BIENVENIDOS

Dicen que nuestros hijos son nuestra viva imagen. A través de ellos nos miramos a nosotros mismos y sobre ellos proyectamos nuestros deseos, nuestras frustraciones, nuestras ilusiones y sueños. Los convertimos, sin darnos cuenta, en nuestro reflejo, como si mirásemos un espejo que siempre nos devuelve la misma imagen: la nuestra, con nuestros valores, nuestras creencias, nuestros sentimientos, nuestra forma de ver el mundo.

¿Qué sucedería si dejásemos de hacerlo? ¿Si dejásemos de mirarnos a nosotros mismos para verlos a ellos, los hijos e hijas que hemos traído al mundo? ¿Qué sucedería si hiciéramos un esfuerzo por comprender su realidad, sus afectos, su alegría y su dolor y lo hiciéramos desde ellos, no desde nosotros?

¿Qué ocurre cuando una madre y un padre atraviesan el espejo?
Os invito a comprobarlo a través de la lectura de estos textos, reflexiones y algunos cuentos.

lunes 15 de diciembre de 2008

Embarazos adolescentes.


Para comprender quiénes somos realmente, qué se encuentra en nuestra esencia, cuál es nuestra verdadera naturaleza, merece la pena en ocasiones remontarnos muchos miles de años atrás y tomar distancia para poder realmente tener perspectiva.

Hace algo más de diez mil años, recién finalizada la última glaciación (neolítico) la esperanza de vida era muy corta: pocos pasaban de los veinte años, excepto algún varón que lograba rozar la cuarentena.

Desde ese momento hasta la fecha, gracias a complejos logros vitales, los seres humanos que vivimos en el llamado primer mundo y en unas condiciones de “buena socialización” hemos conseguido alargar nuestra esperanza de vida notoriamente (aunque no puedo evitar mencionar que en paises como India la esperanza de vida no ha mejorado demasiado respecto a nuestros predecesores neolíticos e incluso en algunas barriadas de Madrid la esperanza de vida está en torno a los cuarenta).

Sin embargo, sucede algo curioso que ya he mencionado cuando he hablado de autorregulación, y es que algunos hechos fisiológicos propios de nuestra especie, al tener una pauta genética, suceden más o menos en el mismo momento de la vida, ya sea ahora, ya sea hace diez mil años.

Uno de los primeros fenómenos corporales cíclicos que pudieron observar nuestros antepasados del neolítico fue la menstruación.

La menarquia (o primera menstruación) se debe a una combinación de factores, incluyendo influencias genéticas, posición socioeconómica, estado general de salud y bienestar, estado de nutrición, ciertos tipos de ejercicio físico, influencia estacional y tamaño de la familia.

La menarquia, para nuestras antepasadas neolíticas, tenía lugar en torno a los diez-doce años. Actualmente, este margen es un poco más amplio (en parte por el tipo de dieta pobre en grasas e hidratos de carbono y complexión corporal de nuestras adolescentes), pero aún con todo, sigue manteniéndose en unos límites que no sobrepasan los dieciséis años siempre y cuando hablemos de niñas-mujeres sanas.

Sin embargo, nuestra esperanza de vida es muy superior a la de nuestras antepasadas.
Esto implica que vivimos, en nuestra sociedad y nuestra cultura, un fenómeno por todos conocido, que es la dilación de la madurez y por tanto el retraso paulatino del primer embarazo. Posiblemente en parte debido al aumento de la esperanza de vida y más aún a los aspectos que han favorecido este aumento, no es hasta aproximadamente los treinta años (año arriba, año abajo) que las mujeres nos sentimos lo suficientemente maduras (es decir, con una estabilidad emocional, afectiva, económica, laboral, de pareja etc..) como para desear conscientemente la llegada de un hijo.

La menarquia es el primer marcador psicológico de la transición de la infancia a la edad adulta o, por lo menos, lo era para nuestras antepasadas. En el neolítico, dado que la esperanza de vida no superaba los cuarenta, las mujeres quedaban embarazadas prácticamente desde la primera menstruación. Contaban con una tribu que cooperaba en grupo en el cuidado de la madre gestante y/o lactante (cuyos requerimientos calóricos tenían por cierto un alto impacto en la economía de la tribu), y también en el cuidado y la crianza de los hijos (que no se consideraban, por cierto, propiedad de los padres sino de la comunidad), hijos que se sucedían uno detrás de otro durante todo el ciclo reproductivo, con la única salvedad de los periodos de lactancia (prolongada hasta los cuatro años aproximadamente) como controlador de la natalidad.

Las mujeres de doce, trece, catorce años, gestaban, parían, amamantaban, criaban, cargaban a sus hijos y se ocupaban de las labores específicas que le fueran asignadas dentro de su clan porque existía una conexión total entre sus funciones fisiológicas y sus funciones psiquicas. Eran maduras cuando su cuerpo maduraba, porque vivían inmersas en una sociedad que las contenía y posibilitaba la realización plena de estas funciones. Vivían corta, pero intensamente.

Sin embargo, en nuestra sociedad, las mujeres maduran sexualmente por lo menos quince años antes de que alcancen la madurez en otros ámbitos de su existencia, entre los cuales se incluye el ámbito de la maternidad.

Así, sexualidad y maternidad-paternidad son dos áreas de la vida femenina y masculina que han quedado desligadas con el paso de los años, completamente desfasadas la una de la otra, arrítmicas.

En parte, el hecho de poder vivir la sexualidad sin el condicionante de la fecundación (gracias a los métodos anticonceptivos) ha supuesto una auténtica revolución para hombres y mujeres, que hemos aprendido a disfrutar de nuestros cuerpos y unir nuestras almas sin la responsabilidad de un embarazado no deseado. Procrear de forma controlada y bajo nuestra propia responsabilidad ha sido y es uno de los grandes logros de la humanidad: de ahí que hablemos de maternidad y paternidad libres y conscientes. De ahí también que actualmente parte de la energía de muchos padres y madres esté volcada en buscar los mejores recursos para la crianza de nuestros hijos (venidos al mundo bajo el signo de nuestro deseo muy personal), crianza que por cierto se ha individualizado hasta el extremo.

Sin embargo, este logro ha traído como consecuencia un vacío, un lado de nuestra consciencia de mujeres y hombres tan pobremente iluminado que en él se suceden sin parar los embarazos no deseados.

Me refiero al hecho de que las y los adolescentes no tienen interiorizado el hecho de que menstruación es igual a fecundidad, que sexo es igual a embarazo, que embarazo es igual a vida que crece y que esa vida empuja incluso antes de ser . No han incorporado el hecho de que la naturaleza dicta que están en la edad de ser padres y madres. Y que si quieren vivir de forma "libre" su sexualidad, antes tienen que comprender quiénes son y lo que desde ya están preparados para hacer.

Lo saben, porque todos lo sabemos, porque llevamos años concienciando e informando a base de campañas, centros de planificación familiar, programas sociales para jóvenes y un largo etcétera.

Pero no lo “sienten”.

Está claro que una chica de trece o catorce años sabe que sin preservativo puede quedar embarazada (o contraer una ETS), pero no lo siente. No lo siente en ella, no siente en ella esa capacidad, no la siente en su cuerpo, ni en su deseo, ni en su realidad, su día a día. La posibilidad de un embarazo resulta para ella tan irreal que ,por lejana ,queda en sombra, en imposible, en probabilidad cero, alejada de toda consciencia. Es un traje que sabe que tiene en el armario, pero que piensa que no le encaja. Ni lo mira. Hasta este extremo llega la desconexión con nuestro cuerpo de mujer y sus funciones.. desconexión que por cierto permanece, aunque hayan pasado los años, durante el embarazo, parto y puerperio: todas ellas funciones naturales que hemos delegado en “otros” , alejándonos de nuestras vivencias más primitivas y auténticas. Las mujeres de nuestra era no sabemos demasiado bien lo que nos pasa en el cuerpo.

Cuando una adolescente queda embarazada, y lo sospecha, y lo comprueba, y lo vuelve a comprobar… la primera reacción es sorpresa. ¿Ven? Ahí lo tienen. Sorpresa.
¿Y es que acaso no sabía que sin protección había riesgo? ¿Es que no conocía su anatomía básica y sus funciones, el momento de su ciclo menstrual y las probabilidades de concebir asociadas al mismo?
Les aseguro que si, que todo esto ella lo sabía. Pero insisto, no lo sentía… ni tenía por qué sentirlo, ojo; porque insisto en que en el mundo en el que vivimos una parte de la maternidad está en la sombra más absoluta, condicionada, de hecho, al momento social en el que puede hacerse visible. Y así vamos viendo desfilar ante nuestros ojos a miles de adolescentes sorprendidas por un embarazo de lo más natural y , por tanto, conectadas bruscamente con su condición de ser humano hembra bajo una nueva consciencia de sí mismas.

Nuestros líderes, nuestros profesores, nuestros políticos y nuestros jefes nos ofrecen una sociedad en la que resulta prácticamente imposible independizarse emocional y físicamente de la familia de origen antes de los treinta y con ello desear ser madres y padres. Sin embargo, el cuerpo (el primitivo) no entiende de leyes, ni de hipotecas, ni de matrimonios. No le sigue el hilo a nuestras mentes evolucionadas, modernas y cosmopolitas.

Y se embaraza igual que se embarazaba antes: con un coito, el coito de siempre, da igual que sea en la caverna o en casa de mis padres cuando están de viaje.

El problema, entonces, es que no basta con el condón (todos lo conocen, todos saben dónde conseguirlo y cómo usarlo), ni con la información (que todos tienen también).

El problema no es el embarazo adolescente: es el embarazo no deseado, ni siquiera pensado o imaginado.

Y la solución, de haberla, supongo que pasa por transmitir a nuestras hijas lo que su cuerpo es, lo que significa, lo que está preparado para hacer pese a que su ser más racional lo niegue y lo demore. Explicarles quiénes son, qué tipo de cuerpo animal les pertenece y lo que ese cuerpo hace cuando madura. Ayudarlas a recuperar la esencia de la femineidad a través de la recuperación de nuestra propia esencia (es decir transformando el modelo de mujer ejecutiva, activa, racional y masculina para ingresar en un modelo de mujer intuitiva, eficaz, continente y femenina). Enseñarlas a “sentir” y sentirse mujeres, orgullosas de serlo, de sus cuerpos, del nuestro.. entregarles la responsabilidad sobre sí mismas y recorrer juntas el camino de arrojar luz sobre nuestras propias cavernas: las cavernas de la deshumanización.

Violeta Alcocer.

Ilustración: Patricia Metola.

3 comentarios:

Somos tres dijo...

hola Violeta , es la primera vez que paso por tu blog...tu mirada sobre los embarazos adolecentes me parece completamente acertada. recuerdo mi sensacion adolecente de "no es posible que me pase a mi" mas alla de tener la informacion una se sentia como inmune, completamente desconectada con lo primitivo. Planteas un cambio para nuestras hijas, una revolucion...conocernos es la clave...me dejas pensando.
Beso enorme

Viole dijo...

Maravilloso, como siempre lo tuyo...


te sigo siempre

Bajitos a la Moda dijo...

Que interesante!
Tengo una sobrina de 15 años embarazada. La sensación que me dio es la descripta en el post: no lo sienten.
Ni siquiera tiene la idea romantica de que va a ser madre, simplemente porta un embarazo, sin conectarse, sin estar conciente de lo que es, de lo que viene. La frase de que es como un traje en el ropero, pero no le entra lo detalla con claridad.
Gracias por compartirlo