BIENVENIDOS

Dicen que nuestros hijos son nuestra viva imagen. A través de ellos nos miramos a nosotros mismos y sobre ellos proyectamos nuestros deseos, nuestras frustraciones, nuestras ilusiones y sueños. Los convertimos, sin darnos cuenta, en nuestro reflejo, como si mirásemos un espejo que siempre nos devuelve la misma imagen: la nuestra, con nuestros valores, nuestras creencias, nuestros sentimientos, nuestra forma de ver el mundo.

¿Qué sucedería si dejásemos de hacerlo? ¿Si dejásemos de mirarnos a nosotros mismos para verlos a ellos, los hijos e hijas que hemos traído al mundo? ¿Qué sucedería si hiciéramos un esfuerzo por comprender su realidad, sus afectos, su alegría y su dolor y lo hiciéramos desde ellos, no desde nosotros?

¿Qué ocurre cuando una madre y un padre atraviesan el espejo?
Os invito a comprobarlo a través de la lectura de estos textos, reflexiones y algunos cuentos.

martes 29 de julio de 2008

¡Cuidado con las Etiquetas! (1-2 años)


Adriana juega en el parque con Jorge, mientras sus madres charlan animadas sobre cómo son sus hijos y los cambios que han notado en ellos recientemente. “Adriana es un trasto” dice su madre (delante de ella, que parece distraída pero que en realidad tiene todas las antenas sintonizadas con los comentarios maternos) “desde que se levanta hasta que se acuesta, es que no hace nada a derechas, es un desastre. Como esto siga así no sé que va a ser de nosotros”

La mamá de Jorge replica “Bueno, lo cierto es que Jorge está despuntando como un niño increíblemente creativo y curioso, yo creo que no hay ni un juguete en casa que no haya destripado ya... yo le digo en broma a su padre que éste va a ser por lo menos ingeniero aeroespacial!”.

“Qué curioso” comenta la madre de Adriana “mi pequeña hace exactamente lo mismo que Jorge, ¡destroza todos los juguetes!... pero es que insisto, ella es un mal bicho... como mucho llegará a casarse con el tuyo”. Ambas se ríen, pero lo que no saben es que tanto la una como la otra acaban de inaugurar la lista de etiquetas y opiniones (basadas en las expectativas que cada una alberga sobre su retoño) que tendrán sus hijos de sí mismos durante toda la infancia y, posiblemente, la edad adulta.

¿Ángeles o demonios?

En el transcurrir del primer al segundo año, los pequeños nos muestran ya con fuerza muchos de los rasgos de su personalidad, entremezclados con ciertos comportamientos que podemos llamar evolutivos y que son, además de pasajeros, comunes a casi todos los pequeños de esta edad. Por ejemplo, la mayoría de los pequeños de año y medio son bastante temerarios: acaban de lograr la “conquista del espacio” mediante la adquisición de la habilidad para desplazarse solos y, en el momento en que perfeccionan la técnica un poco y se ven seguros, sienten el deseo irrefrenable de ir a por todas. Esto implica, por supuesto, que no van a valorar como peligrosos ni un suelo mojado y resbaladizo, ni una mesa demasiado alta, ni un enchufe desprotegido (con esos agujeritos tan curiosos que invitan a meter dentro los dedos!). Esta misma temeridad es la que les lleva, por otro lado, a regresar de tanto en tanto a los brazos de mamá con más fuerza que nunca y a pedir ser tratados de nuevo como un pequeño bebecito, mimosos y necesitados como nunca de atención.

La tozudez extrema (necesaria para autoafirmarse y descubrir quién son ellos), es otro rasgo de esta etapa en la que empiezan a rebelarse contra todo formalismo y rutina: cambiar pañales, poner abrigos, sentarse en el carrito, terminar un día de parque, etc... Lo mismo ocurre con la posesividad (es la etapa del “¡e mío!”) y otras muchas muestras de que sus intercambios con la realidad no siempre son fáciles (rompen casi todo lo que pasa por sus manos, lloran cuando no pueden expresarse, etc...).

Tenemos, en fin, a unos pequeños que dejan de ser bebés para convertirse, al final de esta etapa, en niñitos, y que comienzan a hacerse notar de manera asombrosa influyendo en todo y todos a base de carácter.

Es realmente difícil que sepamos valorar qué comportamientos de nuestros hijos son registros propios de su desarrollo y cuáles están ya significando unos rasgos de personalidad.

Por eso, resulta muy importante tener bastante cuidado con lo que esperamos de ellos y con las etiquetas que les ponemos en este momento: no sólo van a ser nocivas para su autoestima, es que, además, pueden resultar opuestas al verdadero yo que reside en su interior y, por tanto, impedir un correcto desarrollo emocional.

Nuestros mensajes calan hondo

Los padres somos los espejos de nuestros hijos: nuestros mensajes y opiniones sobre ellos, lo que les decimos y les mostramos con nuestros gestos y expresiones, conforman su autoestima. La autoestima es la opinión que nuestros hijos tienen de ellos mismos, lo que creen que valen. Y son los mensajes que reciben de los padres y los de nadie más los que, en la primera infancia, conforman la imagen que tienen de sí mismos. Puede que la abuela diga: “este niño es un caprichoso”; pero si la madre o el padre no opinan lo mismo y se lo hacen saber a su hijo de diferentes maneras, el niño no se sentirá marcado por esa etiqueta. Por eso, los juicios de valor que provienen de los padres pueden hacer mucho bien (si le transmiten al niño que él es una persona digna de ser amada tal cual es y haga lo que haga), pero también mucho daño.

Mucho antes de aprender a hablar, nuestros hijos son capaces de comprender de forma bastante eficaz el lenguaje y los conceptos que encierran nuestras palabras , frases y actitudes; por tanto, a estas alturas, ya han reunido activamente docenas de adjetivos que han sido utilizados para calificarle a él y sus acciones. Cuando describimos a nuestros hijos como “malo”, “torpe”, “cansino”, “pesado” o “maleducado”, ellos concluyen que esas deben ser las cualidades que poseen y, sin dudarlo (porque confían ciegamente en nosotros) las incorporan como parte del bagaje personal y afectivo con el que van a contar para crecer.

Poco a poco y con nuestros mensajes sobre sí mismos, nuestros hijos van construyendo eso que llamamos “autoimagen”. Y lo harán reflejando fielmente nuestros juicios y opiniones, porque sucede que el niño jamás se va a cuestionar si nuestras etiquetas son adecuadas o no: lo que va a cuestionar es su propio valor.

Y como todos, niños y adultos, nos comportamos y nos desenvolvemos en la vida de acuerdo a la imagen que tenemos de nosotros mismos, la ecuación que resulta es bastante sencilla: si el niño piensa y siente que es, por ejemplo, un desastre (egoísta, distraído, soso o caprichoso), le va resultar muy difícil comportarse a lo largo de su infancia de otra manera que no sea esa porque, de lo contrario, sentirá que “no es él”.

¿Qué esperamos de ellos?

Nuestras experiencias pasadas, nuestras necesidades personales y nuestros valores culturales se combinan para formar una red de expectativas sobre nuestra paternidad (es decir, sobre el tipo de padre o madre que queremos ser) y sobre nuestros hijos (sobre lo que esperamos que ellos sean). Estas expectativas son las varas con las que medimos a nuestros hijos. Por ejemplo, si en las expectativas que tenemos como padres cuenta la de ser unos padres siempre serenos, de esos que parece que siempre tienen todo bajo control (quizá en nuestra casa vivimos todo lo contrario y pretendemos evitar los errores que cometieron con nosotros), cualquier rabieta o arrebato de tozudez por parte de nuestro pequeño nos sacará de nuestras casillas y nos hará mucho más proclives a calificar a nuestro hijo de “rebelde” “malo” o “desobediente” (porque su comportamiento nos hace muy difícil mantenernos en ese papel que queremos desempeñar). Si, por el contrario, toleramos mostrarnos ante el mundo como padres a veces desconcertados, a veces indecisos (ambas cosas muy normales, en cualquier caso), es posible que comprendamos mejor determinados comportamientos y nuestro hijo no nos parezca tan malo sino, simplemente, un “pequeño de su edad”.

Por otro lado, es posible que, por desconocimiento o inexperiencia, pensemos que un niño de un año y medio debería ser limpio, dormirse solito y sin necesitarnos, comer con la elegancia de un diplomático, estar callado cuando se le pide, mantener las manos quietecitas frente a los botones de un electrodoméstico, ser siempre obediente y muy sociable. Con estas expectativas inalcanzables y por desgracia muy comunes, tenemos todas las papeletas para que el pequeño no sólo no llegue nunca a comportarse como nosotros esperamos (lógicamente) sino que, además, se lo estemos recordando constantemente (“ay cariño, deja ya de comer como un marrano” “mira que eres desobediente” “¿pero cuándo vas a dejar de ser tan llorona?”) enviándole una y otra vez el mensaje de que nunca estamos satisfechos con cómo es él y etiquetándole ante amigos y familiares de cochino, cobarde o quejica.

Descubrir lo que hay detrás.

Ahora que ya sabemos que las etiquetas que ponemos a nuestros hijos dependen, en gran medida, de cómo vemos nosotros las cosas y cómo las vivimos, tenemos en nuestra mano todas las herramientas para cambiar nuestro discurso hacia ellos y empezar a alimentar su autoestima en vez de minarla.

Resulta tan sencillo como “darle la vuelta a la tortilla” y descubrir las grandes cualidades que se esconden tras lo que nosotros vivimos como defectos.

1- El Tímido (“es un soso” “es un asocial” “es muy parado”). Un niño tímido es, en realidad, un gran pensador. Un observador de la vida, un intelectual en miniatura. Maestro de las pequeñas cosas y disciplinado como pocos, disfruta con los placeres más sencillos de la vida. Huye de las multitudes pero se siente como pez en el agua cuando está entre los suyos. Afectuoso, cariñoso hasta el extremo y prudente en sus avances (solo moverá ficha cuando esté bien seguro de hacerlo, pero una vez que lo haya hecho no mirará atrás), sólo muestra sus encantos cuando realmente comprueba que está entre amigos. Por eso, conquistar la sonrisa de un tímido tiene doble valor para el que lo consigue, porque este pequeño no se deja seducir fácilmente: hay que estar a la altura de su enorme corazón. Un tipo interesante ¿no?.

2- El Travieso (“no tiene una idea buena” “es un insensato”). Este pequeñín es un explorador nato, un valiente, un atrevido. Un pequeño que se come la vida a bocados, una personita que sabe que asumir ciertos riesgos puede tener buenas recompensas. Su creatividad es desbordante y siempre sabrá ver en las cosas más sencillas las utilidades más complicadas. Ni los obstáculos ni las amenazas se hicieron para parar a este pequeño de carácter optimista y dicharachero (que seguro contará con grandes destrezas físicas...¡las necesita para sus malabarismos!). Disfrutará de todo lo que la vida le ofrezca y será un gran solucionador de problemas porque ideas, aunque sean disparatadas, no le van a faltar nunca.

3- El Malo (“es de la piel de Barrabás” “este es un egoísta” “desobediente”). Aquí tenemos a los niños más incomprendidos e injustamente tratados. Son hipersensibles (aunque parezcan duros como piedras), muy inteligentes y necesitados de atención al extremo; Tras las maldades y egoísmos de este chiquitín se esconde una criatura excepcional que necesita ser descubierta y acompañada, porque a menudo se siente solo. Tras su desobediencia se está expresando un deseo profundo de cuestionar lo establecido y sus negativas pueden invitarnos a una interesante reflexión educativa. Es un diamante en bruto y, como tal, necesita ser pulido con todo el cariño del mundo para poder brillar.

4- El Caprichoso (“es una pesada, todo lo quiere” “es un cascarrabias” “tiene muy mala uva este pequeño”). Lo tiene claro y sabe cómo, cuándo y dónde lo quiere. Con una determinación, un carácter de fuego y una capacidad de perseverar en sus empeños que ya la quisieran para sí muchos adultos, este pequeño se mueve por la vida con los ojos bien atentos y un gran poder de discriminación. No le dan igual ocho que ochenta y es un gran luchador. A este chiquito no le vale un no por respuesta, será un gran negociador que no dudará en perseguir con tesón aquello que considera bueno para sí y para los suyos. Lo que hoy es llanto y pataleta, mañana será arrojo: ¡cuidado, que a este pequeño no habrá ningún reto que se le resista!

5- El Mimoso (“todo el día pegada a las faldas de su madre” “es un malcriado” “no sabe estar solo”). La ternura, como los manjares más delicados, se hizo para los que saben apreciar las cosas buenas de la vida. Y estos pequeños son unos “gourmets” de las emociones. Saben lo que es mejor para ellos (“los brazos de mami y los achuchones de papi”) y no dudan ni un instante en disfrutar de ello a tope. Hogareños, familiares e incondicionales a un buen regazo, estos peques son y serán grandes conocedores del alma humana y sus sutilezas. Si son respetados en su gran necesidad de contacto, el día de mañana serán adultos seguros de sí mismos, amigos fieles, solidarios y empáticos.

6- El Llorón (“es un pesado, llora para todo” “todo el día quejándose” “es una cuentista”). El don de la comunicación sólo es para unos pocos. Y estos niños, aunque cueste creerlo, son grandes comunicadores. Capaces ya de albergar en su interior gran variedad de sentimientos, su limitado lenguaje aún no les acompaña para expresarlos y los comunican mediante el llanto. Cuando aprendan a hablar con soltura, estos pequeños no callarán ante nada y verbalizarán su intensa vida interior y sus experiencias. Serán contadores de historias y excelentes narradores. Portavoces de sí mismos y de los demás, sabrán muy bien cómo hacerse entender hasta en los más pequeños matices y nos mostrarán su mapa afectivo sin perder detalle. Tienen suerte: desde el inicio de sus días lucharon por expresarse y a su lado siempre hubo alguien dispuesto a escucharles.

Cuidado también con los elogios.

Las etiquetas en forma de elogios pueden ser un arma de doble filo.

“Este niño es un santo, a todo dice que si” “no hace un ruido, parece que no estuviera” y frases por el estilo, aunque lanzadas con todo el amor del mundo, pueden enviarle al niño el mensaje de que se sólo se le aceptará si responde exactamente a estas descripciones, encasillándole en unos comportamientos que limitan otras expresiones de sí mismo muy legítimas y habituales a esta edad (ser gritón, ensuciarse, pedir algo con fuerza, decir que no rotundamente..).-

Violeta Alcocer, para Ser Padres Hoy (copyright).

Ilustración: Elena Ferrer.

viernes 18 de julio de 2008

Ser o no Ser


Estamos acostumbrados a escuchar expresiones del tipo “además de padres somos personas” o “durante la semana soy una trabajadora y los fines de semana soy madre”.

Casi todos empleamos, en uno u otro momento, expresiones que desdoblan la personalidad de uno mismo en dos funciones: la de padre/madre y cualquier otra (esposa, mujer, trabajador). Como si la paternidad y la maternidad fueran hechos circunscritos al tiempo que pasamos con nuestros hijos o pensando en ellos.. y todo lo demás fuera nuestro “otro yo”.

Este tipo de pensamiento, este abordaje de la paternidad como una tarea (en la que ponemos todo nuestro amor y energía, eso si) que llevamos a cabo al margen casi de nosotros mismos o, como mucho, como parte fundamental de nuestra personalidad que se complementa (si puede) con todo lo demás, empobrece terriblemente el concepto de paternidad y lo aleja de la verdad.

Nos hace daño porque nos da a entender que el hecho de ser padres excluye la realización de cualesquiera otras funciones vitales, por lo que nos ubica, inconscientemente, en una jaula de oro desde la que observamos al resto de los mortales como seres libres de ser “ellos mismos”.

Es fácil caer atrapados en esta forma de acercarse a la paternidad y la maternidad (“soy madre pero también soy una mujer”) porque a todos los padres nos resulta, en ocasiones, abrumadora nuestra nueva condición vital. Nos aferramos a este mapa de las cosas porque nos da la esperanza de que “ahí fuera” hay algo más que ser además de lo que somos.

De hecho, cuanto más aferrados estamos a este concepto más abrumadora nos va a resultar la paternidad: ¿Quién no ha quedado una noche con las amigas “para tomar unas copas, como antes (de ser madres, se entiende)” y se ha pasado la mitad de la noche pensando en sus hijos, incapaz de desconectar de aquello de lo que huye?

Cuando nos sentimos culpables por estar riendo con una amiga delante de un refresco (se entiende que nuestro hijo ya es mayorcito y está tranquilamente con papá en casa), lo que pensamos es que hemos abandonado a nuestro hijo.

Y nos sentimos culpables con razón, porque es cierto, le hemos abandonado. Pero no en el sentido literal (que es el que nosotras creemos, equivocadas, con lo cual volvemos a nuestra jaula dorada durante unos meses, hasta que no podemos más y repetimos la historia), sino en un sentido simbólico. Si salimos de casa para “ser otra” durante una noche, estamos claudicando en nuestro compromiso. Nos estamos quitando la piel de la maternidad para ponernos supuestamente otra. Y lo que en realidad sucede es que nos quedamos desnudas y desnudos.

El secreto, obviamente, está en el hecho de que es imposible huir de lo que se es.

No se trata de no salir una noche con las amigas, se trata de que somos madres y padres que salimos una noche a pasarlo bien. Es una cuestión de matices. Si comprendemos que la paternidad y la maternidad nos permiten ser nosotros mismos de muy diferentes formas, no pereceremos ni bajo la culpa del abandono ni bajo la sensación de vivir encarcelados y anhelando mejores vidas.

En realidad, ser padre y madre son hechos totales. No es un rol, ni una actividad. Es un estado vital.

Por un lado, fisiológico, puesto que el hecho de ser padres significa que nuestra actividad biológica ha hecho posible la creación de otro ser vivo, es decir que nuestra carga genética se ha unido a otra para constituirse en un ser diferenciado de nosotros, por lo que nuestra misión biológica en esta vida –la reproducción como impulso perpetuador de la especie- está cumplida-. Fisiológico en el sentido más estricto de la palabra para la mujer, cuya gestación y partos se suman a la memoria de su organismo, transformando éste para siempre. Y fisiológico en un sentido más extenso para el hombre, cuya dotación genética ya anda fuera de él para ser trascendida por generaciones.

Paternidad y maternidad son estados vitales también en un sentido profundo y psiquico, pues el hecho de ser padres desencadena en el ser humano (hombres y mujeres) nuevos funcionamientos neuroquimicos (entre los cuales se incluyen, por ejemplo, el aumento de niveles de hormonas como la oxitocina que nos predisponen a prodigar cuidados a la propia especie, entre otras cosas) que a su vez desatan un torrente de emociones y afectos que re-conforman la estructura psiquica de la persona. Esto se traduce en el recorrido personal al que nos aboca la paternidad, el reencuentro con nuestra verdadera naturaleza y el nacimiento de un nuevo yo transformado. Ser padres nos convierte en otras personas. No hay marcha atrás, así como la mariposa no puede volver a ser larva.

Desde un enfoque sistémico, la paternidad nos reubica respecto al mundo entero, respecto a nuestra familia (pasamos de ser hijos a ser padres), nos confiere un nuevo status en relación a todas aquellas personas y sistemas con los que estamos vinculados. Hay un movimiento, la paternidad y la maternidad, que mueve y convulsa lo que hasta el momento permanecía establecido, influyendo no sólo en nuestras vidas y afectos sino en las vidas y afectos de los que nos rodean. Nuestros padres pasan a ser abuelos, nuestros hermanos tíos, nuestros primeros hijos hermanos.

La paternidad es, entonces, un hecho total, un estado vital. Lo más parecido a esta definición podría ser el hecho de estar vivo o muerto. La vida, así como la muerte, lo abarcan todo. Así sucede con la paternidad. Se es padre o no se es.

Por eso, cuando uno dice: “además de padre soy deportista” está siendo tan redundante como si dijera “además de estar viva, quiero ser una profesional”.

Este ejemplo es un poco extremo, pero ilustra muy bien lo que siento cuando escucho o digo expresiones de ese tipo.

Sin ir tan lejos en la comparación, podríamos también pensar en un estado vital que uno asume con total compromiso: el matrimonio. Pocas veces escuchamos decir “si, estoy casada, pero además quiero ser una persona ¿eh?”. Nadie duda que lo fuéramos, ¿no?.

El matrimonio es un estado civil que incorporamos a nuestra identidad con facilidad y que nos acompaña en todas las parcelas de nuestra vida.

¿Por qué no sucede lo mismo con la paternidad? ¿Por qué intentamos acotar nuestro estado de padres a unas áreas y dejamos fuera las demás?

¿Acaso es incompatible ser padres con ser viajeros, deportistas, ardientes, trabajadores, estudiosos e idealistas? No lo es.

De hecho, la paternidad inaugura nuevas compatibilidades hacia nuestros anhelos. Quizá no seamos del todo conscientes, pero el arrojo y la seguridad en sí misma que muestra esa ejecutiva cuando negocia un contrato millonario, la obtuvo gracias que se vió a si misma capaz de conseguir una lactancia exitosa. La capacidad de tolerar la ansiedad que vemos en ese deportista antes de una carrera, la ganó para sí gracias a haber lidiado, contenido y tolerado las interminables noches de llanto de su bebé. El idealismo y la alegría de esa actriz son el resultado de la enfermedad que superó su hija mayor. El tesón y el optimismo de ese médico que salva vidas los obtuvo después de superar el aborto de su primer hijo.

La maternidad y la paternidad envuelven nuestra vida. Están en todo lo que hacemos, en todo lo que hoy somos. Nos aporta nuevas capacidades personales, porque maternidad y paternidad son estados vitales de confrontación constante con la propia historia, la propia vida, la propia verdad.

Y en su largo recorrido (porque es toda una vida), nos brindará las ocasiones de realizarnos personalmente de diferentes formas y en diferentes ámbitos, según vaya madurando en paralelo nuestra relación con nuestros hijos. Los hijos nos van a ir necesitando de diferentes formas a lo largo de su vida: si mantenemos con ellos el compromiso de atender sus necesidades, observaremos que con el tiempo se irán desplegando ante nosotros diferentes caminos de expansión personal. Llegarán los ratos de ocio con los amigos, la intimidad con la pareja, el trabajo que nos gusta, ese viaje que soñamos. Llegarán igual que a la vida de nuestros hijos llegarán también los amigos, el gusto por descubrir el mundo, la familia extensa o las aficiones personales.

Ser padres (al igual que ser hijos) no es un estado rígido, es un estado vivo, que fluye como un río a lo largo de los años y que nos va a permitir entregarnos a ese compromiso de diferentes formas y maneras y, por tanto, relacionarnos con el mundo, con nosotros mismos y con los demás, desde distintas perspectivas.

Así, seguimos siendo madres y madres cuando bailamos con una copa de más en el cuarenta cumpleaños de nuestros mejores amigos. Lo somos cuando negociamos con el banco las condiciones de la hipoteca o cuando hacemos el amor.

Seguimos siendo padres, aunque en ese momento no estemos pensando en pañales, ni en muslos regordetes, ni en educación. Porque padres y madres no es lo que hacemos en un momento dado: es lo que somos.

Es cierto, no hace falta pensar en nuestros hijos cuando hacemos ese brindis entre amigos (aquellos del cumpleaños), ni cuando tenemos una sesión erótica con nuestra pareja, ni cuando cenamos en un romántico restaurante.

Pero sí podemos agradecerles, cuando desayunemos con ellos al día siguiente, que nos hayan enseñado a disfrutar de la vida como sólo los niños (y ahora nosotros) saben hacerlo.

Violeta Alcocer.-

P.D. Invito a todos los lectores y lectoras a visitar los comentarios hechos a este post. La aportación hecha por Fran San Miguel es muy enriquecedora.

Ilustración: Elena Ferrer.

martes 15 de julio de 2008

La presión social.


Sociedades primitivas, sociedades modernas.

Las sociedades y su estructura llegan a ser como son a lo largo de un proceso de avance. Por decirlo de alguna manera, de las sociedades primitivas a la sociedad moderna los seres humanos se han ido organizando paulatinamente y en ese proceso se han ido instaurando costumbres, normas, jerarquías, cultura etc… Como sociedad, llegar a donde estamos hoy ha requerido miles de años de evolución.

Sin embargo, nuestros bebés no son muy diferentes de los primeros bebés Homo Sapiens. Tienen, de hecho, casi la misma dotación genética, es decir, que nacen con exactamente las mismas necesidades básicas y muchas pautas comunes en su desarrollo neurológico. El cerebro del bebé humano de hoy no es muy diferente del cerebro del bebé humano de entonces.

Sin embargo, así como los bebés del neolítico, por ejemplo, nacían en una sociedad primitiva (es decir, que su cerebro tenía que hacer un recorrido muy corto para llegar a ser como el de los adultos y asimilar la estructura social del momento), los nuestros nacen en un entorno muy elaborado y complejo, con unas estructuras realmente modernas y un nivel de desarrollo bárbaro. El choque es importante.

Y lo es sobre todo porque al bebé, desde que nace, se le pide que ingrese rápidamente en esta organización moderna sin tener en cuenta que viene preparado biológicamente para hacer esta evolución casi por sí mismo y a un ritmo particular.

Las sociedades han evolucionado porque los seres humanos que las componen tienen esa capacidad de evolución inscrita en su código genético. Y esa capacidad, aunque se traduzca en un avance social, parte originalmente de un avance individual, es decir de una pauta que se repite una y otra vez en cada ser humano que nace. Hoy y hace miles de años. El ser humano bebé nace genéticamente programado para llevar a cabo dos funciones básicas: la maduración individual, es decir la evolución de sus propios ritmos biológicos (sueño y alimentación en un inicio, más tarde control de esfínteres) y la adaptación paulatina al entorno y sus pautas, sus ciclos (día y noche) sus estímulos y más adelante sus normas.

Del mismo modo que no es posible forzar un avance tecnológico o médico (pues, para que una cosa suceda, antes tiene que suceder una previa que posibilite el próximo paso), no se puede forzar el avance del niño, pues éste avance va a depender en primer lugar de su maduración neurológica y sus posibilidades y funcionamiento físiológico y ,en segundo lugar, de su maduración psicológica. Y estos factores que van a influir en la adquisición de determinados comportamientos y pautas (fundamentalmente ligadas a lo físico) que, por la propia naturaleza del ser humano, van a suceder casi de forma automática, con muy poca intervención por nuestra parte.

Ingresar en sociedad

Cuando hablamos de autorregulación en el niño generalmente lo hacemos refiriéndonos a procesos que, una vez completados en su desarrollo, representan el ingreso del niño en lo social. Por lo general, hablamos de autorregulación como contraposición a la palabra adiestramiento o entrenamiento, referidas a procesos tales como: sueño, alimentación y control de esfínteres.

Estos procesos, cuya maduración, regulación y evolución dependen de la maduración integral del niño ( es decir, dependen de su preparación tanto física como emocional), desde el punto de vista madurativo representan simplemente parte de la evolución normal del niño, algo que en ausencia de patologías va a suceder de forma natural y con muy poca estimulación.

Sin embargo, desde el punto de vista de lo social, son procesos que representan el ingreso del niño en lo socialmente convenido como aceptable en el mundo adulto. Cuando estos procesos se culminan, se considera que el niño ya ha ingresado en sociedad, ya no tiene un ritmo ni unas necesidades específicamente diferentes de las adultas (en toda su variedad).
Duerme toda la noche del tirón, come con cubiertos y no deja nada en el plato, va al baño cuando tiene ganas, se desteta... Son comportamientos resultado de un proceso de desarrollo pero que han sido tomados como símbolos de ingreso en lo social, de transición de una etapa a otra. Se dice que el niño ya "es mayor" cuando consigue consolidar estos avances.

Entrenar o adiestrar estos procesos viene a ser tan forzado como si pretendiéramos adiestrar a las niñas para menstruar a los doce años (todas en esa edad, ni un año arriba ni un año abajo) o a los bebés a caminar erguidos o a hablar correctamente, a los doce meses exactos.

El entrenamiento de estos procesos es un constructo cultural, es una necesidad paterna, social: no es una necesidad del niño bajo ningún punto de vista.

Cabe preguntarse, de hecho, por qué son susceptibles de entrenamiento el control de esfínteres o el sueño, y no lo son el balbuceo o el gateo. La respuesta es sencilla: estos últimos lo serán desde el momento en que a algún supuesto profesional se le ocurra publicar un libro con un método para conseguirlo. Con un buen apoyo mediático y respaldado por la terrible inseguridad de la que adolecen los padres de hoy en día, cualquier propuesta de esta índole tendrá éxito inmediato. En unos años, cientos de padres y madres primerizos creerán a pies juntillas que su hijo jamás caminará por si mismo si ellos no le ayudan (con ayuda del método, claro) y que, de no hacerlo, el niño sufrirá terribles secuelas y malformaciones en su forma de caminar.

Valga este ejemplo para acercarnos a la pregunta fundamental (que intentaré contestar más adelante): ¿por qué los adultos tenemos tal necesidad de ejercer el control sobre los procesos naturales relativos a la infancia y a los hechos de la vida y el desarrollo.. hechos que durante siglos no han necesitado de intervención, hechos que suceden con o sin nuestra mano por medio? y ¿Somos conscientes de lo que para el niño representa el hecho de entregar al adulto su voluntad y despojarle de los logros de su desarrollo y el placer que va asociado a ellos?

Por eso, es fundamental saber que si bien hablamos de procesos que tienen un alto valor social, no podemos imponerlos por el afán de llegar antes a ese valor. Entre otras cosas porque vamos a llegar de todas formas y a su debido tiempo.

Obviamente, lo deseable es que poco a poco el niño vaya ingresando en lo social (nadie dijo lo contrario), pero no podemos pretender que esto suceda ni antes de tiempo, ni de golpe. Su capacidad de ingresar en lo social comienza a alcanzar cotas altas alrededor de los tres años de edad. Algunos niños llegan antes, otros después. Antes de ese momento, pedirle a un niño que se comporte de forma socialmente aceptable es pedirle que haga un gran esfuerzo para el que no está preparado. Por eso , para recorrer este camino tenemos que invitarle al niño a hacerlo de nuestra mano y poco a poco, siendo de antemano buenos conocedores de lo que el niño puede darnos y de lo que no.

El desarrollo sucede de forma escalonada

El bebé, en el momento del nacimiento, ingresa en una sociedad de la que no sabe nada. De hecho, tras pasar nueve meses en un estado completamente fusionado a la madre, pasa a ser un individuo separado de ella físicamente. Pasarán largos meses hasta que el bebé se realice como un individuo diferenciado de su madre.

Este ejemplo sirve para ilustrar un hecho fundamental del desarrollo de los seres humanos: el desarrollo tiene lugar de forma escalonada. Esto significa que, al igual que sucede cuando subimos una escalera, cuando tenemos el pie apoyado en el peldaño superior, durante un tiempo mantenemos el otro pie apoyándose en el peldaño que vamos a abandonar. De otra forma, es imposible subir la escalera, al igual que sería imposible el desarrollo.

Así, cuando un niño nace, aunque físicamente ya sea un ser separado del cuerpo materno, una parte de él permanece todavía en un estado fusionado. Cuando ingresa en la individualidad, meses más adelante y de forma paulatina, todavía permanecerá durante bastante tiempo referido a la madre y alimentándose del campo emocional y vital de ésta. Cuando los "otros" ingresen en el campo afectivo del niño y éste comience a mostrar un comportamiento "social", todavía permanecerá con un pie en la relación cerrada con las personas más cercanas.

Cada paso adelante en el desarrollo conlleva la convivencia temporal de dos etapas. Visto así, no sólo es imposible que un bebé de pocos meses comprenda lo que se espera de él socialmente, sino que representaría un salto de tal magnitud que resulta inviable formularlo en términos de desarrollo.

Por eso, el idioma que hablan los niños cuando nacen y durante los primeros meses de vida, es diferente del de los adultos. No es un idioma social, es un idioma primitivo y básico.

Autoregulación

A este fenómeno de evolución automática, que tiene lugar durante toda la vida pero que es especialmente importante durante los tres primeros años, es a lo que llamamos “autoregulación”. Y es un fenómeno aplicable a las áreas de la alimentación, el sueño y el control de esfínteres principalmente, que son áreas sociales (porque con el avance de las sociedades estas funciones se han ido sofisticando) pero que están intimamente ligadas a una maduración física y neuronal.

No hay que confundir este concepto con el “libre albedrío”, porque está demostrado que para que la autorregulación pueda darse con éxito, sí son necesarias unas circunstancias y un entorno favorables, y estas circunstancias son principalmente responsabilidad de los padres, de modo que la presencia paterna y la disponibilidad, atención y seguimiento paternos sí deben estar ahí. Por otro lado, la propia palabra “auto-regulación” lo que nos está indicando es que la finalidad de la misma es la regulación, es decir la normalización de esos procesos y su ajuste paulatino a la realidad que nos ha tocado vivir.

Lo que sucede es que para favorecer la maduración en estos aspectos, no vamos a tener que entrenarlos (ya se entrenan solos) sino que lo que vamos a hacer es “invitarlos a suceder”, es decir, propiciar su progreso.

El entrenamiento en estas áreas resulta habitualmente estéril. Estéril en el sentido de que si bien se pueden conseguir resultados a corto plazo, a medio plazo los resultados obtenido suelen revertise (efecto boomerang) por lo que tenemos un problema que antes no teníamos y un control mal adquirido. De hecho, forzar determinados procesos puede tener consecuencias bastante negativas en el desarrollo del niño (futuros trastornos de sueño, trastornos relacionados con la retención de excrementos, trastornos de alimentación... todos ellos relacionados con la angustia que el niño asocia a hechos que deberían ser gozosos y formar parte de sus logros individuales).

De alguna manera, robarle al niño la capacidad de regular por sí mismo de forma natural estos procesos, es una constatación de la prepotencia con la que el mundo adulto se acerca al universo infantil. Desde una posición de poder, el adulto decide qué puede hacer el niño por sí mismo y qué va a hacer él por el niño. Hechos que han sucedido de forma natural durante miles de años, pasan a ser sujetos de intervención adulta, pasan a ser logros de los padres, no de los hijos.

Inconscientemente estas falsas atribuciones gestan una profunda desconfianza hacia la verdadera naturaleza del ser humano y sus hechos. Tenemos la sensación de que si no ejercemos el control sobre todas las situaciones relativas a la infancia, perdemos el propio rumbo. En realidad, es al contrario: recuperaríamos el sentido de la existencia humana si nos diéramos la oportunidad de reconectar con los hechos básicos de la vida desde el acompañamiento y la contemplación, no desde la manipulación y el intervencionismo.

Es una realidad incontestable que el niño llega donde tiene que llegar de forma natural, es decir, que llegará al mismo sitio más o menos al mismo tiempo, tanto si ha habido entrenamiento como si no lo ha habido.

Fundamentalmente podemos acompañar al niño en dos aspectos: primero, comprendiendo dónde está su punto de partida (recordemos al bebé neolítico) y dejando que sea él mismo quien vaya evolucionando hacia niveles superiores de forma natural , ofreciendo nuestro ejemplo, pues la imitación directa es una herramienta muy potente en esta etapa y, por último, creando a su alrededor el entorno más adecuado para que tenga lugar el desarrollo.

Violeta Alcocer.-

Ilustración: Juan Manuel Cicuendez.

martes 8 de julio de 2008

Un cuestionario para papás.



Estoy empezando a investigar sobre paternidad y crianza.
Me gustaría que los papás se animaran a contarme sus puntos de vista, vivencias y sentimientos al respecto. Lo positivo y lo negativo.
Quiero un mapa de la paternidad real, quiero ver las carencias y las experiencias reales, no ideales. Quiero ver cuáles son las quejas desde el punto de vista del hombre, no desde el de la mujer. Y cuáles son las alegrías.
Os pido vuestra ayuda para empezar a hacer este trabajo.

Cuestionario:

Instrucciones: no hace falta contestar todas y cada una de las preguntas. Son orientativas, la intención es guiar el discurso para tocar diferentes temas relacionados con la vivencia de la paternidad. Me gustaría que lo contestaran los hombres solos, aunque creo que puede ser un ejercicio muy positivo para la pareja el poder leerlo luego juntos.
Me lo pueden enviar a violeta@violeyant.com.
Toda la información será tratada de forma absolutamente confidencial.

0- ¿Por qué quisiste tener un hijo? ¿En qué momento estaba tu relación de pareja cuando tomásteis la decisión? ¿Estábais los dos de acuerdo?

1- ¿Qué sentiste cuando te enteraste de que ibas a ser padre? ¿cómo te lo contó tu mujer? ¿lo descubristeis juntos? ¿en qué momento de tu vida estábas entonces y qué pensabas sobre la paternidad? ¿era un embarazo deseado por ti? ¿fué buscado o fué una sorpresa?

2- ¿Cómo viviste el embarazo? ¿Cómo te sentiste durante los primeros meses y cómo fueron evolucionando tus sentimientos a lo largo de la gestación? ¿predominaron los sentimientos positivos o negativos? ¿cómo participastes del embarazo? ¿cómo preparaste el parto? ¿qué expectativas tenías sobre la paternidad entonces?
¿cómo crees que vivió el embarazo tu mujer? (no lo que ella cuenta, sino lo que tú viste)

3- ¿Cómo fué tu parto? (no el de tu mujer, el tuyo)

4- ¿Cómo fué tu primer contacto con tu hijo? ¿Qué sentiste entonces? ¿Cómo fueron los primeros días para ti, de qué te encargabas tu, qué hacías, qué sentías? ¿cómo veías a tu mujer? (no cómo te contaba ella que estaba, sino cómo la veías tu)

5- Qué sitio ocupaste durante los primeros meses de tu hijo en la familia? Qué sentimientos predominaban en ti? Qué sensaciones nuevas afloraron que no tenías antes de ser padre?

6- Qué sitio ocupas ahora en la familia? Qué haces en casa, cómo partipas en la vida familiar? Cuál crees que es tu papel en la vida familiar? Coincide este papel con el que a ti te gustaría tener? Qué papel te gustaría tener?

7- Cómo cambió la relación de pareja? Cómo ha ido evolucionando esa relación? Qué problemas hay? Qué reproches tienes hacia la nueva situación? Qué tienes que agradecer?
Qué cambiarías? Hacia dónde te gustaría evolucionar?

8- Cómo cambió tu vida (trabajo, vida social, familia extensa..) tras ser padre? Cómo ha ido evolucionando tu vida? Qué cosas echas de menos? Qué cambiarías? Hacia dónde te gustaría evolucionar?

9-Cómo es la relación con tus hijos? Cómo es el tiempo que pasas con ellos? Qué sientes hacia ellos (sinceridad, por favor)? Qué sienten ellos hacia tí?
Qué tipo de padre eres? Qué fallos tienes? Qué puntos positivos?

10- ¿Cómo fué tu infancia? ¿Cómo fué tu padre contigo? ¿Cómo fué tu madre? Qué cosas de tu infancia crees que influyen en tu forma de afrontar tu propia paternidad?

11- Cómo se combina tu paternidad con la maternidad de tu mujer? Consegúis un equilibrio? Chocáis a menudo? En qué chocais y en qué coincidís? Crees que hay un equilibrio justo entre vosotros a la hora de ejercer vuestras funciones? Qué cambiarías?

12- Cuando estás en crisis por tu paternidad, qué sientes, qué piensas, a quién se lo cuentas y cómo lo haces?

13- Cuando estás feliz por tu paternidad, qué sientes, qué piensas, a quién se lo cuentas y cómo lo haces?

14- Qué añadirías a este cuestionario?

GRACIAS

Ilustración: Oriol Roca.

miércoles 2 de julio de 2008

La Consola me Consuela.


No debería sorprendernos que nuestros hijos sean adictos. La mayoría de los adultos lo somos. A la comida, a los videojuegos, al éxito, al tabaco, al vino, al foro.. nuestra sociedad es una sociedad compulsiva hasta el extremo. Prácticamente todos los adultos que conozco tenemos una adicción en mayor o menor grado. Es una realidad tan invisible que hace que parezcan normales conductas como jugar durante interminables horas a una videoconsola (y no me refiero a los niños, ¡me refiero a los padres!) . Normales y socialmente aplaudidas y toleradas.
Me pregunto si ocurriría lo mismo si en vez de estar jugando a la consola papá o mamá estuvieran fumando porros o bebiendo vino, todas las tardes y la mitad de la noche.

Me diréis "pero no es lo mismo, los porros o el vino son drogas y esto no". Bueno, se considera adicción a toda conducta que genere estos fenómenos: tolerancia (cada vez necesito más cantidad para sentir los mismos efectos) y dependencia (cada vez me vuelco más en el consumo o conducta). En esta definición entran conductas de muy diversa índole.

Quiero dejar muy claro que desde el punto de vista terapéutico, el poder tóxico de una droga no es en absoluto indicativo de la gravedad de la dependencia: esto quiere decir que puede ser infinitamente más grave una dependencia a, por ejemplo, el éxito empresarial o el deporte, que una dependencia a la heroína.

Ambas destruyen a la persona, porque la persona no es solo cuerpo, ni riñones, la persona es una identidad.
De hecho, los efectos de las drogas sobre el organismo son mínimos comparados con la devastación que sufre el adicto a otros niveles: familiares, sociales, laborales, personales.

Los efectos que una videoconsola pueden tener sobre el sistema nervioso central quizá no son tóxicos como los del cannabis, pero me consta que pueden ser igual o peor de devastadores para la persona.

La conducta adictiva, independientemente de qué es lo que nos engancha, es el auténtico problema. Quiero decir que el problema no son las maquinitas, no son las chuches, no es el tabaco, ni las rebajas de zara. El problema es la adicción, se ponga ésta la máscara que se ponga, que en el fondo, da lo mismo.

Y más allá de todo esto, lo más importante es que lo que se transmite de padres a hijo NO es el tipo de adicción, es el MODELO ADICTIVO. Esto significa que el mal ejemplo no está en beber vino o jugar a la consola. Puede que a nuestro hijo nunca le dé por ninguna de estas cosas... pero dado que va a incorporar el modelo adictivo, lo reproducirá de una u otra forma porque desgraciadamente no sabrá hacer otra cosa para llenar su vacío existencial (al igual que nosotros no sabemos).

Como padres, tenemos la inmensa responsabilidad de trabajar nuestras carencias, que son los agujeros que intentamos tapar constamente con sustancias y objetos. POr lo menos, darnos cuenta de que vivimos una vida en la que no toleramos la falta, el vacío ni el dolor. Y que vivimos sometidos a la búsqueda del placer inmediato, a costa de sacrificar tiempo para pensar, para compartir, para doler juntos y para mirarnos mejor los unos a los otros.

Cuando nuestro hijo se "engancha" a las maquinitas, no busca placer, busca consuelo. Consuelo en la consola, tiene gracia. Por la pantalla se le van todos los sentimientos que no tienen nombre, todo el miedo, la angustia y el dolor que produce el pensamiento. La desconexión calma, da gustito, aplaza la sentencia de tener que enfrentarse a sí mismo. Nuestros hijos aprenden de nuestra propia cobardía, no lo olvidemos nunca. Evitan las mismas cosas que nosotros evitamos: el contar lo que nos pasa, el decirle al otro lo que no nos gusta de él, el sentimiento de soledad, el agujero, el darse cuenta.

No podemos quejarnos de las adicciones de nuestros hijos, pero sí podemos empezar a preguntarnos qué modelos adictivos se dan en el seno de nuestras familias. Simplemente, descubramos nuestra propia adicción y dejemos de pensar en términos de cantidad, gravedad o toxicidad, para pensar en términos de polaridad: ¿qué es lo que relegamos a la sombra de lo inexistente y qué es lo que dejamos para la luz del bienestar? ¿qué es lo que nos hace sentir bien? y de eso que nos hace sentir bien... ¿qué hay detrás?.

Solo así podremos empezar a cambiar nuestros propios modelos familiares por otros, nuestra forma de relacionarnos con el entorno y caminar hacia una forma de incorporación menos voraz.

¿Alguien se atreve?

Ilustración: Violeta Lópiz.