BIENVENIDOS

Dicen que nuestros hijos son nuestra viva imagen. A través de ellos nos miramos a nosotros mismos y sobre ellos proyectamos nuestros deseos, nuestras frustraciones, nuestras ilusiones y sueños. Los convertimos, sin darnos cuenta, en nuestro reflejo, como si mirásemos un espejo que siempre nos devuelve la misma imagen: la nuestra, con nuestros valores, nuestras creencias, nuestros sentimientos, nuestra forma de ver el mundo.

¿Qué sucedería si dejásemos de hacerlo? ¿Si dejásemos de mirarnos a nosotros mismos para verlos a ellos, los hijos e hijas que hemos traído al mundo? ¿Qué sucedería si hiciéramos un esfuerzo por comprender su realidad, sus afectos, su alegría y su dolor y lo hiciéramos desde ellos, no desde nosotros?

¿Qué ocurre cuando una madre y un padre atraviesan el espejo?
Os invito a comprobarlo a través de la lectura de estos textos, reflexiones y algunos cuentos.

viernes 18 de julio de 2008

Ser o no Ser


Estamos acostumbrados a escuchar expresiones del tipo “además de padres somos personas” o “durante la semana soy una trabajadora y los fines de semana soy madre”.

Casi todos empleamos, en uno u otro momento, expresiones que desdoblan la personalidad de uno mismo en dos funciones: la de padre/madre y cualquier otra (esposa, mujer, trabajador). Como si la paternidad y la maternidad fueran hechos circunscritos al tiempo que pasamos con nuestros hijos o pensando en ellos.. y todo lo demás fuera nuestro “otro yo”.

Este tipo de pensamiento, este abordaje de la paternidad como una tarea (en la que ponemos todo nuestro amor y energía, eso si) que llevamos a cabo al margen casi de nosotros mismos o, como mucho, como parte fundamental de nuestra personalidad que se complementa (si puede) con todo lo demás, empobrece terriblemente el concepto de paternidad y lo aleja de la verdad.

Nos hace daño porque nos da a entender que el hecho de ser padres excluye la realización de cualesquiera otras funciones vitales, por lo que nos ubica, inconscientemente, en una jaula de oro desde la que observamos al resto de los mortales como seres libres de ser “ellos mismos”.

Es fácil caer atrapados en esta forma de acercarse a la paternidad y la maternidad (“soy madre pero también soy una mujer”) porque a todos los padres nos resulta, en ocasiones, abrumadora nuestra nueva condición vital. Nos aferramos a este mapa de las cosas porque nos da la esperanza de que “ahí fuera” hay algo más que ser además de lo que somos.

De hecho, cuanto más aferrados estamos a este concepto más abrumadora nos va a resultar la paternidad: ¿Quién no ha quedado una noche con las amigas “para tomar unas copas, como antes (de ser madres, se entiende)” y se ha pasado la mitad de la noche pensando en sus hijos, incapaz de desconectar de aquello de lo que huye?

Cuando nos sentimos culpables por estar riendo con una amiga delante de un refresco (se entiende que nuestro hijo ya es mayorcito y está tranquilamente con papá en casa), lo que pensamos es que hemos abandonado a nuestro hijo.

Y nos sentimos culpables con razón, porque es cierto, le hemos abandonado. Pero no en el sentido literal (que es el que nosotras creemos, equivocadas, con lo cual volvemos a nuestra jaula dorada durante unos meses, hasta que no podemos más y repetimos la historia), sino en un sentido simbólico. Si salimos de casa para “ser otra” durante una noche, estamos claudicando en nuestro compromiso. Nos estamos quitando la piel de la maternidad para ponernos supuestamente otra. Y lo que en realidad sucede es que nos quedamos desnudas y desnudos.

El secreto, obviamente, está en el hecho de que es imposible huir de lo que se es.

No se trata de no salir una noche con las amigas, se trata de que somos madres y padres que salimos una noche a pasarlo bien. Es una cuestión de matices. Si comprendemos que la paternidad y la maternidad nos permiten ser nosotros mismos de muy diferentes formas, no pereceremos ni bajo la culpa del abandono ni bajo la sensación de vivir encarcelados y anhelando mejores vidas.

En realidad, ser padre y madre son hechos totales. No es un rol, ni una actividad. Es un estado vital.

Por un lado, fisiológico, puesto que el hecho de ser padres significa que nuestra actividad biológica ha hecho posible la creación de otro ser vivo, es decir que nuestra carga genética se ha unido a otra para constituirse en un ser diferenciado de nosotros, por lo que nuestra misión biológica en esta vida –la reproducción como impulso perpetuador de la especie- está cumplida-. Fisiológico en el sentido más estricto de la palabra para la mujer, cuya gestación y partos se suman a la memoria de su organismo, transformando éste para siempre. Y fisiológico en un sentido más extenso para el hombre, cuya dotación genética ya anda fuera de él para ser trascendida por generaciones.

Paternidad y maternidad son estados vitales también en un sentido profundo y psiquico, pues el hecho de ser padres desencadena en el ser humano (hombres y mujeres) nuevos funcionamientos neuroquimicos (entre los cuales se incluyen, por ejemplo, el aumento de niveles de hormonas como la oxitocina que nos predisponen a prodigar cuidados a la propia especie, entre otras cosas) que a su vez desatan un torrente de emociones y afectos que re-conforman la estructura psiquica de la persona. Esto se traduce en el recorrido personal al que nos aboca la paternidad, el reencuentro con nuestra verdadera naturaleza y el nacimiento de un nuevo yo transformado. Ser padres nos convierte en otras personas. No hay marcha atrás, así como la mariposa no puede volver a ser larva.

Desde un enfoque sistémico, la paternidad nos reubica respecto al mundo entero, respecto a nuestra familia (pasamos de ser hijos a ser padres), nos confiere un nuevo status en relación a todas aquellas personas y sistemas con los que estamos vinculados. Hay un movimiento, la paternidad y la maternidad, que mueve y convulsa lo que hasta el momento permanecía establecido, influyendo no sólo en nuestras vidas y afectos sino en las vidas y afectos de los que nos rodean. Nuestros padres pasan a ser abuelos, nuestros hermanos tíos, nuestros primeros hijos hermanos.

La paternidad es, entonces, un hecho total, un estado vital. Lo más parecido a esta definición podría ser el hecho de estar vivo o muerto. La vida, así como la muerte, lo abarcan todo. Así sucede con la paternidad. Se es padre o no se es.

Por eso, cuando uno dice: “además de padre soy deportista” está siendo tan redundante como si dijera “además de estar viva, quiero ser una profesional”.

Este ejemplo es un poco extremo, pero ilustra muy bien lo que siento cuando escucho o digo expresiones de ese tipo.

Sin ir tan lejos en la comparación, podríamos también pensar en un estado vital que uno asume con total compromiso: el matrimonio. Pocas veces escuchamos decir “si, estoy casada, pero además quiero ser una persona ¿eh?”. Nadie duda que lo fuéramos, ¿no?.

El matrimonio es un estado civil que incorporamos a nuestra identidad con facilidad y que nos acompaña en todas las parcelas de nuestra vida.

¿Por qué no sucede lo mismo con la paternidad? ¿Por qué intentamos acotar nuestro estado de padres a unas áreas y dejamos fuera las demás?

¿Acaso es incompatible ser padres con ser viajeros, deportistas, ardientes, trabajadores, estudiosos e idealistas? No lo es.

De hecho, la paternidad inaugura nuevas compatibilidades hacia nuestros anhelos. Quizá no seamos del todo conscientes, pero el arrojo y la seguridad en sí misma que muestra esa ejecutiva cuando negocia un contrato millonario, la obtuvo gracias que se vió a si misma capaz de conseguir una lactancia exitosa. La capacidad de tolerar la ansiedad que vemos en ese deportista antes de una carrera, la ganó para sí gracias a haber lidiado, contenido y tolerado las interminables noches de llanto de su bebé. El idealismo y la alegría de esa actriz son el resultado de la enfermedad que superó su hija mayor. El tesón y el optimismo de ese médico que salva vidas los obtuvo después de superar el aborto de su primer hijo.

La maternidad y la paternidad envuelven nuestra vida. Están en todo lo que hacemos, en todo lo que hoy somos. Nos aporta nuevas capacidades personales, porque maternidad y paternidad son estados vitales de confrontación constante con la propia historia, la propia vida, la propia verdad.

Y en su largo recorrido (porque es toda una vida), nos brindará las ocasiones de realizarnos personalmente de diferentes formas y en diferentes ámbitos, según vaya madurando en paralelo nuestra relación con nuestros hijos. Los hijos nos van a ir necesitando de diferentes formas a lo largo de su vida: si mantenemos con ellos el compromiso de atender sus necesidades, observaremos que con el tiempo se irán desplegando ante nosotros diferentes caminos de expansión personal. Llegarán los ratos de ocio con los amigos, la intimidad con la pareja, el trabajo que nos gusta, ese viaje que soñamos. Llegarán igual que a la vida de nuestros hijos llegarán también los amigos, el gusto por descubrir el mundo, la familia extensa o las aficiones personales.

Ser padres (al igual que ser hijos) no es un estado rígido, es un estado vivo, que fluye como un río a lo largo de los años y que nos va a permitir entregarnos a ese compromiso de diferentes formas y maneras y, por tanto, relacionarnos con el mundo, con nosotros mismos y con los demás, desde distintas perspectivas.

Así, seguimos siendo madres y madres cuando bailamos con una copa de más en el cuarenta cumpleaños de nuestros mejores amigos. Lo somos cuando negociamos con el banco las condiciones de la hipoteca o cuando hacemos el amor.

Seguimos siendo padres, aunque en ese momento no estemos pensando en pañales, ni en muslos regordetes, ni en educación. Porque padres y madres no es lo que hacemos en un momento dado: es lo que somos.

Es cierto, no hace falta pensar en nuestros hijos cuando hacemos ese brindis entre amigos (aquellos del cumpleaños), ni cuando tenemos una sesión erótica con nuestra pareja, ni cuando cenamos en un romántico restaurante.

Pero sí podemos agradecerles, cuando desayunemos con ellos al día siguiente, que nos hayan enseñado a disfrutar de la vida como sólo los niños (y ahora nosotros) saben hacerlo.

Violeta Alcocer.-

P.D. Invito a todos los lectores y lectoras a visitar los comentarios hechos a este post. La aportación hecha por Fran San Miguel es muy enriquecedora.

Ilustración: Elena Ferrer.

5 comentarios:

Pilar dijo...

violeta, gracias por escribir esto de un modo tan claro, hace tiempo que lo siento así. pese a tener momentos de sentirme en la jaula, tambien soy capaz de marcharme de una cena de amigas a medianoche porque mi hija pequeña desperto y solo tiene consuelo con el pecho de mamá (aún tiene 10 meses). y lo hago contenta del tiempo que disfrute con mis amigas, y sabiendo que esto podia pasar porque la bebe tiene unas necesidades que yo no voy a obviar. porque cuando me voy con mis amigas no dejo de ser madre, estoy allí y nada más, no soy otra persona que se escapa de su cárcel casera... bueno que me enrollo, que lo voy a pasar a mucha gente porque merece la pena. estoy cansada de oír a la gente quejarse de sus hijos, y de lo esclava que es la paternidad/maternidad.
¡felicidades!

Fran San Miguel dijo...

Violeta, soy Fran, el hermano de Pilar. En esta ocasión disiento, no por experiencia propia, sino por experiencia propia.

No he tenido hijos ni hijas, pero he sido padre. Padre de mi padre, padre de mi exnovia, padre de mis alumnos, y te aseguro que puntualmente he sentido todas esas emociones que comentas. Incluido el no dormir, el sentir que mis genes se están prolongando en mis alumnos, a través de la energía que invierto en ellos, el sentirme prisionero puntualmente.

Sin duda mi conclusión es que la paternidad, tal como se aureolea en tu escrito, tiene todos los elementos para ser simplemente un rol social (tu hablas de "nuevos status") adscrito a un origen biológico.

No entiendo qué significa un estado vital. Siempre tenemos un estado vital, el actual, el presente. Y nunca es sustancialmente diferente del momento anterior, sólo es distinto. No existe discontinuidad ni salto cualitativo en el proceso, excepto que pretendamos hacer un corte teórico y empalmar un momento (nuestra infancia) con otro (nuestra adultez). Entonces sí se produce esa diferencia cualitativa. Con esto quiero decir que se es padre y madre poco a poco, no de repente. Es como aprender a nadar o a tocar la guitarra. Hay una diferencia cualitativa entre mí y mi director del colegio. Yo sé tocar y él no. Eso me implica todo, mi sensibilidad con la música, mis neuroreceptores se activan de otra forma, mi tacto digital, el tono de mi voz, mi ternura o mi sexualidad. Y todo ocurre poco a poco.

No entraré a discutir el asunto de la responsabilidad hacia los hijos. Sin embargo sí apuntaré que tal como la presentas me parece que suena a superresponsabilidad, y que intuyo, se enfoca más a satisfacer las necesidades proyectadas en el niño que en permitirle satisfacerlas por sí mismo de muchas formas.

El elemento clave en la maduración es el autoapoyo. Y mientras estemos siempre listos y disponibles para echar una mano, los demás nunca se van a echar una mano a sí mismos.

En tu comparación de la paternidad con el matrimonio siento mis razones reforzadas. "Viajeros, deportistas, ardientes, músicos, etc..." además de habilidades, son principalmente roles, es decir funciones en relación.

Por otro lado, todo lo que vivimos en nuestra vida nos permite ser quienes somos, ejercitar nuestra profesion y disfrutar de nuestras emociones. Ser capaz de una lactancia exitosa no sube más la autoestima que ser capaz de pedir un abrazo a nuestro padre, o decir que no a nuestros hijos.

Propongo tener mucho cuidado con cosas como "que el idealismo y la alegría de esa actriz son el resultado de superar la enfermedad de la hija mayor". Denota una proyección en los éxitos ajenos (sea el padre, la hija o el amigo) que está bastante lejos de la verdadera fortaleza y alegría personal. Si son los demás los que nos provocan que vivamos alegres y optimistas, poco autoapoyo tenemos.

Desde luego que vivir la paternidad debe ser una experiencia de aprendizaje y desarrollo personal maravillosa, al menos tanto (seguro que más) como la que se da en cualquier relación de ayuda entre dos personas que se acompañan.

Mientras los padres no necesiten que sus hijos les necesiten para ser personas, no hay ningún problema. Quizá debamos preguntarnos ¿me hace ilusión que mi hijo me necesite o simplemente respondo con amor a la circunstancia que he elegido para mi vida y que vivo en este momento de esta forma irrepetible?

Quizá los niños nos han enseñado a disfrutar de la vida lo que nosotros no hemos aprendido sin ellos, y es maravilloso. Pero eso no los hace responsables de nuestro disfrute. Fue un acierto abrirnos como adultos a su falta de esquemas, y aprender. Se dio, y ya está. Qué bueno.

Mis padres me dieron muchas cosas buenas y maravillosas que les he agradecido en muchos momentos. Una buena que no obtuve de ellos fue "aprender a pedir", otra "a ponerme a mí en el centro de mi vida y no a ellos". Quizá ellos siempre me dieron lo que aún no había pedido, y yo era el centro de su vida, y no ellos mismos. Eso me ha exigido un esfuerzo brutal, para deshacerme del objetivo de la paternidad como único que puede dar sentido a la vida.

Ahora estoy feliz porque seguro que compartiré mi vida con otros seres humanos a los que invitaré a la vida, pero no viviré para ellos. Seré responsable con mi invitación, y disfrutaremos y aprenderemos juntos.
Seguro que mis hijos percibirán sin darse cuenta que ellos no son el centro de mi vida, y que se pueden marchar cuando quieran porque a mí no me pasará nada. Que desearé verles bien, como me pasa con toda la gente a la que quiero, pero si están mal serán ellos los que estén mal y no yo. Pues no me viviré en ellos, sino en mí. Llegado el momento ellos serán compañeros, como al fin he logrado que seamos mi padre y yo.

Quiza olvidamos que ser persona, desarrollarnos no es algo devaluado. Es nuestra verdadera tarea vital; sean quienes sean las personas a las que invitemos a nuestra vida. Una persona no tiene otro status por ser padre o madre, como afirma tu artículo. No es más ni menos, ni diferente. Es una persona en crecimiento vinculada a otras (salvo que pretendas lograr status cualitativamente diferente con tu maternidad, sería una mala utilización de ésta).

Releo tu artículo y me siguen sorprendiendo cosas... "se es padre o no se es", ¿y qué más da?... te parafrasearía con "se es negro o no se es", "se es varón o no se es" pero no nos vamos poniendo excusas ni títulos por ser varones o morenos.

Hablando de crianza natural, me parece desnaturalizado que un adulto se deje morir, se niegue para que su hijo/a viva. Moralmente no lo valoro.

Para mí un ser humano que deja de satisfacer sus propias necesidades para satisfacer las expectativas de otro no es capaz de preparar a otros para vivir. No conozco ningún ejemplo en la naturaleza.

Un padre o madre que actúe así podrá refugiarse en unos nuevos y alternativos parámetros sobre la paternidad a los que está siendo muy fiel, contrarios incluso a los tradicionalmente dañinos, pero no acompañar el aprendizaje de otro con respeto.

Me alegro que estéis tan entregado a vuestra tarea familiar, y quizá sea este el momento para ello. ¿Qué pasará dentro de tres años cuando los/as chicos/as tengan 6 o 10 o 15 años? ¿Les permitiréis que aprendan que pueden recibir ese mismo amor especial de muchas personas diferentes de vosotros? o mejor ¿DEJARÁN ALGUNOS PADRES Y MADRES DE PENSAR QUE ESE AMOR ESPECIAL QUE NO RECIBIERON DE SUS PADRES Y/O MADRES LO PUEDEN AÚN RECIBIR?

Con todo el cariño y agradecimiento. Un abrazo. Fran

fransanmiguel@gmail.com

violeta alcocer dijo...

Querido Fran,
Muchas gracias por tu comentario! Me siento muy honrada de que personas con tu sensibilidad y conocimiento lean y escriban en mi blog. Lo que has pensado y escrito sobre este tema es una gran aportación. Las opiniones que vienen de fuera son siempre nutritivas!

Sobre el "Estado Vital" del que hablo al referirme a la paternidad, a lo que me refiero es al hecho de que independientemente de la competencia con la que desempeñemos nuestra parentalidad o del rol en sí mismo (que como tu muy bien apuntas, puede ser "ejercido" respecto a las diferentes personas con las que nos vinculamos de forma maternante o paternante), está el hecho indiscutible de ser o no ser. Dentro de ese "ser" hay matices que van desde el apenas saber tocar las cuerdas de la guitarra hasta el ser un maestro. Pero bien sea por un hecho biológico (embarazo y parto) como por un hecho simbólico (adopción), considero la paternidad como un estado de gran relevancia no solo a nivel individual, sino a nivel especie si me apuras (a fin de cuentas,como especie disfrutamos del "mandato" biológico de la procreación, como única fórmula para la supervivencia).
Bueno esta es mi visión personal, me gusta considerarlo así porque me parece importante, en una sociedad en la que predomina la desconexión hacia la infancia y sus derechos y necesidades, darle al hecho de ser padres la importancia y responsabilidad que merece y no situarla en un mero rol a desempeñar con mejor o peor suerte.

Y hablando de responsabilidad y super-responsabilidad, comprendo tus temores, pero es que yo no me identifico en absoluto con la idea de la paternidad/maternidad como núcleo cerrado. Precisamente hablo de la importancia de la interiorización de este "estado-rol" porque de ella se derivan, entre otras cosas, la tranquilidad, la confianza y el deseo de que en la vida de nuestros hijos haya muchos "otros" de los que nuestros pequeños puedan aprender y con los que puedan vincularse por su propio deseo.

Me gusta la idea de invitar con mis escritos a la reflexión personal precisamente porque me parece importante darnos cuenta de que tiene que haber un trabajo personal sobre las propias carencias y dificultades, para no convertir a nuestros hijos en nuestro alimento y, como tu muy bien expresas, para permitirles volar sin que a mi me pase nada.


No me gusta la idea de unos padres que orbitan en torno a la energía del niño, anulando su propiio deseo, pero tampoco la contraria. Me identifico más con el concepto de con-vivencia, es decir, el poder compartir en familia nuestra vida como personas con necesidades tanto comunes como individuales, basando esta convivencia en el respeto.
Yo siempre digo que respeto es respeto para todos: para los padres también.
Por el hecho de ser padres, precisamente, contamos con la madurez y la experiencia, con la capacidad crítica y autocrítica e idealmente con las competencias necesarias para llevar a cabo una parentalidad bientratante: es decir, que somos los "maestros de vida" de nuestros hijos.
Esto no significa inundarles de necesidades insatisfechas proyectadas en ellos, significa todo lo contrario: crear un espacio en el puedan tener lugar sus deseos y necesidades (es decir, conocer quién es nuestro hijo y hasta sorprendernos con ese descubrimiento). La importancia de aceptar y satisfacer en la medida de lo posible esas necesidades me parece obvia, pero no nos equivoquemos: satisfacer sus necesidades no significa ni adelantarnos a ellas, ni decir a todo que si. Más adelante me explayaré sobre este tema, que si no esta respuesta va a ser eterna..

De acuerdo en que la clave de la maduración personal (yo diría que la clave de la resiliencia) es el autoapoyo. Pero no olvidemos que la capacidad de amarse y apoyarse a sí mismo es un hecho que se interioriza siempre a partir de los cuidados recibidos por aquellos que nos amaron bien, especialmente durante los primeros años de nuestra vida. Son muchas las investigaciones que han demostrado que los buenos tratos recibidos en nuestra infancia conforman en gran medida nuestra capacidad futura de manejar los avatares del destino. Y más aún, empieza a haber abundantes evidencias de que los niños, durante los primeros años de su vida, necesitan de nuestra ayuda tanto para calmarse (bebés de pocos meses no son capaces de regular por sí mismos la corriente neuroquímica que desata el estrés, por ejemplo) como para adquirir control sobre sus impulsos y emociones.
Hay que confiar en sus capacidades, por supuesto que si, pero estas capacidades van evolucionando según madura el niño y no es lo mismo un bebé, que un niño de tres años, que otro de siete. Es importante adaptar nuestras expectativas a su capacidad real, de lo contrario estamos condicionando nuestra aprobación a un imposible.

Una última puntualización: prácticamente todas las especies animales, en momentos de amenaza vital, supeditan la propia supervivencia a la supervivencia de las crías. Es una cuestión de perpetuación de la especie. Los últimos estudios sobre este tema están abundando en el descubrimiento de las redes y circuitos neuronales implicados en estos comportamientos de protección de las crías en situaciones de riesgo vital. Al parecer, las hembras de mamífero poseen altos niveles de hormonas como la oxitocina, entre otras, que, en situaciones de amenaza, las predisponen a anular las conductas de "lucha-huida" en favor de otras conductas destinadas a la protección y ocultamiento de la prole.
Los machos poseen circuitos neuronales encargados de la producción de sustáncias análogas a la oxitocina (vasopresina) pero parece que estos circuitos tienen un comportamiento diferente y menos estudiado que los primeros.

Te recomiendo un libro maravilloso: "Los buenos tratos a la infancia, parentalidad, apego y resiliencia" de Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan.
En el que describe muy bien las bases biológicas de las conductas de protección y cuidado de la prole (entre otras cosas).


En todo lo demás, Fran, coincido plenamente con tu aportación y creo que complementa muy bien mi discurso (de hecho, voy a editar el post para invitar a los lectores a ver tu comentario!)

La expresión escrita no siempre es fácil y comprendo que mi abordaje de la crianza puede dar lugar a muchas preguntas relacionadas con la satisfacción de las propias necesidades afectivas a través de los hijos, la forma de mostrar los límites a nuestros hijos para puedan integrarse en la comunidad en la que viven de forma exitosa, etc...
Comprendo la inquietud, pero el modelo que propongo no pasa por el extremo, pasa por una fórmula de respeto en la convivencia que creo sinceramente que comparto contigo (por lo que entreveo en tu mensaje).

Aún con todo, gracias por equilibrar la balanza. Siempre es necesario.
Espero que sigas leyendo y aportándome.
:-)

Fran San Miguel dijo...

Por supuesto ha sido una delicia leer tus explicaciones y creo que hemos llegado a una suma estupenda.

Me alegro de tu explicación sobre las conductas de defensa de las hembras ante situaciones de peligro, anulando la estrategia de huida-lucha, pues me aclara y focaliza lo que quería decir.

Me doy cuenta de que me refería a las situaciones cotidianas. Por supuesto que en una situación de alto riesgo colectivo yo mismo sería el último en sacar a mis alumnos de clase, y no creo que por imperativo moral.

Sin embargo la advertencia que levanto se refiere a situaciones cotidianas en las que los padres, sin que el menor sufra amenazas exteriores reales, organizan su vida para satisfacer las posibles necesidades el menor, antes que para satisfacer las suyas propias presentes y reales.

violeta alcocer dijo...

A mi me gusta pensarlo en términos diferentes. Parte de la convivencia con nuestras hijas (tenemos dos, pequeñitas) intenta alejarse de las luchas de poder, o de la idea de que debe prevalecer la necesidad de uno sobre la del otro. Es muy dificil conseguir el equilibrio, pero parto de la base de que es más que posible la integración en un solo ambiente de diferentes necesidades, aunque aparentemente estas sean opuestas.
Me gusta mucho la idea de compartir, todos los miembros de la familia, nuestro campo emocional (con sus deseos y necesidades) con el de los demás. Ni imponer el nuestro, ni imponer el suyo. Esto implica perder un poco, pero al mismo tiempo ganar otro tanto. Todos cedemos, nadie gana, nadie pierde.
De todas formas insisto en la peculiaridad que tiene el ser humano en el momento que nace, y es que es un ser totalmente dependiente que va a evolucionar en independiente. Por eso, de estar casi totalmente centrados en conocer a nuestro hijo y sus necesidades en el momento del nacimiento, iremos evolucionando juntos hacia la independencia y una relación de convivencia cada vez más equilibrada (o simplemente diferente, según se mire).
El comprender y atender las necesidades del niño es un derecho de la infancia, necesario para que el niño pueda interiorizar todas las herramientas que va a necesitar para ser un adulto sano.
Pero hay muchas formas de comprender y atender sus necesidades!! En lo cotidiano, si mi hija se coje una rabieta por un juguete es posible que la atienda no dándole el juguete, sino inventando un cuento para ella que la ayude a comprender por qué a veces queremos llenarnos de cosas. O simplemente le explicaré que no siempre se puede tener todo lo que uno quiere, pero que quizá podemos buscar juntas la manera de fabricar un juguete parecido o jugar con nuestra imaginación.
No satisfago la necesidad de un juguete, pero sí lo hago con una necesidad subyacente que es la de comprender por qué a veces queremos cosas sin medida.
Si mi hija mayor se pasa de la raya, se salta un límite o como queramos llamarlo, tengo dos opciones: o bien castigarla, o bien hablar con ella para que encuentre el camino del perdón. Para un niño de cuatro años es rematadamente difícil comprender por qué hace algo más.. es dificil hasta comprender qué ha hecho mal. Hablar con ella de esto es mi objetivo, ofrecerle preguntas para que ella misma encuentre sus respuestas y ayudarla a incorporar este tipo de razonamientos que, en un futuro, le servirán para valorar por sí misma la bondad o no de sus conductas.

A eso me refiero con atender siempre sus necesidades: a mirar por dentro a nuestros hijos y ayudarles a comprenderse a sí mismos, a nombrar y legitimar sus sentimientos, a mostrarles el camino para resolver por sí mismos los conflictos.

Yo comprendo lo que quieres decir: ningún extremo es sano, y se ven muy a menudo casos de padres y madres que impiden la maduración de los hijos por la propia necesidad que tienen de ellos. Niños ahogados en amor, niños objeto. Niños que viven en la abundancia de todo, sin apenas tener noción de cuáles son las coordenadas del mundo en el que viven.
El extremo contrario también estamos acostumbrados a verlo: padres y madres que impiden la maduración de sus hijos por la falta de respeto y los metodos coercitivos empleados para "enseñarles", que minan su autoestima y generan pequeños autómatas fieles a las normas pero carentes de deseo propio.

Para mi no se trata tanto de encontrar una solución de compromiso entre extremos como de encontrar una alternativa educativa que se nutra de puntos de abordaje distintos a los habituales. Y en eso estamos...

Gracias de nuevo por los caminos que has abierto con tus inquietudes y opiniones!