BIENVENIDOS

Dicen que nuestros hijos son nuestra viva imagen. A través de ellos nos miramos a nosotros mismos y sobre ellos proyectamos nuestros deseos, nuestras frustraciones, nuestras ilusiones y sueños. Los convertimos, sin darnos cuenta, en nuestro reflejo, como si mirásemos un espejo que siempre nos devuelve la misma imagen: la nuestra, con nuestros valores, nuestras creencias, nuestros sentimientos, nuestra forma de ver el mundo.

¿Qué sucedería si dejásemos de hacerlo? ¿Si dejásemos de mirarnos a nosotros mismos para verlos a ellos, los hijos e hijas que hemos traído al mundo? ¿Qué sucedería si hiciéramos un esfuerzo por comprender su realidad, sus afectos, su alegría y su dolor y lo hiciéramos desde ellos, no desde nosotros?

¿Qué ocurre cuando una madre y un padre atraviesan el espejo?
Os invito a comprobarlo a través de la lectura de estos textos, reflexiones y algunos cuentos.

viernes 19 de septiembre de 2008

Paternidad consciente I


El bebé nace de la barriga de la madre y es a ella a la que necesita para alimentarse y para su desarrollo en estos primeros momentos, de modo que todo su universo, de momento, parece estar referido a ella.

Sin embargo, el varón, que es el gran olvidado en esta etapa, tiene un papel realmente relevante en la familia en este momento.

El hijo es hijo de dos: un hombre y una mujer. Su organismo entero, desde el mismo momento de la concepción, participa de ambos, madre y padre. La madre provee al bebé del continente para la vida, un sitio donde gestarse y un cuerpo del que alimentarse. La madre pone todo su ser en el acto de dar la vida y, cuando el bebé nace, toda ella, en cuerpo y mente, se entrega a la tarea de sacar al bebé adelante.

Como todos sabemos, el organismo de la mujer se embarca en un apasionante viaje que la predispone al reconocimiento de las necesidades del niño, sus pechos se llenan de leche y su cuerpo percibe de forma excepcional los olores, sabores y sonidos asociados a su cría. El varón, sin embargo, si bien ha participado de la experiencia afectiva desde el comienzo, no puede participar de la experiencia física de engendrar, parir, amamantar o vivir el puerperio.

Casi toda la literatura referida a estos momentos se refiere sólo a las mujeres, como si la función paterna se limitara a haber depositado la semilla y a hacer los trámites legales para que su hijo ingrese correctamente en la sociedad.

Sin embargo, cada vez me encuentro con más hombres cuyas sensaciones y vivencias piden a gritos ser escuchadas y tenidas en cuenta dentro de este proceso.

Se ha escrito mucho sobre el instinto maternal y sobre cómo podemos recuperarlo las mujeres modernas para poder criar mejor y más eficazmente a nuestros hijos. Pero todavía tenemos mucho que ahondar en el universo masculino y los resortes de la paternidad y su instinto.
Nosotras, las mujeres, quien más y quién menos, hemos leído o escuchado algo sobre el estado en el que vamos a ingresar tras dar a luz. Tenemos una ligera idea de la experiencia que se nos avecina, escuchamos hablar de las palabras vínculo, lactancia, tristeza postparto, demanda, existen multitud de publicaciones dirigidas a nosotras como embarazadas y como madres…. Y aún así, nos resulta increíblemente difícil esa transición de mujer a madre.

Los varones apenas disponen de aviso, de información o bibliografía sobre el estado en el van a ingresar ellos tras el nacimiento de su bebé. De hecho, durante toda la preparación al parto y durante el propio parto tan sólo se alude al hombre como mera herramienta de trabajo (la sostendrás en los pujos, le recordarás las respiraciones, por favor salga de aquí que vamos a coser a su señora).
Incluso durante el postparto, es común felicitar a la madre por su esfuerzo e interesarse solamente por la díada milagrosa. Todo esto está muy bien, pero deja al varón en un término de invisibilidad aterrador.

Está claro que es la mujer la que está dando la vida y que los esfuerzos y la mirada de todos van a estar dirigidos hacia esa luz que irradian madre e hijo.
Pero no podemos olvidar que el padre, aunque en este momento tenga un papel un poco más secundario, está ahí con su experiencia, su proceso, su nuevo rol.

Nadie le habló de lo que iba a sentir, en ningún sitio están descritos su emoción, su miedo, su encuentro consigo mismo, su separación brusca de la mujer que ama y a la que le dió su simiente ni su encuentro con un hijo que a priori no le necesita a él.
Nadie habló del padre, pero todo el mundo le exige. Que esté en su sitio, que proteja, que haga las gestiones burocráticas, que aprenda rápido y bien su nuevo papel.

Tenemos que tener en cuenta que el varón cuenta con mucha menos preparación afectiva que la mujer para este momento: Él no vivió el embarazo en su cuerpo, no vivió el parto, sus pechos no rebosan leche, no tiene las hormonas que le van a inundar igual que a la mujer (aunque las últimas investigaciones sugieren que la paternidad sí está relacionada con el aumento de los niveles de determinadas hormonas que predisponen al cuidado y la protección de los demás) y , además, nadie le ha mencionado ni anunciado que su propio instinto va a estar ahí y que él mismo va a recorrer también un camino personal e interno para convertirse en padre. Por lo general, los hombres hacen este recorrido solos, apenas lo comentan entre ellos ni lo comparten con nadie.

Si se ve muy abrumado por la situación y por la avalancha de sentimientos que no puede manejar por sí mismo (y además, ahora no puede contar con su mujer pues ésta está haciendo su camino particular y la naturaleza la tiene “centrada” en la cría), es más que probable que se aisle y se sienta fuera de la familia, como si no encontrara su papel. Esta situación es triste y se puede prever si de antemano el hombre sabe a qué se va a enfrentar o si, durante el proceso, alguien le habla, le ayuda y reconoce lo que él está viviendo.

Si para las mujeres, con toda nuestra preparación, resulta difícil encontrarnos con esa parte primitiva que es la maternidad, imaginémos el recorrido que tiene que hacer el hombre para llegar al mismo sitio.

Violeta Alcocer.

Ilustración: Claudia Degliuomini.