Si bien es cierto que la mayoría de los bebés de madres mayores de 35 años nacen sanos, la realidad es que las mamás que superan esa edad suelen forzar la llegada de su primer o segundo hijo por cuestiónes “de riesgo”.
Muchas son las mujeres de más de 35 que viven una lucha interna entre la calculadora y el instinto: quizá desean esperar un poco para plantearse la maternidad (o un segundo hijo), pero la medicina y la sociedad en general las presiona para afrontar de forma racional algo tan difícilmente racionalizable como la concepción. Porque, en realidad, la racionalidad está frontalmente reñida con la creación de una vida (que es algo que sucede precisamente gracias a la conexión con los planos más profundos e instintivos del ser humano), pero tal y como está planteada la vida moderna, a la mayoría de las mujeres parece que no nos queda más remedio que abordar nuestra capacidad reproductiva haciendo números, cálculos y estadísticas.
Y paradójicamente, los mismos investigadores que nos advierten de que la mejor edad para preñarnos son los 34, nos avisan de que a partir de los 35 entramos en ese grupo de madres cuyo embarazo se considera de“riesgo”.
¡Ya me contarán ustedes en qué momento entre los 34 y los 35 tiene una mujer tiempo de formar una familia! (ideal, eso sí.. pero ¿ideal para quién?).
Es cierto que pasados los 35, además de que la fertilidad disminuye progresivamente, aumenta exponencialmente el riesgo de trastornos cromosómicos o malformaciones en el bebé… pero también lo es que la mayoría de mujeres que dan a luz después de esta edad tienen hijos sanos (alrededor del 95 por ciento de las mujeres que se someten a la amniocentesis reciben la buena noticia de que su hijo está perfecto) ,
Por otro lado, es cierto que a partir de los 35 existe mayor riesgo de padecer enfermedades como hipertensión, diabetes o alteraciones tiroideas, y de que éstas se manifiesten durante el embarazo… pero también lo es que estas enfermedades pueden ser prevenidas con un buen chequeo médico previo y unos hábitos de vida saludables.
Es decir, que si la prueba prenatal no determina que existen defectos congénitos y la madre se encuentra sana, el bebé tiene el mismo riesgo de tener defectos de nacimiento a los 36 que si la madre tuviera entre 20 y 30 años de edad.
Ojo, que no estoy negando la importancia de poder contar con avances científicos, que tantas vidas salvan.
Lo que estoy haciendo es cuestionando la presión que, amparada en el discurso científico, convierte a la mujer embarazada, una vez más, en una enferma. Y por otro lado me horrorizo un poco de hasta dónde hemos llegado…. Qué suerte tenían, en cierto sentido, aquellas mujeres que concebían sin tener que pasar el examen de la idoneidad, porque lo hacían libremente y de acuerdo con su instinto.
Ahora, la vida está tan lejos de la vida, que las mujeres y los hombres de nuestra sociedad no nos sentimos seguros de nada: ni de nuestra capacidad reproductiva, ni de nuestra capacidad de llevar un embarazo a buen término, ni de parir de forma humana (si, humana) ni de criar a nuestros hijos según dicta el corazón. Todo lo hemos dejado en manos de otros, de profesionales que nos aseguren que podemos pero que al mismo tiempo “ya se hacen cargo ellos”, ofreciéndonos (a veces imponiéndonos) reglas, estadísticas, métodos, normas y mesuras.
Igual estoy hilando demasiado fino, pero creo que tanto algunos embarazos adolescentes no deseados como los embarazos en la tercera edad (tan bonitos para los padres y tan poco bonitos para los hijos que quedan huérfanos apenas rozan la adolescencia, si tienen suerte), son pruebas fehacientes del error garrafal que estamos cometiendo al desposeer al ser humano de su propia responsabilidad sobre la vida y depositar ésta enteramente en la medicina y la técnica.... como si la vida fuera algo ajeno a nuestros cuerpos, a nuestro s instintos, a nuestros ciclos vitales y nuestros movimientos internos más sutiles.
Ilustración: Patricia Metola



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