir las grandes cualidades que se esconden tras lo que nosotros vivimos como defectos.
Las etiquetas en forma de elogios pueden ser un arma de doble filo.
“Este niño es un santo, a todo dice que si” “no hace un ruido, parece que no estuviera” y frases por el estilo, aunque lanzadas con todo el amor del mundo, pueden enviarle al niño el mensaje de que se sólo se le aceptará si responde exactamente a estas descripciones, encasillándole en unos comportamientos que limitan otras expresiones de sí mismo muy legítimas y habituales a esta edad (ser gritón, ensuciarse, pedir algo con fuerza, decir que no rotundamente..).-
Violeta Alcocer, para Ser Padres Hoy (copyright).
Ilustración: Elena Ferrer.





