BIENVENIDOS

Dicen que nuestros hijos son nuestra viva imagen. A través de ellos nos miramos a nosotros mismos y sobre ellos proyectamos nuestros deseos, nuestras frustraciones, nuestras ilusiones y sueños. Los convertimos, sin darnos cuenta, en nuestro reflejo, como si mirásemos un espejo que siempre nos devuelve la misma imagen: la nuestra, con nuestros valores, nuestras creencias, nuestros sentimientos, nuestra forma de ver el mundo.

¿Qué sucedería si dejásemos de hacerlo? ¿Si dejásemos de mirarnos a nosotros mismos para verlos a ellos, los hijos e hijas que hemos traído al mundo? ¿Qué sucedería si hiciéramos un esfuerzo por comprender su realidad, sus afectos, su alegría y su dolor y lo hiciéramos desde ellos, no desde nosotros?

¿Qué ocurre cuando una madre y un padre atraviesan el espejo?
Os invito a comprobarlo a través de la lectura de estos textos, reflexiones y algunos cuentos.

martes 22 de enero de 2008

CACHETES, AZOTES Y DEMÁS CASTIGOS FÍSICOS. REFLEXIÓN FINAL.



Una visión optimista.

Yo comparto la idea de muchos investigadores de que los seres humanos somos una especie potencialmente afectuosa y cuidadora. La biología humana nos ha dotado a los seres humanos no solo de una carga violenta sino también de una inmensa carga amorosa destinada al cuidado y la protección de la propia especie.

Hasta hace muy poco, la idea dominante era que la naturaleza humana es primitivamente violenta y esencialmente egoísta, y que los instintos agresivos y sexuales (sobre los que todavía se cimenta nuestra sociedad) aseguraban la supervivencia.

Actualmente están empezando a surgir nuevas perpectivas teóricas que contemplan la otra cara de la realidad humana : la no violencia, el respeto, los cuidados y los buenos tratos entre las personas.. encontrando en estos comportamientos ya no bases sociales o psicológicas, sino auténticas bases biológicas que revelan cómo el cerebro y el sistema nervioso central participan en la producción de los cuidados entre los seres humanos.

No solo es posible educar sin pegar, sino que es posible una educación (y muy buena por cierto) basada en el respeto, la empatía y el apego, tanto para los hijos como para sus padres. Llevarla a cabo y conseguir su generalización es posible, pero requiere un cambio social que, en parte, tiene que venir desde nuestras actitudes individuales.

Como ocurre con otras responsabilidades (medioambientales, cívicas, etc..), son nuestras pequeñas acciones las que van a ir construyendo el mundo que queremos: y el efecto de este cambio individual tiene unas repercusiones, una “onda expansiva”, tan importante (tanto en la vida de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos como en la sociedad entera), que merece la pena intentarlo.

ilustración: Mageak-Ann.