
En el útero materno, el primer ritmo es el que imprimen las células en su multiplicación: la marcha interna al compás del desarrollo, de ser unas pocas células hasta ser un ser humano completo, listo para nacer.. y todo ello en nueve meses.
Pero cuando uno nace, todo cambia. Lo que antes era una experiencia total (alimentación, respiración, movimiento, sonido, sueño…administrados al bebé como un flujo constante y sin restricción alguna) pasa a ser una experiencia escindida: Inhalar y Exhalar. Incorporar y Defecar. Dormir y Despertar. Ser tocado o No serlo. Movimiento o Quietud. Sonido o Silencio. Luz y Oscuridad.
Estos son los ritmos básicos de la vida, aquellos con los que nos encontramos al abandonar el cuerpo materno. El bebé, que viene de otro mundo, no entiende todavía de mareas, ni de ciclos circadianos, ni obviamente de esperas ni demoras....; no entiende nada que no sea su experiencia previa y total.
Por eso, necesita un cuerpo que ya pertenezca a este mundo (el de la madre, en primer término) para a través de él ir ingresando en su nuevo estado vital. Así que, una vez nacido, el bebé “arritmico” , inestructurado, queda prendido de una madre “ritmica”, estructurada, para ser ayudado en su transformación. La madre habrá de perder su ritmo primero para, junto con su bebé, re-ingresar juntos en el mundo de las horas. Pero esto es otra historia.
Algunos los necesitamos para poder vivir: comer, defecar, inhalar, exhalar, dormir, despertar. Son inherentes a la propia vida. Son los básicos.
Pero el ser humano es un organismo complejo, con una estructura fisica compleja pero también con una estructura psiquica muy bien armada. Así que la psique, al igual que el cuerpo, necesita también de sus ritmos, sus hábitos, sus ciclos. Tangibles o intangibles, son los asideros o las guias que nos mantienen en el recorrido que hemos trazado para nosotros mismos.
Me da igual que esos hábitos sean salir a pasear al perro todas las mañanas caiga quien caiga, lavarse los dientes todas las noches o ir a pasear los domingos por la casa de campo, tanto si estoy deprimido como si estoy pletórico. Lo importante es tenerlos.
Y comprometerse con ellos, trascendiendo a todo estado de ánimo. Porque parte de su función es esa: trascender al ánimo, sujetarnos por encima de lo que me pasó puntualmente, sostener nuestra existencia gracias al compromiso con uno mismo. Servirnos de recordatorio o de punto de anclaje con el funcionamiento entero de un planeta que no para, que gira despacito pero gira siempre, todos los días.
Cierto compás, cierto ritmo, cierta danza familiar…. algo (lo que sea, me da igual qué) en forma de pequeñas certezas cotidianas que aporten a todos sostén, seguridad y sensación de estar en casa, de pertenecer a algo que se mueve al compás de la vida: a una familia, a un hogar, a una ciudad, a una península, a un planeta, a una galaxia, a un cosmos.
Violeta Alcocer.


1 comentarios:
Me encanta tu blog, gracias.
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