BIENVENIDOS

Dicen que nuestros hijos son nuestra viva imagen. A través de ellos nos miramos a nosotros mismos y sobre ellos proyectamos nuestros deseos, nuestras frustraciones, nuestras ilusiones y sueños. Los convertimos, sin darnos cuenta, en nuestro reflejo, como si mirásemos un espejo que siempre nos devuelve la misma imagen: la nuestra, con nuestros valores, nuestras creencias, nuestros sentimientos, nuestra forma de ver el mundo.

¿Qué sucedería si dejásemos de hacerlo? ¿Si dejásemos de mirarnos a nosotros mismos para verlos a ellos, los hijos e hijas que hemos traído al mundo? ¿Qué sucedería si hiciéramos un esfuerzo por comprender su realidad, sus afectos, su alegría y su dolor y lo hiciéramos desde ellos, no desde nosotros?

¿Qué ocurre cuando una madre y un padre atraviesan el espejo?
Os invito a comprobarlo a través de la lectura de estos textos, reflexiones y algunos cuentos.

viernes 5 de septiembre de 2008

Cuando la vida se apaga.


Nuestros hijos son nuestros pies en el mundo, nuestro amor por ellos es el eterno combustible de nuestro corazón, su destino es la flecha que tensa nuestro arco vital.

Y un hijo nunca deja de serlo, aunque a lo largo de la vida además de nuestro hijo sea un estudiante, un trabajador, un padre, un amigo o un amante. Un hijo es siempre un hijo, tenga la edad que tenga, sea lo que sea en lo que la vida lo haya convertido.

Cuando un hijo muere, dicen que se desprende una parte de uno mismo que jamás se vuelve a recuperar. Que la vida ya no es vida, sino supervivencia.

Todos aquellos que han perdido un hijo merecen el más profundo respeto y cariño de aquellos que podemos disfrutar de los nuestros. Merecen un sitio, siempre, en nuestro corazón.

Que su pérdida guie nuestras acciones y nos haga a todos más bondadosos, más empáticos, más lúcidos en nuestros afectos y más conscientes de que la vida es frágil y bella y que es imperativo vivir, sufrir y amar… aquí y ahora.

No hay consuelo para el que se duele de perder un hijo, pero como decía una madre que perdió al suyo: “peor que su muerte hubiera sido no llegar a haberlo conocido”.

Julio fue para mi un compañero de colegio y un amigo. También fue el hijo de Paloma. Su vida se apagó, dejando en su lugar asombro, incredulidad, dolor y nostalgia. Yo nunca le olvidaré.


Ilustración: Antoine de Saint-Exupéry

2 comentarios:

Brujinia dijo...

Es duro perder un hijo. No importa si lo conociste o no. Mi hijo murió a la hora y media de nacer, pero desde su concepción lo sentí mío y a pesar del notición de que lo mejor que le podia pasar ea morirse, cuando tenía 7 meses y medio de gestación, siempre fue y será parte de mi. Pienso en él todos los días y pese a que mi gordita llegó dos años después y sigo intentando ir a por otro, siempre, siempre me faltará uno.
El dolor es el mismo, tanto si lo conociste como si sólo tuviste unos minutos para despedirte de su cuerpo inerte. La diferencia son los recuerdos que puedes atesorar de alguien que compartió un tiempo contigo y que en mi caso son meras suposiciones o pensamientos sobre cómo y qué hubiera hecho en determinadas circunstancias.
Gracias por tu blog Viloeta.

violeta alcocer dijo...

Gracias a ti por compartir tu experiencia conmigo y por valorar mis textos.