
En las relaciones con nuestros hijos, predomina esta idea como base del auténtico respeto: “Dejarles volar cuando llega el momento” .
Todos los niños criados con apego y respeto, antes o después, desean compartir su vida con otras personas, disfrutar de nuevas experiencias, establecer otras relaciones, otros vínculos que se suman unos los sólidos lazos paternales , que les mantienen seguros y firmes en su voluntad de avanzar.
Dejar marchar es complicado. Pero todos sabemos que es la única forma de “tener”, porque, en realidad, se tiene lo que se da.
Ofrecerle a nuestros hijos un lugar constante en nuestros brazos no significa que estemos tejiendo a su alrededor una red de la que le será imposible escapar. Si el amor es maduro, si nuestras necesidades afectivas están colmadas (y no esperamos colmarlas a través de nuestros niños), si realmente podemos ofrecernos como los sólidos pilares a los que aferrarse cuando lo necesitan, esa misma solidez es la que nos mantendrá en nuestro sitio cuando nuestros hijos deseen empezar a crear su propio mundo: sin ir detrás de ellos, sin sujetarles.
Y solo la empatía, el respeto y un minucioso análisis de nuestros propios deseos, enganches y proyecciones, nos proporcionarán la lucidez necesaria para saber cuándo es el momento, sin confundirnos ni perdernos en nuestras propias necesidades (impidiendo a nuestros hijos vivir su deseo de independencia) y sin confundirnos ni perdernos en la intolerancia social a la intimidad, que nos hace dudar constantemente sobre la bondad de nuestros vínculos.
En realidad, nuestra función se basa en acompañarles, no en acompañarnos de ellos.
Los cimientos de la personalidad no se construyen de la noche a la mañana. Es un proceso que dura años, al igual que las raíces de los árboles tardan varias primaveras en arraigar con fuerza bajo el suelo que las contiene.
Hasta entonces, hay que estar muy seguros de que defender el derecho de nuestros hijos a estar a nuestro lado nos acerca a todos al verdadero crecimiento. Y dejarnos llevar suavemente por la contradicción que todo padre y madre arrastran consigo (te quiero siempre cerca pero al mismo tiempo quiero verte volar), alimentando el lícito deseo de tener más espacio en nuestras relaciones pero ayudando a que la fruta madure con calor, cobijo, consuelo y cercanía constantes.
Dice Jorge Bucay en su libro “El camino de las lágrimas”: “ Lo que sigue a aferrarse siempre es el dolor (…) y esto pasa con la posesividad de cualquier relación, aún en aquellos vínculos más amorosos. De hecho, lo que hace de mis vínculos, sobre todo los más amorosos, espacios disfrutables, es poder abrir la mano, aprender a no vincularnos desde el lugar odioso de atrapar, controlar o retener, sino de la situación del verdadero encuentro con el otro, que solo puede ser disfrutado en libertad”.
Ilustración: Elena Ferrer.


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