BIENVENIDOS

Dicen que nuestros hijos son nuestra viva imagen. A través de ellos nos miramos a nosotros mismos y sobre ellos proyectamos nuestros deseos, nuestras frustraciones, nuestras ilusiones y sueños. Los convertimos, sin darnos cuenta, en nuestro reflejo, como si mirásemos un espejo que siempre nos devuelve la misma imagen: la nuestra, con nuestros valores, nuestras creencias, nuestros sentimientos, nuestra forma de ver el mundo.

¿Qué sucedería si dejásemos de hacerlo? ¿Si dejásemos de mirarnos a nosotros mismos para verlos a ellos, los hijos e hijas que hemos traído al mundo? ¿Qué sucedería si hiciéramos un esfuerzo por comprender su realidad, sus afectos, su alegría y su dolor y lo hiciéramos desde ellos, no desde nosotros?

¿Qué ocurre cuando una madre y un padre atraviesan el espejo?
Os invito a comprobarlo a través de la lectura de estos textos, reflexiones y algunos cuentos.

viernes 26 de septiembre de 2008

Los hilos de la cometa.


Desde el momento de la concepción, nuestra existencia entera se vincula a unos ritmos. Ritmos biológicos, circadianos, lunares, menstruales, sexuales, cardiacos, respiratorios, estomacales… en realidad, la vida, desde que es vida, se encuentra adscrita a una especie de orden cósmico en el que todo tiene su momento, su intervalo y su sitio.

En el útero materno, el primer ritmo es el que imprimen las células en su multiplicación: la marcha interna al compás del desarrollo, de ser unas pocas células hasta ser un ser humano completo, listo para nacer.. y todo ello en nueve meses.

Pero cuando uno nace, todo cambia. Lo que antes era una experiencia total (alimentación, respiración, movimiento, sonido, sueño…administrados al bebé como un flujo constante y sin restricción alguna) pasa a ser una experiencia escindida: Inhalar y Exhalar. Incorporar y Defecar. Dormir y Despertar. Ser tocado o No serlo. Movimiento o Quietud. Sonido o Silencio. Luz y Oscuridad.

Estos son los ritmos básicos de la vida, aquellos con los que nos encontramos al abandonar el cuerpo materno. El bebé, que viene de otro mundo, no entiende todavía de mareas, ni de ciclos circadianos, ni obviamente de esperas ni demoras....; no entiende nada que no sea su experiencia previa y total.

Por eso, necesita un cuerpo que ya pertenezca a este mundo (el de la madre, en primer término) para a través de él ir ingresando en su nuevo estado vital. Así que, una vez nacido, el bebé “arritmico” , inestructurado, queda prendido de una madre “ritmica”, estructurada, para ser ayudado en su transformación. La madre habrá de perder su ritmo primero para, junto con su bebé, re-ingresar juntos en el mundo de las horas. Pero esto es otra historia.

De lo que yo quiero hablar, lo que quiero empezar a contar (si dejo de liarme..) es que, queramos o no, nuestra vida terrenal está escrita en estos códigos. Estos ritmos son los caminos por los que circulamos a lo largo de nuestra existencia. Y estos ritmos, según nos vamos enraizando en el planeta y nos vamos haciendo sensibles a sus influencias más sutiles, se van convirtiendo en rituales, en hábitos, en repeticiones.

Algunos los necesitamos para poder vivir: comer, defecar, inhalar, exhalar, dormir, despertar. Son inherentes a la propia vida. Son los básicos.

Pero el ser humano es un organismo complejo, con una estructura fisica compleja pero también con una estructura psiquica muy bien armada. Así que la psique, al igual que el cuerpo, necesita también de sus ritmos, sus hábitos, sus ciclos. Tangibles o intangibles, son los asideros o las guias que nos mantienen en el recorrido que hemos trazado para nosotros mismos.

Me pongo muy metafísica porque me gustaría comunicar precisamente algo muy sencillo y es que, amén de la propia higiene mental y el ritmo que cada uno le imprime a su pensamiento... el hecho de mantener unos ritmos, unos hábitos, un compromiso con uno mismo en el día a día… es una de las piedras angulares de la salud mental y de la vida en general.

Me da igual que esos hábitos sean salir a pasear al perro todas las mañanas caiga quien caiga, lavarse los dientes todas las noches o ir a pasear los domingos por la casa de campo, tanto si estoy deprimido como si estoy pletórico. Lo importante es tenerlos.

Y comprometerse con ellos, trascendiendo a todo estado de ánimo. Porque parte de su función es esa: trascender al ánimo, sujetarnos por encima de lo que me pasó puntualmente, sostener nuestra existencia gracias al compromiso con uno mismo. Servirnos de recordatorio o de punto de anclaje con el funcionamiento entero de un planeta que no para, que gira despacito pero gira siempre, todos los días.

Vuelvo a la familia, aunque ahora ya es fácil comprender por donde voy. Los hábitos son importantes también para los niños. Las rutinas, los pequeños compromisos diarios con las propias cosas. Hablo de compromiso porque creo es importante también pensar sobre esto: las obligaciones (cuando son férreas e impuestas) nos atan, los compromisos (los que nacen de dentro y los que son coherentes con el interior de uno) nos dan la libertad de ser nosotros mismos, son la capa que nos permite volar, el hilo de nuestra cometa.

E importante, más que el hecho de cumplirlos o no (que también), es el hecho de ayudar a nuestros hijos a interiorizar cierta estructura que vaya más allá de lo anímico, del momento dado, de lo concreto que me impide o me empuja. Trasnmitirles no sólo nuestros valores, sino también nuestros pequeños compromisos vitales: el cuidado de uno mismo, el disfrute de la naturaleza, el cuidado de los demás..

Cierto compás, cierto ritmo, cierta danza familiar…. algo (lo que sea, me da igual qué) en forma de pequeñas certezas cotidianas que aporten a todos sostén, seguridad y sensación de estar en casa, de pertenecer a algo que se mueve al compás de la vida: a una familia, a un hogar, a una ciudad, a una península, a un planeta, a una galaxia, a un cosmos.

Violeta Alcocer.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Me encanta tu blog, gracias.