BIENVENIDOS

Dicen que nuestros hijos son nuestra viva imagen. A través de ellos nos miramos a nosotros mismos y sobre ellos proyectamos nuestros deseos, nuestras frustraciones, nuestras ilusiones y sueños. Los convertimos, sin darnos cuenta, en nuestro reflejo, como si mirásemos un espejo que siempre nos devuelve la misma imagen: la nuestra, con nuestros valores, nuestras creencias, nuestros sentimientos, nuestra forma de ver el mundo.

¿Qué sucedería si dejásemos de hacerlo? ¿Si dejásemos de mirarnos a nosotros mismos para verlos a ellos, los hijos e hijas que hemos traído al mundo? ¿Qué sucedería si hiciéramos un esfuerzo por comprender su realidad, sus afectos, su alegría y su dolor y lo hiciéramos desde ellos, no desde nosotros?

¿Qué ocurre cuando una madre y un padre atraviesan el espejo?
Os invito a comprobarlo a través de la lectura de estos textos, reflexiones y algunos cuentos.

viernes 22 de enero de 2010

Portarse mal, portarse bien.



A menudo recibo emails pidiéndome consejo. Es muy habitual que las mamás y los papás me escriban, describiéndome una situación del tipo: “mi bebé ha comenzado a ir a la guardería/colegio, nosotros tenemos que trabajar así que apenas le vemos, llegamos tarde a casa y el niño/a está al cuidado de otras personas durante todo el día. El problema es que cuando estamos juntos está muy malhumorado, nos pega a nosotros y a los otros niños, se coge terribles rabietas y, en definitiva, se porta mal y no sabemos qué hacer”.

Como cada caso es un mundo y cada familia es un mundo, resulta complicado y arriesgado dar consejos con apenas unas breves líneas como toda información, pero sí me gustaría compartir una reflexión que se repite en mi interior cada vez que alguien me comenta que su hijo se porta mal.

Muchas veces, para comprender lo que le pasa al niño hay que aceptar que los padres a veces tampoco hacemos las cosas bien.
Por ejemplo, las familias cuyos dos miembros trabajan fuera de casa a jornada completa y a las que no les queda más remedio que dejar a los pequeños al cuidado de otros, son dolorosamente conscientes de que están con sus hijos mucho menos tiempo del que los niños necesitan.
Ellos son conscientes de sus circunstancias y conocen bien sus justificaciones, sufren por no poder llegar a más pero “en conciencia” saben que hacen todo lo que pueden.
Y entre nosotros, los adultos, que comprendemos bien las dificultades que existen hoy día para poder llegar a todo, nos prodigamos palabras de ánimo y empatía cuando se dan estas situaciones. “Pobre, qué faena, tantas horas fuera de casa, sé como te sientes, te comprendo, pero está claro que no puedes hacer otra cosa”.

Detrás de esta realidad siempre hay un niño que no entiende de justificaciones: para el pequeño, que les echa de menos y les necesita, son los papás los que “no se están portando bien”. El niño desconoce los complejos motivos sociales y económicos que llevan a sus padres a “no estar”, así que, a sus ojos, papá y mamá desde luego no están brillando por su presencia. Las necesidades emocionales insatisfechas generan en el pequeño todo un abanico de sentimientos negativos de difícil digestión que, inevitablemente, le arrasan y se traducen en conductas igual de oscuras que, sin una adecuada guía y compañía, el niño es incapaz de manejar de manera adaptativa. Y entonces pega. O muerde. O llora y patalea. Y se porta mal.
Pero nadie le dice: “pobre, qué faena, tantas horas sin papá y mamá, sé cómo te sientes, te comprendo, parece claro que no sabes mostrar tu malestar de otra manera”.

Cuando uno, ya sea grande o pequeño, se “porta mal” con aquellos a quienes quiere, suele ser porque no puede o no sabe hacer otra cosa en ese momento. Nosotros nos portamos mal con nuestros hijos pero tenemos nuestros argumentos: no podemos hacer otra cosa!
Y nuestros hijos, a veces, también se portan mal con nosotros y, por supuesto, también tienen sus motivos: "esto es todo lo que puedo hacer dadas las circunstancias! No sé dar mejor salida a mi malestar".

Resulta un poco injusto esperar que nuestros fallos como padres sean tolerados y comprendidos por nuestros pequeños más de lo que nosotros toleramos y comprendemos los suyos, ¿no creen?. ¿O es que acaso estar lejos de aquel que más te necesita durante doce horas al día es menos grave que pegar una patada a una puerta?
Ambas conductas frustran, molestan, indignan, duelen y desconciertan al otro. Y en ambos casos, el que las hace siente que no puede hacer otra cosa en ese momento.

Quizá después de ver las cosas de esta manera, nos preguntemos si realmente estamos “haciendo todo lo que podemos”. A veces hay que esforzarse un poquito más, para enseñar a nuestros hijos que la frase “es que hago todo lo que puedo” puede resultar muy frustrante para el que tenemos enfrente y que “siempre se puede hacer un poquito más”.

O quizá, si después de una auténtica reevaluación de la situación llegamos a la conclusión de que efectivamente “no podemos hacer más”, nos animemos a cambiar el discurso ante nuestros hijos ("tu te portas mal") y admitir ante ellos que nosotros “tampoco nos estamos portando bien”.
Para el pequeño puede resultar muy reconfortante escuchar que no es el único que lo está pasando mal y, para nosotros, es una oportunidad de hacernos cargo de la situación (la de todos) y atravesarla juntos, como padres e hijos que somos, ni tan buenos… ni tan malos.

Violeta Alcocer.
Ilustración: Beatriz Iglesias

miércoles 20 de enero de 2010

Educación y límites, la importancia de la contención.



La mayoría de nosotros, en nuestro camino hacia la vida adulta, olvidamos lo que es la contención. En nuestras relaciones, rara vez ejercitamos esta capacidad que, sin embargo, tan importante es para la supervivencia psiquica del niño que tenemos.

Contención es una palabra que se describe a sí misma perfectamente: es el acto de abarcar, sostener, amoldarse, dar sitio y comprender lo que al otro le sucede, en este caso al niño.
Así descrito parece sencillo, pero en la realidad no lo es: nuestras reacciones al malestar del que tenemos enfrente suelen ser o bien de rechazo (no te sientas así) o bien de “espejo” (me siento igual de mal que tu). Rara vez podemos hacer el trabajo de comprender en profundidad la emoción del niño sin confundirnos con ella y, desde la serenidad, guiarle para que pueda resolver sus conflictos (le guiamos, pero bastante alterados).

Las emociones infantiles y las emociones del adulto están separadas por una brecha de complicada solución: sólo a través de un ejercicio interno de recuerdo de quiénes fuimos cuando niños, podemos acceder a los contenidos emocionales que “resuenan” y se movilizan en la misma sintonía que los del niño que ahora tenemos delante.

El acercamiento, en este caso, siempre es unidireccional, es decir de padres a hijos y no a la inversa, puesto que para el niño es imposible ubicarse allí donde todavía no le corresponde.

Para comprender realmente la emoción del niño hablamos de un camino de vuelta, un retorno a las viejas e intensas emociones del niño que un día fuimos. Y, desde ahí y sin olvidar el adulto que hoy somos, inaugurar un espacio en el que tengan cabida cualesquiera males que le sucedan al pequeño.

Contener la rabia, el malestar, el mal comportamiento o la ansiedad de nuestros hijos no significa dar cabida a toda acción: significa comprender, nombrar y aceptar, es decir dar cabida a los sentimientos que le inundan, sin por ello renunciar al hecho de poder señalar un manejo más adecuado de los mismos.

Es importante separar emociones de acciones: las emociones, todas ellas, son aceptables. No lo son las acciones que a veces las acompañan o las actitudes respecto a los demás, en tanto que a veces emociones intensas y devastadoras, mal manejadas, pueden dar lugar a relaciones igualmente devastadoras y carentes de respeto.

En nuestra falta de ejercicio, los adultos por lo general afrontamos el mal comportamiento del niño como hacemos entre nosotros: cuando alguien nos ofende, nos ofendemos con él.
Así, es común que el señalamiento de lo “adecuado” vaya acompañado de nuestro propio malestar, nuestro enfado y, en ocasiones , de nuestra propia “mala conducta” (gritos, portazos, insultos, etc..).

Por eso es importantes separar los sentimientos del niño de los nuestros: ¿por qué nos enfadamos tanto cuando nuestros hijos están enfadados? ¿por qué nos irritan su tristeza o su frustración? Nos enfadan sus acciones pero, sin darnos cuenta, terminamos siendo el espejo de las emociones que las provocan, es decir sintiendo lo mismo que ellos sienten (enfado, ira, agresividad, frustración…), llegando a un callejón sin salida porque, en este caso, somos nosotros los únicos capaces de proveer a la relación de soluciones adecuadas a los conflictos. Si destináramos la inmensa energía que ponemos a disposición de nuestro enfado a serenarnos, conseguiríamos ser los padres que queremos ser.

Para que el pequeño realmente pueda aprender a reconducir sus emociones negativas en actitudes positivas que, a su vez, contribuyan a una mejor resolución de esas emociones, es fundamental que sus guías (es decir, sus papás) le señalemos el camino no sólo con palabras (“esto se hace así”) sino con hechos: tanto objetivos (mostrando nuestra buena conducta, es decir señalandole al pequeño los límites desde el respeto y la serenidad) como subjetivos (una disposición interna de contención e implicación afectiva en nuestra relación con el niño). Es decir: con todo nuestro ser.


Violeta Alcocer.
Ilustración: Gemma Arnal

lunes 23 de noviembre de 2009

A propósito del instinto maternal (y paternal).



Si consideramos el instinto como una tendencia innata que nos impulsa al cuidado de las crías, sí que está ahí. Es biología: en el proceso del embarazo y el parto (o en un proceso de adopción, por ejemplo, en el que emocional y cognitivamente los futuros padres asumen la experiencia como si de un embarazo se tratase), tanto en la mujer como en el hombre se producen cambios muy importantes, todos ellos precisamente destinados a asegurar la supervivencia propia y posteriormente de la descendencia. Una de las consecuencias más importantes de esos cambios, a nivel bioquímico, es la producción en cantidades extraordinarias de determinadas hormonas (la más importante de ellas, todos sabemos, la oxitocina). A la oxitocina se le ha llamado "la hormona del amor" porque efectivamente hay ya estudios que demuestran que los seres humanos que poseen mayor cantidad de la misma son capaces de primar el cuidado de sus crías (o de lo que ellos consideran sus crías) por encima de todo y muestran comportamientos de cariño, respeto y apego hacia el prójimo. Y estas conductas son incompatibles con las conductas agresivas, violentas, aislantes y sus mecanismos psicológicos, por lo que podríamos decir que, pese a convivir en el mismo organismo, una determinada configuración biológica asociada a la maternidad y la paternidad va a asegurar que en la mayoría de los casos "triunfen" las conductas de protección y apego hacia las crías por encima de las de abandono.

Ahora bien, he hablado de conductas y creo que ahí hay una clave importante. Porque si lo que es innato es la "tendencia" y el "impulso", lo que creo que no es innato son las conductas (materna y paterna) implicadas en el hecho de cuidar. Lo creo así por la increible diversidad intercultural (la evidencia antropológica e histórica está ahí) relacionada con el amamantamiento y los cuidados del bebé recién nacido. Así, por mucho instinto que haya, si no contamos con unos recursos internos y adquiridos bien por propia experiencia-lo ideal- , bien a través de la experiencia de otros, nos va a resultar muy dificil saber cómo cuidar.

Y es cierto, que desagraciadísimamente estamos distanciándonos de nuestra propia naturaleza y convirtiendo el acto de ser padres en un hecho calculado y mecánico, en el que hay que hacer un esfuerzo gigante por conectar nuestro "instinto" con nuestras "conductas". Por eso, muchas madres y padres "hacen lo que tienen que hacer" (amamantar, cargar a su bebé, etc..) pero no son capaces de establecer un vínculo sano con el bebé y al revés, muchas madres y padres sienten la poderosa llamada de su instinto pero ésta queda ahogada entre conductas contrarias al mismo.

Conseguir "conectar" con uno mismo para que todo fluya: esa es la clave y el primer paso para todo lo demás.
Y en una sociedad que está precisamente montada para "desconectar".... dificil tarea ¿no?

Violeta Alcocer.
Ilustración: Mónica Calvo.