
Muchos niños comienzan a tener “problemas con la comida” alrededor del año y medio-dos años. Los padres y madres dicen que comen menos, que no prueban bocado, que es imposible vivir así con la inmensa actividad que despliegan a estas edades.
En realidad, el hecho de que los niños coman mucho menos a partir del año y medio (menos en comparación con los meses precedentes, se entiende) se debe simplemente a que sus necesidades calóricas son menores (la curva del crecimiento se empieza a ralentizar).
Acostumbrados al bebé gloton, los padres piensan que su hijo se ha vuelto un “mal comedor” cuando lo que en realidad sucede es que la naturaleza sigue su curso. Los padres que comprenden este cambio y no le dan más importancia, son aquellos que aseguran que su hijo come muy bien. Aquellos que piensan que su hijo debe comer lo que ellos consideran que es una “cantidad normal” (que en realidad no lo es) , aseguran que su hijo come fatal. Ambos niños (los de unos padres y los de otros) comen más o menos la misma cantidad. La diferencia está en la vivencia paterna.
En cualquier caso, es mucho más probable que el niño que crece comiendo sin presiones, al alcanzar cierta edad vuelva a recuperar el apetito.. mientras que el niño presionado tiene más probabilidades de no recuperarlo (la comida se ha convertido para él en un calvario y una obligación, no en un disfrute de los sentidos).
Resulta que estos pequeños empiezan el colegio alrededor de los tres años y… ¡magia! A los pocos meses los profesores nos comentan que allí devoran, mientras que en casa siguen sin probar bocado ¿Qué ocurre? ¿Es que nos toman el pelo? (piensan unos) ¿Es que estoy haciendo algo mal? (piensan otros).
Añadiré otro caso también habitual: niños que comen con normalidad… empiezan el colegio y dejan de comer en casa. ¿Será que la comida del cole es mucho más rica que la de casa?
A Carlos González no le falta razón: todos somos mucho más modositos fuera de casa (en el trabajo o en casa de determinados familiares) que dentro.
Por otro lado, niños que tenían una relación normal y sana con la comida comienzan a tener una relación alterada y sus propias sensaciones de hambre y sacidad pasan a estar mediatizadas por las presiones de que son objeto a diario.
La perfecta relación del niño-afecto con el niño-cuerpo se va resquebrajando a medida que los adultos vamos desoyendo sus mensajes e intentamos “llevarlos por nuestra senda” a toda costa. No sólo queremos controlar su conducta, queremos controlar también sus necesidades fisiológicas! : no hay que hacer pis cuando uno tiene ganas, hay que hacerlo cuando toca. No hay que comer cuando uno tiene hambre, hay que hacerlo cuando toca.. y peor aún, no hay que dejar de comer cuando uno está saciado (la sensación de saciedad proviene directamente del hipotálamo, fíjense que poco tiene que manipular ahí un niño) sino que hay que dejar el plato limpio para ser aceptado por los adultos.
El niño deja de comer por apetito (que es lo natural) y empieza a hacerlo para complacer, para llenar un hueco afectivo, para evitar un castigo, para tener un premio. Lo que antes era una relación natural con la comida, pasa a ser una relación mediatizada por los deseos y las expectativas de los demás.
Y esto es, sin ser exagerada, el mejor caldo de cultivo para futuros trastornos de alimentación.
ilustración: Elena Ferrer.


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