BIENVENIDOS

Dicen que nuestros hijos son nuestra viva imagen. A través de ellos nos miramos a nosotros mismos y sobre ellos proyectamos nuestros deseos, nuestras frustraciones, nuestras ilusiones y sueños. Los convertimos, sin darnos cuenta, en nuestro reflejo, como si mirásemos un espejo que siempre nos devuelve la misma imagen: la nuestra, con nuestros valores, nuestras creencias, nuestros sentimientos, nuestra forma de ver el mundo.

¿Qué sucedería si dejásemos de hacerlo? ¿Si dejásemos de mirarnos a nosotros mismos para verlos a ellos, los hijos e hijas que hemos traído al mundo? ¿Qué sucedería si hiciéramos un esfuerzo por comprender su realidad, sus afectos, su alegría y su dolor y lo hiciéramos desde ellos, no desde nosotros?

¿Qué ocurre cuando una madre y un padre atraviesan el espejo?
Os invito a comprobarlo a través de la lectura de estos textos, reflexiones y algunos cuentos.

miércoles 5 de marzo de 2008

Dos años o el primer duelo.



Alrededor de los dos años los niños atraviesan un momento especialmente delicado en sus vidas. Se ha venido a llamar “los terribles dos” o “la primera adolescencia” porque representa el primer gran cambio, la primera gran transformación en la vida de nuestros hijos (aunque en etapas previas las transformaciones se suceden también a gran velocidad).

Quizá la diferencia entre ésta y las etapas anteriores es que, llegados a este punto, nuestros hijos abandonan definitivamente su larva de oruguitas-bebé y pasan a ser niños-mariposa.

No es un proceso que dure exactamente un año y no todo el bebé se pierde en el camino: pueden pasar dos o tres años más hasta completar el cambio y, por suerte, algunos aspectos del bebé (los más adaptativos) perdurarán para siempre y pasarán a formar parte de la identidad de la persona.


Las primeras manifestaciones de este momento son claras: rabietas (esto es lo más característico), indecisión, ambivalencias (quiero esto, ahora no lo quiero, ahora sí), necesidad de mimos y cercanía constantes o todo lo contrario (ni me toques, yo no me hecho daño, etc..), agresiones, cambios de humor, de sueño, de apetito…

El control y la maduración de las emociones y la interiorización de límites es el caballo de batalla de esta etapa.

Para comprender mejor a nuestros hijos tenemos que tener en cuenta:

- Por un lado desean ser mayores (y además es que no pueden evitarlo, todos crecemos y el tiempo pasa, las experiencias se acumulan y los conflictos se superan, haciéndonos madurar queramos o no) y les hace felices sentirse cada día más despiertos, más capaces, más conectados y abiertos a un mundo que cada día se abre ante sus ojos. Es la etapa de las grandes conquistas y de las primeras nociones de independencia. Esto les produce un gran placer pero al mismo tiempo es fuente de grandes ansiedades.

- Al sentirse mayores, a veces, se encuentran un poco confundidos, como si estrenaran unos zapatos que no terminan de encajar bien: tienen errores de base, por ejemplo, piensan que ser mayor es no mostrarse débil, de modo que a veces se hacen daño y lo niegan, o se sienten tristes y en vez de mostrarlo hacen una mueca o no nos quieren a su lado.

- Que nuestros hijos tienen por delante la difícil tarea de hacer el duelo por aquellos aspectos de sí mismos que van abandonando para dar lugar a otros nuevos. En sus estados de ánimo, sus cambios de humor, su rabia infinita y su tristeza, nuestros hijos están haciendo el duelo por aquellos aspectos de sí mismos que se les van escapando de las manos: el bebé necesitado se va quedando atrás, para dejar paso a un niño o niña que también necesita pero lo hace de otro modo. ¿qué dejar atrás? ¿qué conservar? ¿qué me sirve y qué no?.. y la mayor de las preguntas ¿quién es este niño, quién soy yo?

- A menudo se sienten solos e incomprendidos, aunque nosotros intentemos estar ahí constantemente. Esta soledad es adaptativa y normal, pues es necesaria para entender, comprender y madurar. Como dijo un personaje de Juan José Millás en uno de sus libros, en un momento dado de la vida uno decide hacerse cargo de su propio frío.

- El limitado desarrollo de su lenguaje les impide comunicarnos adecuadamente qué estan sintiendo. De hecho, es ahora cuando pueden aprender a identificar sus emociones si nosotros les vamos poniendo palabras, de modo que la frustración y el desconcierto por no saber qué les ocurre ni cómo hacernoslo llegar, son sentimientos predominantes en esta etapa.


¿Y qué podemos hacer nosotros para acompañarles?


- Recordar nuestros cambios: quizá nosotros ya no nos acordamos de esos dos años, de ese momento en que dejamos de ser bebés para ser niños, pero seguro que todos podemos recordar el momento en que dejamos de ser niñas/os para ser mujercitas (u hombrecitos), o el momento en que dejamos de ser hombres y mujeres para convertirnos en hombres-padres y mujeres-mamás. Algo quedó atrás entonces, algo perdimos en la transformación pero todo ello nos hizo mejores. ¿Quién no recuerda ese sentimiento de nostalgia infinita por aquello que no volverá? ¿Quién no se ha sentido solo y perdido, sobrecogido al experimentar nuevas experiencias? ¿Excitado y confuso al estrenar aspectos de uno mismo (el yo universitario, el yo trabajador, el yo novio/a )? ¿Quién no ha llorado amargamente por aquello que un día fué y celebrado después aquello que es?

Si tenemos en cuenta estos sentimientos podremos estar más cerca del corazón de nuestros niños.


- Contener sus emociones: en esta etapa los límites son fundamentales. Pero no hay que confundir límites con limitaciones. Los límites dan seguridad y permiten crecer con un marco de referencia, mientras que las limitaciones generan una pobre autoestima y falta de confianza en uno mismo. El secreto está en fomentar y permitir en lo posible la independencia, la toma de decisiones y la expresión de sus emociones… al tiempo que se le muestra a nuestro hijo (delicada pero firmemente) dónde se encuentran el tono emocional y de conducta que le permitirán crecer mejor y en armonía consigo mismo y su entorno (es decir, intentar mostrarle qué conductas y manejos afectivos le resultarán más útiles para desenvolverse en la vida y llegar a ser felices). Esta tarea es quizá la más difícil de esta etapa, pues la coherencia, el consenso en la pareja y la tranquilidad y convicción en lo que uno hace son fundamentales para que el niño interiorice bien el mensaje.


- Poner palabras a sus sentimientos y momentos de crisis: contarle cuentos, ponernos a nosotros como ejemplo (cuando yo era pequeño como tu..) o hablar directamente y sin tapujos de lo que pensamos que les está sucediendo.


- Reforzar la unión de la pareja: Las crisis de los hijos suelen serlo también de los padres, de modo que es posible que una crisis de la pareja también se derive de estos años. Los diferentes puntos de vista en cuanto a la puesta de límites, las diferentes herramientas personales de cada miembro de la pareja para abordar las rabietas y diferentes estados de ánimo de los pequeños, etc, suelen ser motivo de conflictos que o bien se hablan y resuelven, o bien “se quedan ahí” impidiendo indirectamente que nuestros hijos perciban el clima de armonía que necesitan para madurar en esta etapa.


- Tener la certeza de que lo superarán. Confiar en la capacidad de nuestros hijos para superar los obstáculos (en vez de quedarnos anclados en su sufrimiento) y hacerselo saber es un motor para su autoestima.


ilustración: Elena Ferrer

1 comentarios:

Manuel dijo...

¡Qué bonito! Justo mis hijos están pasando por esto ahora, había leído muchos artículos sobre la etapa de los 2 años pero este tuyo se lleva la palma, creo que has plasmado estupedamnete la evolución de nuestros hijos a esta edad.